Hay días en que resolver lo más cotidiano en Cuba exige no solo tiempo y dinero sino una buena dosis de imaginación.
El precio de productos básicos como el aceite puede cambiar varias veces en una misma semana. Los apagones se prolongan durante horas y, en algunas zonas del país, llegan a extenderse por días. Conseguir transporte, acceder al abasto de agua, conectarse a internet o simplemente organizar las tareas de la casa puede convertirse en un desafío.
La pandemia de covid-19 profundizó muchas de estas dificultades y dio paso a una etapa marcada por la inflación, la escasez y el deterioro de servicios básicos. Desde entonces, la situación se ha agravado, en un escenario atravesado por decisiones económicas internas, dificultades en su implementación y el endurecimiento de las medidas del gobierno de Estados Unidos contra Cuba, incluidas las restricciones sobre el sector energético.
Pero una crisis no se vive solamente en las cifras. Cuando las dificultades se acumulan, también cambian las formas de trabajar, de cuidar, de alimentarse, de trasladarse y de organizar la vida cotidiana. Y esos efectos no se distribuyen de la misma manera entre todas las personas.
Para las mujeres, la crisis puede significar más tiempo dedicado a los cuidados, mayores obstáculos para sostener un empleo y una profundización de desigualdades y brechas que ya estaban presentes.
Por ello en esta edición de La Nota, nos acercamos a una interrogante clave: ¿cómo están viviendo las mujeres en Cuba esta crisis multidimensional y qué estrategias despliegan para sostener sus vidas y las de quienes dependen de ellas?

