La música también puede visibilizar la violencia machista

La Habana, abril (SEMlac).- La violencia machista en la música es un fenómeno transversal, presente en todos los procesos de construcción musical. Se manifiesta desde el aprendizaje, donde existe discriminación de género en el acceso a escuelas de arte y a la industria musical, espacios en los que las productoras o ingenieras de sonido son minoría y, a menudo, terminan relegadas a roles secundarios.

Para Alejandra García Mesa, periodista y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, “las mujeres enfrentan dificultades para acceder a carreras tradicionalmente masculinas, como percusión o dirección orquestal; y cuando logran graduarse, deben demostrar constantemente su valía en entornos dominados por hombres que no siempre las toman en serio”, asegura a SEMlac.

Graduada con una serie de podcast que profundizó en las representaciones sociales de género en canciones de timba y reparto entre 1990 y 2023 en Cuba, la joven profesional explica que, en los festivales, por ejemplo, la participación de las artistas “suele limitarse a bloques como ‘la noche de las mujeres’, en lugar de integrarse equitativamente”.

“Además, se les exige cumplir roles estéticos estereotipados, como mostrar sensualidad en escena, una presión que no se aplica a los hombres. Todo este contexto se refleja en la música producida, que a su vez reproduce y normaliza la violencia machista en la sociedad”.

Alejandra García Mesa, periodista
La violencia machista persiste en letras y géneros musicales mediante símbolos y estrategias comerciales; normaliza estereotipos sexistas que exigen a las mujeres cumplir atributos específicos para triunfar, opina Alejandra García Mesa. Foto: Cortesía de la entrevistada

De acuerdo con García Mesa, incluso en la clasificación de determinados instrumentos musicales como masculinos o femeninos se reproducen formas simbólicas de violencia. “Por ejemplo, cuando alguien toca bien el tres cubano, se dice que toca ‘macho’; mientras que, si lo hace mal, se dice que toca ‘hembrita’, lo que refleja una valoración masculina de la técnica”, detalla.

Muchas canciones normalizan relaciones tóxicas o micromachismos bajo la excusa del «amor romántico». ¿Qué responsabilidad tienen artistas y sellos discográficos en perpetuar o cuestionar estos mensajes?

La responsabilidad es muy grande y pasa por la capacitación y el conocimiento sobre género y violencia. La violencia machista se perpetúa en letras y estilos de ciertos géneros musicales a través de mecanismos simbólicos y comerciales, pero también en la normalización de estereotipos y roles sexistas; se refuerza la idea de que las mujeres deben cumplir con atributos específicos para ser exitosas.

Las letras, en muchos casos muy explícitas, normalizan la agresión hacia ellas. Incluso, géneros musicales no explícitamente violentos reproducen estereotipos. Por ejemplo, clásicos como el chachachá “La engañadora” —considerado un hito cultural en Cuba— cosifica a las mujeres, al describir escenas de acoso callejero con «jocosidad».

Muchas veces los artistas justifican letras violentas o estereotipadas como una expresión personal o artística, bajo el argumento de que tienen libertad creativa y quien no esté de acuerdo puede, simplemente, no escuchar su música. Otros, incluso sin ser violentos en su vida privada, usan letras degradantes porque les son funcionales comercialmente.

La violencia económica, intrafamiliar y simbólica, presente en la sociedad, se ve reflejada y naturalizada en la producción musical, lo que la normaliza a nivel identitario y de pensamiento también entre quienes consumen esa música. Debido a la corta duración de las canciones y la falta de un componente visual fuerte, las personas tienden a concentrarse en el ritmo y la diversión, dejando de lado los contenidos.

Por otro lado, la industria prioriza la funcionalidad comercial y valida discursos que asocian éxito con letras degradantes, mientras ignora su impacto en la normalización de la violencia. Esto se agrava porque, a diferencia del cine —donde la violencia es visual y se critica más—, la música opera a nivel subliminal y así refuerza ideales machistas, sin que el público necesariamente decodifique el mensaje.

Sin embargo, esta postura ignora el impacto social de la música en la construcción de identidades y relaciones sociales. La industria musical, incluidas escuelas y productoras, debe entender que la música influye en la percepción social de la violencia y que promover canciones con mensajes violentos o sexistas contribuye a normalizar esos patrones.

La falta de regulación ética en estudios y disqueras —por miedo a «censurar la libertad artística»— permite que estos mensajes persistan y perpetúa ciclos donde lo violento se vuelve rentable y culturalmente aceptado. Creo que, así como se castiga la violencia física, debería hacerse con la simbólica en productos culturales.

El problema no es solo eliminar letras, sino comprender el proceso de violencia y la función social de la música. Muchas veces se enmascara la violencia con la excusa de la identidad personal del artista. Por eso, es fundamental que artistas y sellos asuman un compromiso ético para no reproducir estereotipos ni violencia en sus productos.

¿Cómo puede la música ser una herramienta para combatir la violencia machista?

La música tiene un gran poder transformador y puede ser un espacio de resistencia, al cuestionar las normas sociales y visibilizar la violencia machista. Al reflejar la realidad social, puede generar conciencia y promover cambios en la percepción y comportamiento de las personas.

Cuando se asume un compromiso con la creación de contenidos que desafían la violencia simbólica y promueven la igualdad de género, la música se convierte en un vehículo para la educación y la transformación social. Es importante que se utilice para ofrecer narrativas alternativas que visibilicen la violencia, empoderen a las mujeres y rompan con los estereotipos y modelos dominantes.

En Cuba, el festival Women by Eyeife promueve el trabajo de las mujeres en la música y denuncia sus desafíos. Iniciativas como Les Amazones de D’Afrique, en Sudáfrica, lideradas por la productora Valerie, usan la música para exponer violaciones y mutilaciones femeninas, con alcance a instancias globales. Estos esfuerzos demuestran que la música, al concebirse como denuncia, puede romper ciclos de silencio y generar cambios.

Festival Women by Eyeife
En Cuba, el festival Women by Eyeife promueve el trabajo de las mujeres en la música y denuncia sus desafíos. Foto: SEMlac Cuba

¿Qué estrategias son clave para denunciar la violencia simbólica en la música sin revictimizar?

Para denunciar la violencia simbólica sin revictimizar es fundamental un enfoque crítico y respetuoso. Hay que analizar las letras, videoclips y publicidad con profundidad; contextualizar los mensajes y evitar simplificaciones o juicios que puedan estigmatizar a las víctimas.

La denuncia debe desmontar los mecanismos de violencia y cuestionar los estereotipos, sin reproducir imágenes o discursos que revictimicen. Además, es clave promover la reflexión y el diálogo para que el público reconozca estas formas de violencia y las cuestione, en lugar de simplemente condenarlas o ignorarlas.

También es importante evitar el morbo mediático que puede desviar el foco del problema estructural y convertir a las víctimas en objetos de espectáculo. La comunicación responsable y el análisis riguroso son herramientas clave para este trabajo.

Es crucial implementar regulaciones éticas en estudios de grabación, como rechazar letras violentas, sin caer en censura. Pero también la formación en género para artistas y productores, pues la música no es un acto aislado, sino un producto social.

Se deben visibilizar proyectos existentes que combaten la violencia. La denuncia debe centrarse en soluciones y no solo en exponer casos, para evitar enfoques sensacionalistas. Además, es importante cuestionar no solo lo explícito, sino también mensajes sutiles en clásicos que normalizan el acoso.

Como periodista especializada, ¿qué desafíos encuentras para abordar casos de violencia machista en la música, las letras de las canciones? ¿Qué hacer?

El principal desafío es enfrentar la normalización de la violencia como «cultura» o «tradición», lo que genera resistencia. La música es un producto artístico, pero también social, que requiere de un tratamiento que reconozca su función cultural y su impacto en los comportamientos de las personas. Es necesario equilibrar la crítica con el respeto a la libertad creativa y la diversidad de expresiones, lo cual es complejo.

Además, la violencia simbólica en la música suele ser menos explícita que en otros medios visuales. Por eso es necesario un trabajo riguroso de análisis, capacitación en género y comunicación ética para abordar estos temas de manera efectiva.

El objetivo es fomentar una conciencia crítica, tanto en el público como en la industria musical, para que se reconozca y cuestione la violencia machista en la música, sin reproducirla ni banalizarla.

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