Cargas mentales, otra violencia silenciada

La Habana, marzo (SEMlac).- La sobrecarga que implica para las mujeres coordinar las múltiples responsabilidades del hogar, la crianza, los cuidados y la vida familiar no es solo un desgaste físico y emocional: constituye también una forma de violencia psicológica, sostiene la psicóloga Daylin Rodríguez Javiqué.

“Solamente el hecho de tener que estar pensando en todo, aunque mandes a otra persona a hacerlo y lo haga, aunque pidas una ayuda y se te ayude realmente; el dejarte la responsabilidad, el tener que estar todo el tiempo recordando…, eso te va cargando muchísimo y, efectivamente, es una manera de violentar psicológicamente a la persona”, explicó la especialista en entrevista con SEMlac.

Graduada en Psicología y doctora en Ciencias Demográficas, Rodríguez Javiqué es profesora del Centro de Estudios Demográficos (Cedem), de la Universidad de La Habana. En su opinión, esta forma de violencia, anclada en la distribución desigual de las tareas domésticas y de cuidados, erosiona la salud física y mental de las mujeres; pero también las priva de tiempo para sí mismas y perpetúa esquemas mentales muy difíciles de romper.

La psicóloga Daylín Rodríguez Javiqué
La distribución desigual de las tareas domésticas y de cuidados erosiona la salud física y mental de las mujeres y es una forma de violencia psicológica, confirma la psicóloga Daylín Rodríguez Javiqué. Foto: Cortesía de la entrevistada

¿Por qué la carga mental derivada del cumplimiento de múltiples responsabilidades —especialmente en el caso de las mujeres— puede ser considerada una forma de violencia psicológica?

La carga mental tiene que ver con la responsabilidad y las funciones que se deben desempeñar en el hogar, en la familia. La mujer, la mayoría de las veces, es la cuidadora. Es la que se da cuenta de las cosas en la casa, de lo que sucede con la familia. La que tiene la responsabilidad, de alguna manera, porque además el resto asume que ella es quien la tiene.

El hecho de decir “yo estoy ayudando”, “yo estoy colaborando” deja toda la responsabilidad a la mujer. El resto de la familia, el esposo, el papá, puede ser muy colaborador, puede ser una persona súper efectiva, que aparentemente no ejerce presión. Pero la responsabilidad, el tener que estar todo el tiempo recordando el medicamento del niño, qué se cocinará mañana, si esta semana hay turno médico… esa se ha asignado a las mujeres.

¿Quién está en los grupos de WhatsApp de la escuela: la mayoría son las madres? Puede ser que el papá vaya a la reunión de padres, pero de todas maneras ella tiene la función de coordinar eso, de decidir qué se hace y cómo. Eso va cargando muchísimo y, efectivamente, es una forma de violencia psicológica.

Además, cuando se está en la responsabilidad de hacer las cosas, si salen mal, la responsabilidad es de ella. Si se olvida la reunión de padres, la responsabilidad es suya porque es la que está en el grupo y recibió la información. Supuestamente, tiene que estar al tanto, tiene que resolver ese problema.

Al final, muchas veces las decisiones importantes se convierten en su responsabilidad. ¿Qué se compra y qué no se compra? Se asume que tiene que saberlo todo: “como tú eres la que cocina, tú eres la que tiene que saber qué falta”, “¿por qué no lo dijiste?”. A los demás se les pueden olvidar las cosas, pero a ella no se le pueden olvidar. Eso la va cargando muchísimo y es una presión psicológica muy fuerte.

¿Qué consecuencias puede tener esta situación en la salud y la vida de las mujeres?

Evidentemente, esto trae consecuencias psicológicas que incluso pueden arrastrar consecuencias físicas. Por ejemplo, te sientes con el peso de las decisiones de la familia; y no tanto de las decisiones, sino del funcionamiento de la familia, de la educación de los hijos, del cuidado de los padres, los suegros, los tíos, el mantener una vida social en familia.

Incluso, cuando le dicen: “vamos a salir el fin de semana”, quiere decir que lo tiene que coordinar. Entonces, la mujer tiene el cansancio de la semana trabajando y además tiene que coordinar cómo hacer para asistir a ese evento social o familiar: necesita dejar todas las cosas, estar al tanto, controlar que todo esté listo. Si no se hace, tiene que estar preparada para hacerlo al regreso. Eso físicamente desgasta muchísimo y psicológicamente también deja consecuencias.

Además, cuando las personas son un poco más inteligentes o se dan cuenta, eso va lacerando la autoestima, va deteriorando las emociones. Porque una dice: “¿por qué no lo haces? Si tú te preocuparas, si tú me quisieras, si tú quisieras que yo estuviera mejor, pues asumirías la responsabilidad”. No se trata de que yo te diga lo que hay que hacer y tú lo hagas, porque eso es un desgaste psicológico importante.

Así, va trayendo muchísimas consecuencias desde el punto de vista de la presión psicológica. Además, no permite disponer de tiempo personal. Significa que no hay espacio para tener una vida social independiente; hacer ejercicio o recrearse. Y el establecimiento de esas prácticas es importante.

Toda esa presión tiene un efecto en la salud física y, de alguna manera y en dependencia de la intensidad del fenómeno, también puede lacerar las relaciones familiares o de pareja.

Si, al revés, se trata de una madre que no asume responsabilidades y se las deja al padre, entonces se le califica de madre despreocupada. Los padres no son despreocupados cuando hacen eso, pero la madre sí. Esa es una concepción que existe y se reproduce.

¿Por qué resulta tan difícil reconocer esta situación como una forma de violencia?

Es muy difícil de reconocer porque ya lo naturalizamos. Forma parte de una dinámica que vimos probablemente en nuestras casas y que es normal para la sociedad. Ya lo decía, es difícil romper ese esquema mental de que las mujeres poseen ciertas características que les permiten hacer determinadas cosas y ciertas características que no les permiten hacer otras cosas.

Cuidados a personas adultas mayores
Recordar los medicamentos y turnos médicos o qué se cocinará mañana son tareas que generan carga mental extra y se han asignado, históricamente, a las mujeres. Foto: SEMlac Cuba

Pero también, a veces, es difícil el esfuerzo que requiere cambiar y ser consistente con el cambio, darse cuenta del problema y librar esa batalla; lo percibimos como mucho más difícil. Es como con la crianza de los hijos: resulta mucho más difícil educarlos que dejarles que hagan lo que quieran.

¿De qué manera se puede prevenir o evitar esta sobrecarga?

Como sociedad, nos hemos acostumbrado a vivir con eso, es lo que has visto toda la vida. Es muy difícil romper con un esquema mental. Si tú tienes arraigada la creencia de que la mujer es más sensible o tiene más habilidades para cuidar; o de que tiene “el sexto sentido”, la única manera de prevenir o evitar esos comportamientos es que la persona cambie un poco su mentalidad.

Y es complicado, porque son preceptos que vienen de siempre, de sus padres, de sus abuelos, de lo que ha vivido. Esa tradición de alguna manera nos va moldeando.

La distribución funciona cuando la corresponsabilidad se toma en serio: no es que yo te tenga que decir cuál es tu responsabilidad, ni que te tenga que recordar lo que tienes que hacer mañana, ni hacer la planificación. Eso lleva un esfuerzo mental importante. Se trata, simplemente, de que los demás integrantes de la familia asuman su responsabilidad.

Tal vez sí se debe iniciar distribuyendo de alguna manera las funciones. Y hay que tener la paciencia necesaria para dejar que las cosas fluyan. O sea, evitar ir detrás haciendo lo que otros no hicieron.

¿Qué pasa muchas veces? Que, aunque todo esté muy organizado y muy delimitado, alguien no cumple por alguna razón y la consecuencia es que viene la mujer y lo hace. Obviamente, luego lo que no funcione vuelve a caer encima de ella. Por eso hay que ser consistente con esos arreglos familiares. El saber manejarlos puede funcionar a nivel de la familia, pero lo va haciendo a nivel de la sociedad.

Creo que también se deben escoger las batallas, ir poco a poco logrando cosas paso a paso, no querer abarcar muchas cosas y sentar pautas desde el inicio. Porque cuando las dinámicas se instalan, luego ya son muy difíciles de cambiar.

Reconocer esa situación y sus efectos, no normalizarla, también es fundamental. Es romper un esquema y, de alguna manera, dedicar un esfuerzo a reconocer y lograr que esas dinámicas cambien.

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