Las violencias cotidianas son prácticas abusivas que, por su frecuencia y aparente «levedad», suelen ser normalizadas, invisibilizadas o minimizadas, tanto por quienes las ejercen como por quienes las sufren y quienes las observan. A diferencia de otras más explícitas (agresiones físicas graves, violaciones, amenazas con armas), las cotidianas rara vez se denuncian, no siempre están tipificadas como delito y generan un desgaste psicológico acumulativo que condiciona la vida de las personas: cambios de ruta, abandono de espacios públicos, autocensura en entornos digitales, hipervigilancia crónica, o incluso aislamiento social.

Su impacto es diferencial según edad, género, clase, raza, diversidad funcional u otros ejes de desigualdad. Para los especialistas, el desafío está en visibilizarlas sin banalizarlas, distinguir entre incomodidad y violencia y diseñar respuestas que operen en el registro de lo «pequeño», pero reiterado. SEMlac invitó a ofrecer sus opiniones sobre esta problemática, desde la perspectiva de sus diferentes perfiles y experiencias, a la socióloga Niuva Ávila Vargas, la jurista Sara Ida Hernández Valdés y la también socióloga y activista feminista Anaclara León Pérez.

Ávila Vargas dirige el Observatorio Social Universitario y es profesora titular del Departamento de Sociología de la Universidad de La Habana; Hernández Valdés coordina el programa “Yo Puedo Emprender”, de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), y los Espacios Formativos y Relaciones Interinstitucionales de la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras; en tanto León Pérez es co-coordinadora de la Red Feminista Universitaria e investigadora en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.

¿Qué formas de violencia cotidiana en espacios públicos o digitales, como las redes sociales, considera más frecuentes? ¿Cree que las personas las naturalizan o no las identifican como violencia, sino que las justifican como «costumbre» o «broma»?

Niuva Ávila Vargas: Las formas de violencia cotidianas son diversas en cuanto a los espacios en que se producen las generaciones, las sociedades y algunas otras características que pudiéramos citar. Por ejemplo, se ven en los espacios laborales de nuestro país, en los cuales la dirigencia masculina y los colegas de trabajo practican el mansplaining, disminuyendo las posibilidades y potencialidades de la mujer. Y eso se ve, incluso, como una ayuda. Esa violencia también se manifiesta en el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que recae sobre las mujeres. Los hombres, frente a esto, o perpetúan el mandato social, o las reconocen como «super mujeres» por combinar esas tareas con el trabajo remunerado en el espacio público. Urge mantener la reflexión y la acción sobre este tema. Con las redes sociales, jóvenes y adultos encuentran nuevas formas de reproducir estas violencias, y a veces de modo mucho más sutil. Estas expresiones evaden el control del entorno cercano y, en cambio, se despliegan en esos entornos que nosotros mismos creamos y donde nos sentimos seguros; entonces las expresiones violentas nos sorprenden, justamente porque nos apartamos de cualquier crítica que resulte incómoda.

Sara Ida Hernández Valdés: En el espacio público predominan el acoso callejero (piropos obscenos o no deseados), las miradas intimidantes, la invasión del espacio físico personal con tocamientos de todo tipo (especialmente en transportes públicos o filas de espera masivas), los comentarios despectivos y, sobre todo, descalificadores, basados en la edad, la apariencia o el género. En el espacio digital, sobresalen los comentarios despectivos o de burla pasivo-agresiva bajo el formato de «opinión no solicitada», respuestas o comentarios sarcásticos, la fiscalización o vigilancia encubierta de las cuentas y la exclusión digital selectiva en grupos de WhatsApp, por ejemplo. Existe un alto grado de naturalización. Estas conductas suelen camuflarse bajo etiquetas como «la costumbre», «la cultura popular», «el humor» o «una simple broma». Quien ejerce la violencia en esas maneras suele escudarse en el «no es para tanto» o «te falta sentido del humor», lo que traslada la culpa a la víctima, haciéndole dudar de la legitimidad de su incomodidad. Al no haber un golpe físico, la sociedad tiende a exigir a las personas (particularmente a las mujeres y a los jóvenes) que toleren estos comportamientos como el «costo social» de habitar el espacio público. Abundan expresiones de «¿por qué se viste así?» o «nadie te manda a ser feo», que se han naturalizado como chistes. Eso, porque en el imaginario se sigue asociando la violencia solo al golpe y esto otro es «normal».

Ana Clara León Pérez: La tesis de licenciatura en Sociología de Paula Amalia Rios Maldonado, integrante de la red feminista y profesora de la Universidad de La Habana, aborda casos de violencia cotidiana, específicamente de acoso en el entorno universitario, entendido no solo como las facultades, sino también los espacios cercanos: calles como G y J, los alrededores del estadio universitario, el parque del Hospital Calixto García frente a la Facultad de Física, así como las zonas entre Artes y Letras y Química. En todos estos lugares, las estudiantes han manifestado ser víctimas de violencia. La manifestación más frecuente es la masturbación pública, considerada una forma de violencia sexual. También documenta acoso callejero —principalmente verbal— y situaciones en las que la violencia escala hacia lo físico, como arrojar piedras o intentar agredir con objetos.

Los testimonios reflejan una tendencia a la naturalización de estas prácticas: se reconoce que son desagradables, pero se asumen como parte del entorno. Por ejemplo, se normaliza la presencia de los llamados “pajusos” en determinadas zonas, sin percibir el riesgo de que estas conductas puedan derivar en agresiones más graves. Incluso personal de seguridad ha reaccionado con indiferencia ante denuncias de estudiantes, lo que refuerza esa percepción de normalidad.

En cuanto al acoso verbal, existe una tendencia a justificarlo cuando se presenta como “elogio” a la belleza, considerándolo inofensivo o parte de la cultura. En cambio, otros tipos de acoso se califican como ofensivos, pero igualmente se naturalizan al atribuirlos a personas “enfermas”. Esta visión contribuye a que se acepte socialmente una práctica que vulnera el derecho de las mujeres a transitar libremente sin ser objeto de comentarios sobre su cuerpo.

En el espacio digital, la violencia adquiere nuevas formas, vinculadas a la posibilidad de crear perfiles falsos o utilizar perfiles personales con nombre, foto e incluso imágenes familiares para acosar y emitir juicios sobre el cuerpo de las mujeres, su identidad de género, su clase social u otras características. Este entorno genera un sentido de impunidad, pues quienes ejercen estas prácticas sienten que no tienen consecuencias reales y que no son percibidos como personas capaces de cometer actos de acoso en la vida cotidiana.

Las cifras muestran que la violencia en espacios públicos y digitales es ejercida mayoritariamente por hombres, aunque ello no excluye que las mujeres también puedan reproducir otras formas de violencia, ni que los hombres sean víctimas, generalmente de otros hombres. En este contexto, la justificación de la violencia digital se basa en la percepción de que quienes la ejercen “solo están en las redes”, detrás de un teléfono o computadora y, por tanto, no representan un riesgo en la vida real.

Cuando se trata de perfiles con identidad visible, se tiende a minimizar la gravedad, atribuyendo estas conductas a problemas personales, falta de éxito en las relaciones o a la idea de que son “pobrecitos” los acosadores, machistas o misóginos. Esta visión contribuye a la normalización y tolerancia social de prácticas que constituyen violencia en el ámbito digital.

Desde su experiencia, ¿qué dos efectos concretos de la exposición reiterada a estas violencias cotidianas son más frecuentes y cómo se distribuyen diferencialmente por edad, género u otras variables?

NAV: Lo primero es la disminución de las posibilidades de desarrollo de las mujeres, adolescentes y niñas. Lo segundo, la reproducción de la violencia basada en género, en lugar de su eliminación. Cuando una expresión violenta se solapa, se produce una minimización o una justificación. También ponemos en la balanza otras características del agresor, por ejemplo: «mi jefe es bueno, solo que está estresado», o «él cree eso, pero al final, ¿qué hombre no piensa así?». Justificamos actitudes injustas, incorrectas y discriminatorias. Mientras nosotras, las mujeres, no entendamos que nada justifica ni obliga a soportar cualquier expresión, por más pequeña que sea, en buena parte nosotras mismas la reproduciremos. Los chistes y las expresiones graciosas pueden resultar tan denigrantes o tan limitadores de derechos como la violencia física. Con esto no quiero decir que nosotras seamos el problema. Sin embargo, creo que, lamentablemente, el poder para empujar al patriarcado reside en nosotras, porque para ellos resulta más cómodo permanecer en su posición. Y respecto a la diferenciación, una muy importante que no solo se da en nuestro país es la que se da entre las zonas rurales y urbanas

SIHV: La exposición reiterada a estas violencias no es inocua; produce un desgaste silencioso, pero profundo. Dos de los efectos más frecuentes son la hipervigilancia crónica y el agotamiento psicológico. Las personas viven en un estado constante de alerta, anticipando la agresión, esperándola. Esto consume una enorme cantidad de energía emocional y también cognitiva y física. Afecta de manera desproporcionada a las mujeres jóvenes y adolescentes, que interiorizan desde muy temprano que el espacio público es un lugar donde deben estar alertas en todo momento. Además, ocasiona restricción de la movilidad y la autocensura (pérdida de autonomía), que se traduce en abandono paulatino de ciertos espacios o la decisión de no opinar en redes sociales para evitar ser el blanco de ataques.

En el entorno digital, las personas mayores o de mediana edad, que sufren burlas por su manejo de la tecnología o por sus opiniones, suelen optar por el aislamiento de las redes, lo cual, evidentemente, constituye un límite a su participación ciudadana. En el espacio físico, las mujeres y las personas con diversidad funcional modifican radicalmente sus rutas o limitan sus horarios de circulación, llegan incluso a alargar recorridos para evitar esas situaciones.

ACLP: En mi experiencia, a los hombres no les preocupa el acoso callejero o digital, aunque también son afectados por la violencia digital y, generalmente, esta proviene de otros hombres y, en caso de ejercerse por mujeres, se manifiesta igualmente como violencia machista, vinculada a factores de clase o color de piel. En muchos casos, los hombres no perciben estas experiencias como propias.

Tienden a dividirse entre quienes acosan y quienes no, y estos últimos suelen considerarse “superiores” por no hacerlo, calificando a los acosadores como inmorales o enfermos. No existe conciencia real de los efectos que estas violencias generan en el cuerpo y la mente de las mujeres, las disidencias sexuales o los cuerpos feminizados. De hecho, hombres gays con expresiones más femeninas y mujeres trans también sufren violencia misógina por parte de otros hombres.

El primer efecto concreto de la exposición reiterada a estas violencias es la inseguridad y el miedo al transitar por espacios públicos o al interactuar en entornos digitales. No se trata solo de inseguridad respecto al cuerpo, sino del temor a que las agresiones verbales escalen hacia violencia física o sexual más explícita.

El segundo efecto es el impacto en la autoestima y la modificación de conductas: muchas mujeres desarrollan estrategias de autocontrol que incluyen cambiar su forma de vestir o limitar lo que publican en redes, aun sabiendo que la ropa no es la causa de la violencia.

En cuanto a las diferencias por edad, considero un mito la idea de que las mujeres mayores dejan de ser acosadas. El acoso comienza en la infancia y hoy, con la presencia de niñas en redes sociales, se observa que los comentarios sobre sus cuerpos provienen mayoritariamente de hombres adultos. Aunque los tipos de comentarios cambien con la edad, la violencia persiste en todas las etapas de la vida. Conozco experiencias de mujeres de todas las edades que en el espacio físico han recibido violencia de hombres también de cualquier edad.

Igualmente influyen variables como la clase social y, de manera muy marcada, el color de la piel. En el caso de las mujeres negras, los comentarios sobre su cabello y su identidad constituyen una forma específica de violencia que no enfrentan las mujeres blancas. Estas agresiones afectan directamente la autoestima y refuerzan estereotipos raciales y de género, tanto en espacios físicos como digitales.

Muchas personas desarrollan tácticas propias para sortear estas violencias (fingir llamadas, no mirar a nadie, usar perfiles falsos, evitar ciertas horas o lugares, minimizar su presencia online). ¿Cómo evalúa estas estrategias?

NAV: Esas estrategias significan casi que admitir que las del problema son las mujeres. No debería ser una solución personal y mucho menos que límite nuestro desarrollo, por eso es tan importante el empoderamiento y los mecanismos para brindar información al respecto. En estos últimos, también es importante que se incorporen hombres. Ya tenemos que pasar del momento de la sensibilización, llevamos décadas en eso; mientras tanto, los derechos son disminuidos, las mujeres son violentadas y vivimos en una sociedad que sigue permitiendo y reproduciendo expresiones de violencia, desde las más clásicas y extremas, hasta las más solapadas.

SIHV: Estas tácticas son estrategias de autogestión del riesgo, necesarias y legítimas a corto plazo, pero con una doble condición: Lo positivo (eficacia inmediata) es que son herramientas de protección que demuestran la capacidad de agencia y resiliencia de las personas. En contextos donde los mecanismos institucionales de protección son limitados o lentos, estas tácticas previenen una escalada de la violencia y devuelven cierta sensación de control a la persona. Lo problemático (costo estructural) es que tienen un alto costo personal. Privatizan el problema; la víctima es quien cambia su conducta, restringe su libertad, mientras quien le agrede permanece impune y el espacio sigue siendo inseguro. Además, al ser respuestas invisibles, contribuyen involuntariamente a mantener el problema oculto a los ojos de la comunidad.

ACLP: Considero que estas estrategias son necesarias mientras persista la violencia, aunque resulta lamentable que deban existir. Es doloroso tener que caminar más para evitar zonas donde se ha sufrido acoso, dejar de usar determinadas prendas por experiencias previas de violencia o limitar la presencia en línea para protegerse. Aunque sabemos que la ropa no es la causa, el machismo interiorizado lleva a pensar inicialmente que sí lo es, y por ello algunas mujeres recurren a cambiar su vestimenta. Sin embargo, esa estrategia no resulta efectiva, pues la violencia se ejerce independientemente de la ropa utilizada.

Otras tácticas, como evitar ciertas horas, modificar rutas, reducir la exposición digital o mantener cuentas privadas, sí se vuelven necesarias en contextos de alta violencia, especialmente cuando no existen estrategias colectivas de protección. En ausencia de mecanismos institucionales sólidos, las medidas individuales se convierten en la única opción inmediata.

No obstante, lo que debería prevalecer son estrategias colectivas de denuncia, educación y prevención, que reduzcan la necesidad de respuestas individuales. La existencia de mecanismos efectivos de denuncia y sanción permitiría que las personas no tuvieran que recurrir a tácticas de autoprotección.

En este sentido, la penalización es clave: he observado en las redes que hombres cubanos fuera del país reconocen que no pueden ejercer acoso porque está penado por la ley. Esto demuestra que el problema no es cultural ni educativo en esencia, sino que pesa también la falta de consecuencias legales. La impunidad, especialmente en el espacio digital, refuerza la violencia. Por ello, además de educación, es imprescindible una mayor penalización de estos actos, tanto en el ámbito físico como en el virtual.

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