Cuando el cibercontrol también se disfraza de amor

La Habana, agosto (SEMlac). Como en otras zonas del mundo, la violencia de género en Cuba adquiere nuevos rostros en el entorno digital. Se trata de un problema más frecuente entre jóvenes y adolescentes, y los adultos aún no saben bien cómo abordarlo, coinciden académicas de la nación caribeña.

Cada vez es más frecuente que en parejas jóvenes el control y la vigilancia se ejerzan a través de dispositivos móviles y redes sociales. Exigir respuestas inmediatas, compartir contraseñas o la geolocalización permanente son conductas que, lejos de ser percibidas como abusivas, se confunden con muestras de amor.

«Las jóvenes nombran el control como ‘amor’, ‘confianza’ o ‘cuidado’, porque ese es el significante que recibió desde el constructo cultural» y eso complica la compresión del daño, aseguró a SEMlac Mayli Perdomo, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, durante un debate sobre esa problemática publicado en junio de 2026.

En su opinión, esta naturalización impide que muchas veces se identifique la agresión, pues el imaginario social sigue sosteniendo que el amor romántico implica entrega total, sacrificio y fusión con el otro.

A finales de 2025, Cuba contaba con un total de 8,14 millones de conexiones móviles activas, cifra equivalente al 74,5 por ciento de la población total, según el Informe Digital 2026 sobre tendencias digitales y de redes sociales, de la organización internacional We Are Social.

Además, 7,79 millones de personas utilizaban internet, con una penetración en línea del 71,3 por ciento y unos 6,56 millones de usuarios de redes sociales, el 60,1 por ciento de la población.

Pese a las dificultades de conectividad asociadas a la actual crisis económica, la digitalización del país ha incrementado los riesgos de este tipo de maltrato para la población más joven.

La evidencia académica respalda estas preocupaciones. Un estudio publicado en 2026 en la Revista Cubana de Psicología, con una muestra de 511 estudiantes de 13 a 17 años en La Habana, reveló que 33,7 por ciento de los adolescentes estuvo implicado en situaciones de ciberbullying.

De las personas encuestadas, 14,1 por ciento se identificaron como víctimas, 6,1 por ciento como agresores y 13,5 por ciento en ambos roles, según el artículo “Predictores del ciberbullying en adolescentes cubanos: redes sociales, salud mental, género y grado escolar”, de Jorge Enrique Torralbas Oslé, María Paula Valdés Torres y Luis Daniel Alemán Álvarez. Las formas más comunes de violencia identificadas fueron la agresión verbal y la exclusión social.

“Este hallazgo demanda la necesidad de políticas públicas y programas educativos enfocados en la alfabetización digital, la promoción de un uso saludable de las redes sociales y la prevención de dinámicas violentas en entornos virtuales”, demanda el texto.

Señales de alerta

Es dificil identificar el problema, pues a menudo las señales de alerta en el entorno digital son sutiles y se confunden con hábitos cotidianos, alertó Claudia Cancio-Bello, otra de las especialistas consultadas por SEMlac.

Se deben vigilar «síntomas de ansiedad, de preocupación, de irritabilidad, de miedo», así como «una mirada de ensimismamiento, perdida, de preocupación, de no querer que le revisen el móvil y ponerse muy agresiva», advirtió la también directora del Centro de Estudios de Bienestar Psicológico Alfonso Bernal del Riesgo.

En muchas ocasiones, jóvenes y adolescentes no identifican que están siendo víctimas de ciberviolencia.
En muchas ocasiones, jóvenes y adolescentes no identifican que están siendo víctimas de ciberviolencia. Foto: RTVE

Según Emely Corcho, psicóloga y profesora de la universidad capitalina, también se pueden vigilar acciones como «borrar perfiles, eliminar la foto de perfil, eliminar publicaciones» o cambios en los patrones de consumo digital.

En algunos casos, las víctimas «se sienten culpables de lo sucedido y comienzan a eliminar sus publicaciones o perfiles, como si fuera lo que provocó el acoso», explicó Corcho. También mencionó que puede darse una hiperconectividad constante asociada a rasgos ansiosos, como una manera de intentar tener el control de la situación.

Desde su experiencia como psicóloga clínica con mujeres jóvenes, Perdomo agrupa estas señales en tres manifestaciones recurrentes: hipervigilancia digital (miedo a abrir el teléfono), restricción autoimpuesta (dejar de publicar fotos, borrar conversaciones) y disociación entre el afecto y el nombre, por ejemplo, cuando una joven describe como «cuidado» la exigencia de ubicación por parte de su pareja, pero llora o se angustia al decirlo.

En tanto, la también psicóloga Camila Durán, especialista del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), pone el foco en la somatización: dolores de cabeza frecuentes, problemas de estómago, insomnio, cambios de humor muy intensos (irritabilidad, tristeza). “Cuando estos síntomas aparecen vinculados al uso del teléfono o después de haberlo usado, el cuerpo dice que algo anda mal», inisitió.

Pero advierte como lo primero que hay que entender que «un adolescente no te va a decir ‘sufro ciberviolencia‘», porque probablemente ni siquiera es consciente de ello y, además, contar lo que le pasa implica riesgos que calcula perfectamente.

¿Cómo actuar?

Una de las principales barreras para la detección y la denuncia es la brecha generacional y la reacción punitiva de los adultos.

«La primera barrera somos los adultos y el miedo a la reacción», sentenció Durán. Desde la lógica adolescente, si cuentan lo que les pasa, lo primero que harán sus padres será quitarles el móvil. Y «quedarse sin móvil hoy es el equivalente a no dejarte ir a la fiesta o salir con tus amigos de nuestro tiempo», explicó.

Ademas, el anonimato en las redes sociales dificulta la acción legal, lo que lleva a las víctimas a perder la esperanza de que el agresor sufra repercusiones. A esta situación se suma la debilidad del marco legal y la ausencia de estadísticas oficiales desagregadas. Cuba califica entre los países con limitado abordaje legal de la violencia digital contra las mujeres y las niñas.

Es importante formar a jóvenes y adolescentes como agentes de cambio dentro del entorno digital.
Es importante formar a jóvenes y adolescentes como agentes de cambio dentro del entorno digital. Foto: Unicef

Aunque desde 2021 el Decreto-Ley No. 35 “De las Telecomunicaciones, las Tecnologías de la Información y la Comunicación y el uso del Espectro Radioeléctrico” define como delitos informáticos el ciberacoso y el grooming, no se conocen datos oficiales sobre cómo afectan estas formas de maltrato machista.

Esta carencia contrasta con las cifras globales: al menos 73 por ciento de las mujeres y niñas en todo el mundo han experimentado violencia digital, según el “Informe sobre violencia digital contra las mujeres”, publicado en 2020 por ONU Mujeres.

Frente a ese panorama, las especialistas abogan por cambiar el enfoque de la intervención. Perdomo sostiene que el abordaje no debe ser meramente educativo, sino clínico.

En lugar de decirle “eso es violencia», preguntar por el costo: ¿y eso a ti cómo te deja?, ¿cómo dormiste anoche?, ¿qué pasa si no lo haces?, “hasta que la contradicción entre su malestar y el nombre que le da al problema se haga insostenible para ella».

En tanto, Durán enfatiza que «lo primero no es sermonear”, sino «establecer una buena comunicación con las personas adolescentes, donde no se les diga lo que está bien o mal, sino que se les permita pensar con sus propias herramientas».

4-Camila Durán recomendó establecer una buena comunicación con las personas adolescentes y permitirles pensar con sus propias herramientas.
Camila Durán recomendó establecer una buena comunicación con las personas adolescentes y permitirles pensar con sus propias herramientas. Foto: Cortesía de Dayalé Torres Diéguez

Más allá de las charlas escolares, hay que «formar a los propios adolescentes como agentes de cambio dentro de esos espacios», porque el lenguaje y los códigos entre ellos pesan mucho más que los de un adulto, insistió Durán.

La alfabetización digital, coinciden las especialistas, debe tener una perspectiva crítica y de género, que no solo enseñe a configurar la privacidad o a reportar, sino que cuestione la lógica cultural de fondo.

«Si no desmontamos la idea de que el amor es posesión, de que en los espacios digitales todo vale, de que el anonimato es carta blanca para expresar opiniones sin ninguna responsabilidad, la lógica cultural que hay debajo reproducirá el control», concluyó Durán.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 × 5 =