La Habana, mayo, (Especial de SEMlac). – En plena Avenida Salvador Allende, una de las arterias que atraviesa el centro de La Habana, el paisaje cambia de repente. El asfalto y el ruido quedan atrás y aparecen 4,7 hectáreas de bosque urbano donde conviven numerosas especies vegetales —varias de ellas endémicas de Cuba—, un mariposario único en el país y aves migratorias que hacen escala allí en su ruta entre la Florida y Sudamérica.
La Quinta de los Molinos, monumento nacional, lleva siglos reinventándose. Fue molino de tabaco colonial, residencia de capitanes generales, cuartel del Generalísimo Máximo Gómez y ahora un jardín botánico. Hoy es también un ecosistema de emprendimiento sostenible, en el que cerca de 500 personas —el 80 por ciento mujeres— tejen redes, aprenden, venden y construyen negocios comprometidos con su entorno.
Entre árboles y negocios
Para Alejandro Palmarola Bejerano, presidente del Jardín Botánico de La Habana, Quinta de los Molinos, la biodiversidad que alberga sorprende para un espacio urbano.
En momentos de monitoreo se han registrado más de 100 especies de aves, frente a las 40 que puede albergar un parque convencional de la ciudad. Muchas son migratorias: llegan desde la Florida o desde Sudamérica y encuentran aquí agua, alimento y refugio, refiere.
A ellas se suman reptiles y anfibios, cuyo seguimiento se realiza en colaboración con la Facultad de Biología. También los árboles: algunos llevan más de 200 años en pie, desde los tiempos del primer Jardín Botánico de La Habana, y son hoy testimonio vivo de una historia que la urbanización de la ciudad nunca logró borrar del todo.
En su opinión, gestionar un jardín botánico en el centro de La Habana no es solo una tarea de horticultura. Es, ante todo, un acto de responsabilidad social.

La empresa que dirige —una mipyme estatal de fondos públicos, cuyo socio único es la Oficina del Historiador de la Ciudad— genera el ciento por ciento de sus ingresos para sostenerse y, con ellos, sostiene también a otros: el 30 por ciento de sus 92 trabajadores son jóvenes en situación de discapacidad intelectual, en muchos casos acompañados de sus madres, que también forman parte de la plantilla laboral.
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“Hay familias completas de madre e hijo, cuyos dos salarios salen de esta empresa”, explica Palmarola Bejerano. Esa lógica de compromiso social es la que, a su juicio, define el perfil de emprendimiento que la Quinta decide apoyar: “Negocios productivos, que tienen un cierto compromiso social o que tienen intención de tenerlo”, sostiene.

Con esa filosofía nació la red de emprendimiento sostenible de la Quinta, que hoy conecta a casi 500 personas y funciona como una interfaz entre el sector estatal y el privado. “Tenemos ese compromiso de ser ese puente, pero también de darles herramientas para contribuir a temas de sostenibilidad, que no siempre son ambientales. La sostenibilidad también tiene que ver con inclusión, con educación de calidad”, explica.
Los tipos de emprendimiento que les interesa acompañar desde la red son los que producen, cuidan y educan. “Mujeres emprendedoras, gente joven, negocios familiares que están tratando de echar adelante en este contexto socioeconómico tan complicado”, enumera el biólogo y ambientalista cubano.
También, a esos que trabajan con reciclaje, con materiales sostenibles, con personas en situación de discapacidad o aquellos proyectos que comenzaron siendo sociales y se convirtieron en negocios para poder sustentarse, dice.
Una comunidad que crece
La red no es solo una lista de contactos. Es una comunidad que se ve, se escucha y se retroalimenta en los eventos que la Quinta ha convertido en parte de su identidad: las noches mágicas, los bazares de verano y primavera, los mercados de la tierra donde productores locales acercan alimentos frescos y artículos ecológicos a la ciudad.

“Empezó todo por las noches mágicas, que son conocidas, los cines de familia o el cine en el jardín. Eventos que surgieron naturalmente, con la participación de los emprendedores de nuestra red”, recuerda Palmarola Bejerano.
Con el tiempo, esos encuentros dejaron de ser simples ferias para convertirse en algo más difícil de definir y más fácil de sentir. “Ya hoy nadie entiende nada que suceda en la Quinta si no hay representación de emprendedores”, asegura.
La diversidad de ese ecosistema lo dice todo: jabonería, cosmética natural, aceites esenciales, bisutería, moda, gastronomía creativa, juguetes fabricados con madera de plantas invasoras.

“Me gusta mucho esa idea”, admite refiriéndose a esto último, “porque tiene un compromiso más allá de la sostenibilidad: sacar especies invasoras de los ecosistemas cubanos”.
Hoy esa comunidad comparte ideas, espacios y experiencias, las positivas y las negativas. Y la Quinta, gracias a proyectos de colaboración internacional, ha podido añadir otro ingrediente: la formación.
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Un escenario aliado
Cuando la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras (RCME) buscó un espacio para desarrollar el proyecto “Apoyo en la formación y promoción del emprendimiento femenino y las políticas inclusivas en el sector privado cubano”, una iniciativa impulsada junto a la Embajada Británica en La Habana que articuló capacitación técnica, herramientas legales y promoción de políticas inclusivas dentro del sector privado, la Quinta de los Molinos no fue una opción entre varias. Fue la elección natural.
“Es un espacio que siempre valoramos, precisamente, por su trabajo en temas de inclusión», explicó Zailin Pérez Zaldívar, líder del proyecto “Los colores de Isa,” y parte del equipo coordinador del proyecto formativo de la RCME.
La relación entre la RCME y la Quinta venía de antes: en mayo de 2025, ambas instituciones —junto a Unicef— impulsaron el primer Festival La Primera Infancia Importa, una plataforma colaborativa para visibilizar proyectos dedicados a las infancias, que combinó expoventas, talleres y actividades culturales y se convirtió en un antecedente de confianza mutua.
“Unida a esa experiencia, más el propio quehacer diario de la Quinta, era el escenario perfecto para un proyecto enfocado en políticas inclusivas”, afirmó Pérez Saldívar.

Para Palmarola Bejerano, recibir el proyecto de la RCME fue también una forma de materializar su propio propósito. “Para nosotros es muy importante que la Quinta se visibilice como un espacio para este tipo de proyecto”, refiere y añade que la institución valora especialmente su capacidad de ofrecer algo más que un salón: un entorno comprometido con la sostenibilidad, la inclusión y la energía limpia.
“Los eventos hechos en la Quinta son eventos cero emisiones”, precisa en referencia a que la institución produce 20 por ciento más de energía renovable de la que consume mensualmente y que el bosque del lugar compensa la huella ecológica de cada actividad capturando CO2. “Somos uno de los pocos lugares en el país, sino el único, que puede decir eso”.
Para él, apoyar iniciativas como esta, enfocadas en el apoyo a las mujeres, es parte del ADN de la Quinta: “Es la base de nuestro compromiso social. Apoyar proyectos innovadores, comprometidos con el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que apoyen el emprendimiento joven, sostenible, a mujeres emprendedoras, a sectores vulnerables que también puedan echar adelante”, afirma.
En ese empeño, la Quinta también aprende y crece. La red de emprendedores que la habita no es solo un público: es una comunidad que transforma el espacio, tanto como el espacio la transforma a ella.

