Mujeres que sostienen: empleo y crisis

La Habana, julio, (SEMlac). – Antes que amanezca, miles de mujeres en Cuba ya están calculando cuánto queda de aceite, si alcanzará la corriente para cocinar, qué alimento perecedero comprar, cómo cubrir lo que el salario no cubre.

La crisis múltiple que vive la nación caribeña —apagones, inflación sostenida, caída del turismo, migración creciente, escasez de combustibles e insumos básicos—, no golpea igual a todas las personas. Sobre las mujeres recae un peso doble: conservar el empleo, cuando lo hay; buscar ingresos complementarios y asumir, además, la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados.

En las estadísticas se refleja esa desigualdad. Según la Encuesta Nacional de Ocupación (ENO) 2024, de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei), solo 36,8 por ciento de las cubanas en edad laboral tiene un empleo formal, frente a 61,8 por ciento de los hombres. Muchas de las que no están en ese dato sostienen, sin salario ni reconocimiento, el trabajo doméstico y de cuidados que hace posible la vida cotidiana.

La brecha también supera el promedio regional: la tasa de ocupación femenina alcanza 52 por ciento en América Latina y 58,8 por ciento en el Caribe, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

La fotografía completa de esa crisis es más honda de lo que refleja la tasa oficial de desempleo de 1,7 por ciento a nivel nacional, una cifra que tampoco es igual para todos: entre las mujeres alcanza dos por ciento y entre los hombres, 1,5 por ciento.

Según la ENO 2024, la mitad de la población mayor de 15 años no tiene empleo ni lo busca activamente y uno de cada cinco ocupados trabaja en la informalidad, muchas veces sin acceso a la seguridad social.

Aunque las mujeres representan solo el 22,8 por ciento de quienes trabajan de modo informal, la mayoría de ellas desarrolla actividades por cuenta propia, generalmente en iniciativas individuales, sin personal contratado.

“Lo que te llena el alma no siempre llena el refrigerador”, resume Maritza Gutiérrez, de 48 años, maestra de primaria en La Habana. Lleva 22 años formando generaciones en una profesión que la apasiona, pero su salario como docente no supera los 5.000 pesos mensuales (8,44 dólares por la tasa oficial), menos de la quinta parte de lo que su familia necesita para cubrir la alimentación de un mes.

Cuando termina la jornada en la escuela, Gutiérrez cambia la tiza por un teléfono lleno de mensajes. Revende aceite, jabón, pañales o cualquier producto que consiga a través de su red de contactos. “A veces siento que tengo tres trabajos: el aula, la reventa y el hogar. Y en los tres soy la única responsable”, dice.

Ahora, durante el receso escolar, intenta ahorrar algo de dinero, aunque reconoce que hoy ningún ingreso alcanza para enfrentar el costo de la vida.

Ni siquiera la calificación profesional protege de la precariedad. Yaritza Benítez Blanco, de 39 años, ejerció durante cinco años como licenciada en Enfermería, una profesión que, asegura, “te tiene que gustar, porque es muy sacrificada”.

Cuando nació su primer hijo, la cuenta no alcanzó. Dejó la enfermería antes de terminar la licencia de maternidad y se fue a trabajar a un kiosco de artesanías en la ciudad balneario de Varadero, a unos 147 kilómetros de la capital.

Sin embargo, cuando la afluencia de turistas comenzó a caer a niveles históricamente bajos, tuvo que reinventarse otra vez: hoy produce comida casera —croquetas, panes—, para abastecer cafeterías en la provincia de Matanzas, entre apagones que le impiden incluso conservar lo que cocina. “Mi vida ahora alterna entre el doble trabajo de la casa y el del negocio, porque tenemos el negocio en casa”, explica.

Su historia refleja la de muchas mujeres que encontraron una oportunidad laboral en el turismo y hoy enfrentan la contracción de uno de los sectores más golpeados de la economía cubana.

En los primeros cinco meses de 2026 Cuba recibió 359.491 visitantes internacionales, 58,4 por ciento menos que en igual período del año anterior, según datos de la Onei. Con esa caída también se reducen empleos en actividades como el turismo, la gastronomía y el comercio, donde muchas mujeres habían encontrado una alternativa frente a los bajos salarios estatales.

Una crisis que no es neutral

La filósofa Georgina Alfonso sostiene que ninguna crisis afecta por igual a hombres y mujeres cuando se parte de un sistema que ya subordina el trabajo de cuidados —la atención a niñas y niños, a personas mayores, el trabajo educativo y afectivo— al cálculo económico y de mercado.

En ese punto de partida desigual, explica, los momentos de crisis intensifican la búsqueda individual de salidas de supervivencia: aumenta el desempleo, bajan los ingresos, se debilitan las políticas distributivas y las mujeres terminan en peores condiciones que las que tenían antes de la crisis. “La crisis no crea la brecha, la agrava”, sostiene.

Trabajo doméstico
Las mujeres cubanas dedican en promedio casi 36 horas semanales al trabajo no remunerado, frente a 22 horas de los hombres. Foto: SEMlac Cuba

La desventaja social y la pobreza se ensanchan. La socióloga Mayra Espina advierte que, dentro de los hogares, las precariedades golpean sobre todo a las infancias y a las personas de la tercera edad, los mismos extremos de la vida que las mujeres cubanas cargan mayoritariamente sobre sus hombros.

Aunque toda crisis abre también oportunidades, las mujeres no siempre pueden acceder a ellas por las vulnerabilidades previas que arrastran, precisa la  socióloga Yulexis Almeida Junco. Entre otras dificultades, señala la falta de capital para invertir en el sector privado, por ejemplo.

Almeida Junco opina, además, que estos escenarios refuerzan el sexismo y el racismo, profundizando una reproducción generacional de la pobreza que golpea de forma distinta según el territorio, el acceso a la educación y el capital cultural de cada familia.

Esa discriminación no solo ocurre dentro del empleo, sino desde el momento mismo de buscarlo.

La socióloga Iliana Benítez Jiménez, del Centro de Estudios Demográficos (Cedem) de la Universidad de La Habana, llama la atención sobre las redes sociales, donde hoy circula buena parte de las ofertas del sector privado y abundan anuncios con requisitos que se basan en la apariencia física, la edad o determinada situación familiar, que dejan prácticamente fuera del mercado laboral a una mujer con hijos o de edad no considerada «apropiada».

Detrás de la brecha en el empleo remunerado, hay otra menos visible pero clave: el uso del tiempo. Según la ENIG-2016, las mujeres cubanas dedicaban en promedio casi 36 horas semanales al trabajo no remunerado, frente a 22 horas de los hombres, diferencia que crece en zonas rurales.

Mujeres cuidadoras y crisis económica en Cuba
La ENIG-2016 encontró que 7,5 por ciento de las mujeres y 1,9 por ciento de los hombres tuvieron o que abandonar un centro laboral o de estudio por el cuidado de personas dependientes. Foto: SEMlac Cuba

El Censo de 2012 ya apuntaba que 43,9 por ciento de la inactividad laboral femenina se debía a los quehaceres del hogar, y la propia ENIG-2016 encontró que 7,5 por ciento de las mujeres (frente a 1,9% de los hombres) tuvo que abandonar un centro laboral o de estudio por el cuidado de personas dependientes.

La economista Silvia Odriozola enmarca esta realidad en la llamada economía del cuidado, una propuesta feminista que reconoce el hogar como un espacio de trabajo, con incidencia directa en el funcionamiento económico del país.

Estimaciones de la reconocida economista Teresa Lara, ya fallecida, indican que en 2016 el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado representaba cerca de 19,5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) cubano, una cifra que hoy no puede actualizarse con precisión por falta de datos, pero que da la medida de un aporte que rara vez se contabiliza ni se agradece.

Maritza Gutiérrez lo describe sin necesidad de datos. “El peso de organizar la comida, la ropa, la escuela, la salud de mis padres mayores y la casa; todo eso es mío. Mi esposo ayuda cuando puede, pero el día a día, las pequeñas decisiones, las urgencias, las angustias… esas las cargo yo sola”, afirma.

 Emprender: ¿una salida?

Ante empleos formales mal pagados, muchas cubanas optan por el trabajo por cuenta propia o los pequeños negocios. Pero ese camino, que puede ser una vía de autonomía, se topa hoy con la misma crisis: apagones que paralizan la producción, combustible que no alcanza para el transporte ni la entrega de mercancías, insumos cada vez más caros o directamente inaccesibles…

Se suman a ese escenario las brechas de género históricas que, en este contexto, no solo persisten, sino que se profundizan. Sara Ida Hernández, impulsora del proyecto “Yo puedo emprender” y líder de la mentoría para emprendimientos “DoyDas”, sostiene que la precariedad laboral —empleo informal, subempleo, trabajo temporal— frena el crecimiento personal y la participación social de las mujeres. También dificulta que muchas puedan salir de entornos donde viven situaciones de violencia.

A juicio de Hernández, existe un marco normativo que en teoría favorece el emprendimiento femenino, pero la burocracia y los trámites desalientan a quienes lo intentan, justo cuando más necesitarían de esa alternativa.

Para la socióloga Iliana Benítez Jiménez, la baja participación femenina en el empleo formal responde, sobre todo, a una herencia cultural que continúa asignando a las mujeres la responsabilidad principal del espacio doméstico y a los hombres la del espacio público.

Ese “costo de oportunidad” —cuánto cuesta entrar al mundo laboral frente a lo que realmente retribuye— explica, según diversas investigaciones, por qué para algunas mujeres la realización personal sigue estando en el ámbito doméstico o en empleos vistos solo como una ayuda al hombre proveedor, y no como una vía de autonomía.

Esa desigualdad también se refleja en el acceso a los sectores de mayores ingresos. Las mujeres representan el 45,9 por ciento del empleo estatal, pero solo 21,7 por ciento de quienes trabajan en formas de gestión no estatales. En las micro, pequeñas y medianas empresas privadas o mixtas, constituyen apenas una cuarta parte de las personas socias y, en las cooperativas agropecuarias y no agropecuarias, no llegan al 10 por ciento, de acuerdo con cifras de la Onei citadas por Benítez.

Esa disparidad es mayor en el acceso a la tierra: solo 26 de cada 100 mujeres en edad laboral en zonas rurales están empleadas o buscando empleo, según el IV Informe Nacional de Desarrollo Humano de 2021. Además, ellas representan apenas 32 por ciento de las propietarias de tierra en el país.

Mujeres rurales y empleo  en Cuba
Solo 26 de cada 100 mujeres en edad laboral en zonas rurales están empleadas o buscando empleo, según el IV Informe Nacional de Desarrollo Humano de 2021. Foto: SEMlac Cuba

 Corresponsabilidad, la deuda pendiente

Para la socióloga Dayma Echevarría León, reducir esa sobrecarga delas mujeres exige actuar de manera simultánea en varios niveles. En el ámbito familiar, propone avanzar hacia una corresponsabilidad real en las tareas domésticas y de cuidado, especialmente aquellas que la crisis ha vuelto más complejas, como almacenar agua, conservar alimentos o cocinar durante los apagones.

Familias en Cuba y cuidados
En el ámbito familiar, la socióloga Dayma Echevarría León propone avanzar hacia una corresponsabilidad real en las tareas domésticas y de cuidado, especialmente aquellas que la crisis ha vuelto más complejas. Foto: SEMlac Cuba

En las comunidades, sugiere identificar oportunidades de empleo cercanas a los hogares y explorar estrategias como los bancos de tiempo, que permiten intercambiar horas de cuidado entre las personas participantes, una iniciativa que en Cuba aún no se ha ensayado formalmente.

Desde las políticas públicas, insiste en la necesidad de garantizar empleos de calidad, proteger los derechos laborales y promover modalidades de trabajo más flexibles, sin renunciar a esas garantías.

Mientras tanto, mujeres como Maritza y Yaritza continúan sosteniendo jornadas que parecen no tener fin. Trabajan para obtener ingresos, cuidan de sus familias y mantienen en funcionamiento hogares enteros en medio de la crisis. En ese esfuerzo cotidiano descansa una parte de la economía que las estadísticas todavía no alcanzan a medir.

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