Estudio evidencia violencia simbólica familiar en estudiantes lesbianas universitarias

La Habana, julio, (SEMlac). – Antes de nombrarse en voz alta, muchas jóvenes lesbianas cubanas aprenden, a fuerza de maltratos, a silenciar su identidad.

Esconderles la ropa y echarla a perder con cloro para que no puedan volver a ponérsela. No dirigirles la palabra durante semanas. Desconocer a sus parejas, presentarlas como amigas o exigirles que oculten su orientación sexual. Son algunas de las formas en que muchas familias cubanas ejercen violencia sobre sus hijas lesbianas; una historia que se repite, con variaciones, en distintos hogares del país.

Así, el espacio que debería protegerlas se convierte también en escenario de una violencia que rara vez se nombra: la violencia simbólica, documentada en el estudio “Me enseñaron a callar antes de aprender a nombrarme”, un análisis de la violencia simbólica ejercida desde la familia hacia estudiantes lesbianas de la Universidad de La Habana.

Se trata de la tesis de diploma de Elisabeth Hernández Martínez, licenciada en Sociología por esa casa de altos estudios (2026) y realizada bajo la tutoría de Niuva Ávila Vargas, profesora titular del Departamento de Sociología, y de Paula Amalia Ríos Maldonado.

El estudio entiende la violencia simbólica como aquella que se ejerce mediante discursos, significados y prácticas socialmente legitimadas que, al naturalizarse, reproducen relaciones de dominación con la complicidad inconsciente de quienes la sufren. Para documentar cómo opera ese mecanismo dentro de la familia, la autora realizó 15 entrevistas en profundidad a estudiantes lesbianas y tres entrevistas a expertas.

 El hogar como primer escenario de control

Uno de los primeros hallazgos desmonta una creencia extendida: que un mayor nivel educativo de madres y padres se traduce necesariamente en un mayor reconocimiento de la diversidad sexual. Aunque en la muestra el 60 por ciento de las madres y el 40 por ciento de los padres tenían formación universitaria —resultado no generalizable por el reducido tamaño de la muestra—, la investigación encontró que ello no evitaba la persistencia de prácticas familiares desiguales y de violencia simbólica hacia las hijas lesbianas.

la socióloga Elisabeth Hernández Martínez
Para la socióloga Elisabeth Hernández Martínez, nombrar la violencia simbólica y hacerla visible es el primer paso para desnaturalizarla y transformarla mediante la educación. Foto: Cortesía de la entrevistada

El 60 por ciento de las familias mantenía una división tradicional de las tareas de cuidado, donde las mujeres asumían la mayor parte del trabajo doméstico. En esas nueve familias se registraron niveles altos o muy altos de violencia simbólica, mientras que la mayoría de quienes distribuían equitativamente esas responsabilidades (33%) mostró niveles bajos. Para la autora, la rigidez en los roles de género se corresponde con una mayor condena de la homosexualidad.

Esa rigidez se expresa en el lenguaje. El 60 por ciento de las familias sostenía discursos homofóbicos, mediante términos despectivos, incluso antes de que la hija revelara su orientación sexual. A ello se sumaban mandatos sobre la feminidad y la heterosexualidad: 80 por ciento de las entrevistadas recibió mensajes sobre la importancia de ser femenina; 73 por ciento sobre el valor de casarse con un hombre y 67 por ciento, sobre tener hijos.

“Siempre me decían que debía sentarme como las señoritas y aprender a hacer cosas de la casa para cuando me casara”, contó una de las jóvenes.

Como resultado, se encontró que 87 por ciento de las familias reproducía estereotipos lesbofóbicos, favoreciendo desde la infancia la interiorización de la idea de que la identidad de las jóvenes era moralmente inferior.

Estas prácticas fueron mucho más frecuentes en los hogares con división tradicional del trabajo. En todos ellos se invalidaba la identidad de la hija, mientras que entre las cinco familias con reparto equitativo solo ocurrió en dos casos, atribuibles a discursos de abuelas o abuelos y no de los padres.

 Una identidad negada, silenciada e invisibilizada

Cuando la orientación sexual finalmente se hace explícita, muchas familias no la reconocen, sino que la interpretan como una etapa pasajera. En 11 de las 15 entrevistas, la identidad de las jóvenes fue invalidada con ese argumento. “Me dijeron que era un periodo normal de la adolescencia, que cuando tuviera sexo con hombres se me iba a quitar esa anormalidad”, relató una participante.

Esa negación suele prolongarse en el tiempo. El 80 por ciento de las familias continúa presuponiendo un futuro heterosexual para sus hijas, mientras dos de cada tres entrevistadas afirmaron que en sus hogares se evita deliberadamente hablar sobre la orientación sexual o las relaciones de pareja.

El silencio también alcanza a los vínculos afectivos. Más de la mitad de las entrevistadas señaló que su pareja no es reconocida como tal por la familia, sino presentada como una amiga. Además, 47 por ciento identificó la llamada “ley del hielo” como una de las experiencias más dolorosas tras revelar su orientación sexual.

Si el discurso y el silencio son dos caras de la violencia simbólica, la más frecuente se ejerce directamente sobre el cuerpo. En más del 86 por ciento de los casos, las familias intentaron adecuar la apariencia de las jóvenes a los mandatos tradicionales de feminidad, mediante acciones que iban desde esconder o destruir su ropa hasta descalificar su forma de vestir.

Tesis sobre mujeres lesbianas
“Me enseñaron a callar antes de aprender a nombrarme”, un análisis de la violencia simbólica ejercida desde la familia en estudiantes lesbianas de la Universidad de La Habana, se nutre de 15 entrevistas en profundidad a estudiantes universitarias lesbianas. Foto: Cortesía de la entrevistada

Para la autora, estas prácticas evidencian que el control no es solo discursivo, sino también material: se vigila el cuerpo, se restringen las formas de expresión y se condiciona la aceptación de la orientación sexual a que la expresión de género responda a la heteronorma.

La vigilancia también alcanza la vida pública. El 60 por ciento de las entrevistadas recibió presiones para ocultar su relación de pareja o evitar muestras de afecto en público. “Mi madre me pide constantemente que no le diga a nadie, que mantenga oculta toda mi vida”, contó una de ellas.

A ello se suma un incremento de las responsabilidades de cuidado. En ocho de los 15 casos, las jóvenes asumieron mayores cargas domésticas tras revelar su orientación sexual.

Toda esta acumulación de rechazo, silencio y control deja marcas que las entrevistadas describen con crudeza. Dos de cada tres manifestaron haber sentido culpa o vergüenza por su orientación sexual, al interiorizar la idea de que su existencia causaba sufrimiento a sus familias.  

Más de la mitad de la muestra reconoció haber atravesado etapas de rechazo hacia sí mismas. Una de las entrevistadas refirió, incluso, prácticas de autolesión durante la adolescencia como consecuencia de ese malestar.

Como estrategia de supervivencia, el 60 por ciento modificó en algún momento su forma de vestir, hablar o comportarse para evitar conflictos familiares. “Hubo un tiempo en que empecé a vestirme más femenina para evitar problemas con mi mamá”, recordó una de las jóvenes. Según el estudio, esta autovigilancia fue más frecuente en las familias donde antes se había impuesto la discreción sobre la orientación sexual.

La investigación también encontró que 40 por ciento de las entrevistadas tendía a justificar las actitudes homofóbicas de sus familias y 80 por ciento consideraba esos conflictos como algo normal o común, una evidencia de hasta qué punto la violencia simbólica llega a naturalizarse.

Aunque la violencia atraviesa buena parte de los relatos, el estudio también encontró experiencias de apoyo y resistencia. El 53 por ciento de las entrevistadas señaló que la distancia del hogar —muchas veces gracias al régimen de beca— les permitió explorar su identidad con mayor libertad.

Además, 73 por ciento construyó fuera de su núcleo familiar redes de amistades, parejas y colectivos que hoy constituyen su principal sostén emocional. Espacios como la Red Feminista Universitaria fueron identificados como entornos seguros, donde la identidad lésbica es reconocida y celebrada. En opinión de la autora, estos resultados muestran que la violencia simbólica puede enfrentarse cuando existen redes de apoyo.

Nombrar la violencia para transformarla

Consultada por SEMlac, Elisabeth Hernández Martínez explicó que eligió este tema porque la violencia simbólica suele pasar inadvertida, pese a constituir la base de otras formas de violencia más visibles. “Nombrarla es el primer paso para desnaturalizarla”, apuntó.

La investigadora señaló que centró el estudio en la familia por ser el primer espacio de socialización, donde se aprenden y legitiman los mandatos de género. Aunque Cuba cuenta con un amplio marco legal de protección, que incluye el Código de las Familias y la Estrategia Integral de Prevención y Atención a la Violencia de Género y en el Escenario Familiar, consideró que las formas cotidianas e invisibles de violencia aún reciben poca atención.Hernández Martínez reconoció que su experiencia personal también impulsó la investigación. “Yo también soy una mujer lesbiana. Una mujer que sintió culpa, vergüenza, que cambió su forma de ser para encajar”, comentó.

A su juicio, el mayor aporte de la tesis es demostrar que se trata de un problema estructural y ofrecer herramientas para que otras mujeres puedan identificar esa violencia y contribuir a transformarla mediante la educación.

“Tener la oportunidad de nombrar eso que sentí, que otras mujeres puedan reconocerse en esta investigación y ponerle nombre a esa violencia, es para mí una forma de resistencia, un golpe al patriarcado, concluyó.

         

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