En busca de una cartografía del riesgo

La Habana, mayo (SEMlac).- La vida urbana en Cuba, como en muchos contextos latinoamericanos, está atravesada por dinámicas de desigualdad que también se expresan en el uso y la percepción del espacio público.

Para muchas mujeres, la ciudad no es un territorio neutro, sino un escenario donde se configuran rutas de evitación, alertas compartidas y experiencias reiteradas de acoso y violencia.

En opinión de la periodista y feminista Dailene Dovale de la Cruz, a partir de memorias colectivas y vivencias individuales, ciertos lugares han sido históricamente señalados como inseguros, construyendo una geografía informal del riesgo que condiciona la movilidad y la vida cotidiana.

Profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana y periodista de la revista cultural El Caimán Barbudo, Dovale de la Cruz también estuvo entre las fundadoras del colectivo feminista Cimarronas, que buscaba “reivindicar las luchas históricas y presentes para derrumbar el patriarcado” e integra la Red Feminista de la universidad donde labora. 

“Todavía persiste una cultura que normaliza el acoso, muchas veces amparada en ideas como el ‘piropo’ o la supuesta galantería, que en realidad legitiman formas de control sobre el cuerpo de las mujeres en el espacio público y contribuyen a su exclusión de estos espacios”, asevera a SEMlac.

¿Qué lugares de las ciudades cubanas han sido históricamente reconocidos como escenarios de acoso o violencia hacia las mujeres, y cómo se mantienen esas dinámicas hoy?

En todos los territorios de Cuba existen espacios que son comúnmente reconocidos como inseguros. Muchos de ellos han sido identificados y visibilizados por las propias personas, especialmente por las mujeres, como una especie de alerta colectiva: “banderas rojas” que se comparten de forma oral sobre lugares complicados, donde pueden ocurrir distintas formas de acoso o violencia.

Uno de los más conocidos en la capital es el que se encuentra en la zona de la calle G, muy próximo a la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Este espacio ha sido señalado y demostrado como un lugar donde es muy probable sufrir algún tipo de acoso, así como experimentar inseguridad o violencia.

Mapa de acoso callejero en La Habana
Zonas de La Habana donde suele ser más frecuente el acoso callejero, según una encuesta realizada para el reportaje “El acoso sexual callejero: un mapa que no queremos”, publicado por un equipo de estudiantes de Periodismo en 2024. Foto: Tomada de la revista Alma Mater

Pero hay muchos más. Por ejemplo, en otra época, cuando existía mayor disponibilidad de transporte urbano, las guaguas (ómnibus del transporte público) er n espacios de notable inseguridad. En ellas podían ocurrir distintas formas de violencia o acoso en plena movilidad, lo que generaba una sensación constante de vulnerabilidad, en medio de grandes aglomeraciones de personas, sin saber quién podía ejercer daño.En estas experiencias, los hombres han sido quienes, de manera reiterada, han cometido estos actos. Menciono el caso de la guagua no porque la aglomeración justifique el acoso, sino porque desde el momento en que se veía una guagua llena, aumentaba el temor de que este pudiera ocurrir.

Sin embargo, estos no son los únicos espacios. Personalmente, he sufrido acoso en La Habana en lugares tan diversos como el Sevillano, en Diez de Octubre; caminando por Línea, en el Vedado; o en el Malecón. Lo que sucede es que algunos de ellos han sido tan recurrentemente mencionados y compartidos que han construido sus propias historias de violencia.

Esto demuestra que se trata de un problema estructural de la sociedad, que se reproduce en distintos lugares. También evidencia la necesidad de implementar acciones, especialmente en aquellos sitios donde el fenómeno es más común, repetitivo y sistemático, sin perder de vista que estas acciones deben abarcar todo el país.

¿Existen investigaciones, diagnósticos o experiencias previas en Cuba u otros contextos latinoamericanos que hayan intentado mapear la violencia en los espacios públicos?

En el caso cubano, destaca la investigación “La deshumanización de un sexo: acoso sexual callejero en el entorno de la Universidad de La Habana”, realizada por la socióloga Paula Ríos Maldonado, donde se exponen las principales manifestaciones de violencia que sufren las mujeres en ese espacio académico y sus alrededores.

Costado de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, un espacio identificado como lugar probable para sufrir acoso.
Costado de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, un espacio identificado como lugar probable para sufrir acoso. Foto: Tomada de la investigación “La deshumanización de un sexo: acoso sexual callejero en el entorno de la Universidad de La Habana”, de la socióloga Paula Ríos Maldonado

Este estudio examina las dinámicas de acoso y violencia en espacios frecuentados por estudiantes y aporta evidencia empírica sobre la magnitud del problema en contextos universitarios. Entre sus resultados, se señala que alrededor del 80 por ciento de las mujeres en la universidad han experimentado algún tipo de violencia o acoso, un dato que constituye un indicador relevante sobre la extensión del fenómeno.

Se trata de una investigación reciente, que permite identificar cómo determinados espacios concentran de manera más frecuente y sistemática estas manifestaciones de violencia, contribuyendo así a su visibilización y al diseño de posibles estrategias de intervención.

¿Cómo podría construirse una cartografía de la violencia que mapee estos lugares inseguros? ¿Qué utilidad tendría para exigir políticas públicas, transformar los espacios y fortalecer la seguridad de las mujeres en la ciudad?

Construir una cartografía de la violencia que permita mapear los lugares inseguros tendría, en primer lugar, un valor fundamental para visibilizar el problema. En este sentido, permitiría evidenciar cuán común y repetitivo es el acoso, así como las distintas formas de violencia que ocurren en los espacios públicos. Además, facilitaría identificar aquellas zonas donde estas manifestaciones son más frecuentes y sistemáticas.

Esto también tendría utilidad práctica para personas que no conocen determinados territorios o que no cuentan con redes de apoyo que les alerten sobre estos riesgos. Sin embargo, no debería limitarse a informar sobre los lugares inseguros, ni a trasladar la responsabilidad a las mujeres sobre por dónde transitar o cómo protegerse.

Por el contrario, esta cartografía debería convertirse en una herramienta de denuncia y exigencia. Su valor radica en contribuir a reclamar acciones concretas que garanticen el derecho a transitar libremente por el espacio público, especialmente para las mujeres y las niñas, que son de los grupos más afectados.

Es importante señalar que la vulnerabilidad no se limita a ellas: también afecta a todas las personas que rompen con las normas de género y los patrones del sistema patriarcal, quienes enfrentan mayores riesgos de acoso y violencia en estos espacios.

En consecuencia, la cartografía no solo permitiría visibilizar los problemas de seguridad, sino también impulsar políticas públicas más efectivas. Estas deberían ser sistemáticas, bien implementadas y orientadas a las causas estructurales del problema, incorporando una perspectiva feminista que evite respuestas superficiales y contribuya a transformaciones reales.

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