La Habana, marzo (SEMlac). Cuando llegó la pandemia de covid-19, tuvieron que cerrar la cafetería que regentaban. Ese fue el origen de Deshidratados Habana SRL, una empresa nacida de la energía emprendedora de dos hermanos y que hoy articula producción, alianzas, innovación y diversificación de mercados, desde una vocación de responsabilidad social.
En opinión de Ricardo Fernández, actual director de operaciones y uno de sus fundadores, el proyecto funciona como una suerte de red que se va expandiendo y reconfigura la manera de hacer empresa en Cuba, en un contexto muy retador. No se trata solo de crecer como negocio, insiste.
«Se trata de crecer con la comunidad, de convertir una empresa en motor de transformación para quienes más lo necesitan. Eso también es emprender», asegura en entrevista a SEMlac.

Lo que comenzó como una necesidad familiar —conservar los alimentos comprados en mayor cantidad, para evitar salir de casa durante la pandemia— se convirtió en un emprendimiento que no deja de crecer. En ese camino, su hermano Oscar –economista de profesión y emprendedor por vocación– y el propio Ricardo descubrieron la deshidratación.
Esa alternativa elimina un porcentaje elevado de agua para evitar el desarrollo microbiológico. «Era un proceso benévolo, porque no requería refrigeración ni grandes capacidades. Una vez que el alimento estaba bien conservado, se podía consumir durante más tiempo», detalla Fernández.
Estudiaron por Internet y construyeron, primero, un deshidratador casero, con flujo de aire horizontal y bandejas organizadas. Con ese equipo lograron sus primeros productos e incluso una primera exportación.
«Nos dimos cuenta de que el mercado nacional es muy limitado y está condicionado por el recurso económico. Un producto como las frutas deshidratadas no puede competir con el pollo, el aceite o el arroz. En el mercado internacional, en cambio, hay una cultura de consumo y una oportunidad enorme».
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En paralelo, también descubrieron la cantidad de alimento que se pierde en el campo cubano por la estacionalidad y los picos de cosecha. «No hay capacidad frigorífica para conservar, por ejemplo, todo el mango que se genera en tres meses. El proyecto no solo era una oportunidad de mercado y exportación, sino también una forma de reducir la pérdida de alimento en el país», explica.
«Nuestra gráfica ha sido: resolver una necesidad familiar, visualizar un emprendimiento, convertirnos en empresa y construir un proyecto. Pero, para llegar al proyecto, la empresa tiene que ser independiente y autofinanciable, porque un proyecto muchas veces es un gasto a largo plazo».
Una historia que no termina
Deshidratados Habana SRL se creó oficialmente en diciembre de 2021, con una licencia de trabajador por cuenta propia al principio y luego como micro, pequeña y mediana empresa (mipyme).
Primero procesaban apenas unos 50 kilogramos de fruta fresca por día, una capacidad insignificante para un mercado de exportación serio. Buscaron financiamiento para equipos más específicos y, después de intentar en China, México y Argentina, encontraron una oferta en Estados Unidos.
«Los astros se alinearon», cuenta Fernández. «En un mes teníamos los equipos aquí y multiplicamos por cinco la capacidad productiva».
Pronto empezaron a acumular inventario. «La comercialización y la producción no van a la misma velocidad. Generar mercado para ese aumento productivo fue todo un reto», confiesa.
En 2022 se convirtieron en la primera mipyme cubana dedicada a la exportación de alimentos deshidratados. Su primer destino fue Italia. Estudiaron las normas europeas y eso les ayudó a lograr un producto con calidad exportable y comercializable en Cuba.
Decidieron, entonces, que necesitaban una fábrica capaz de procesar hasta cinco toneladas de fruta fresca diaria. «La pregunta era si había materia prima. En tres meses procesaríamos 450 toneladas y estimamos que se perderían 6.000. No resuelve el problema, pero es un buen comienzo. Con esa capacidad sí estaríamos en condiciones de exportar un contenedor diario».
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La fábrica soñada se monta actualmente en la comunidad del Wajay, en las afueras de La Habana, con contenedores modificados para además aplicar así economía circular; cerca del aeropuerto y también del campo, de donde proviene la materia prima. La han concebido con autonomía energética, a partir de la instalación y uso de paneles solares y desde el concepto de economía circular y cero desperdicio.
«No buscamos un beneficio fiscal, queremos garantizar la producción”, asegura Hernández en relación con la excepción de impuestos anunciada para empresas que garanticen y aporten energía a partir de fuentes renovables. “No debe haber nada más importante ahora que asegurar la producción de alimentos», insiste.
Entre los principales obstáculos actuales, Fernández identifica el acceso al financiamiento y la regularización del mercado cambiario.
«La principal limitación es el acceso al financiamiento, incluida la gestión de fondos internacionales. Uno puede buscar fondos, pero cuando el dinero entra al banco, después es muy difícil ejecutar los pagos de manera transparente. A esto se suma la distorsión de las tasas de cambio. El país necesita normalizar una tasa de cambio única que funcione”.
Alianzas que tejen redes
Fernández asevera que los encadenamientos han sido una prioridad. «Es como tejer una red donde cada actor aporta lo que los otros no tienen».
En ese camino, hoy cuentan con varias producciones cooperadas con empresas estatales, como el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología o los Laboratorios AICA, de producción de medicamentos, con las cuales producen galletas de arroz, barritas energéticas o estudian la opción de la fruta liofilizada, con la cual pueden acceder a mercados de mayor valor.

Otro ejemplo es la Empresa Metropolitana de La Habana, en cuyos terrenos están emplazando la nueva fábrica. Firmaron un contrato para recuperar allí las producciones de plantas medicinales. «Ellos usan cáscara de plátano para hacer tinturas, pero desechan la pulpa de la fruta. Para nosotros, sin embargo, la cáscara es subproducto y la pulpa es materia prima».

La diversificación también alcanza a los mercados. Según el tipo de producto, los clientes son diferentes, detalla Fernández. Frutas deshidratadas como mango, plátano y coco tienen alta demanda en bodegones, gimnasios y entre deportistas. Por otro lado, también atienden necesidades específicas de pacientes oncológicos o diabéticos que necesitan alimentos sin conservantes y azúcares no procesadas.
Para los cítricos —limón, naranja, toronja, piña—, el nicho de demanda principal son los bares. «Es tendencia mundial utilizar frutas deshidratadas en decoraciones. Al bar que no las usa, es fácil mostrarle cómo se hace, porque existe una cultura mundial en ese sentido».

El sector privado es mayoritario, aunque también tienen presencia en el turismo y el estatal.
Las redes que ha ido tejiendo Deshidratados Habana no son solo productivas, sino también de aprendizaje y superación desde la responsabilidad social, la inclusión y la equidad.
Actualmente forman parte de los talleres del proyecto «Apoyo en la formación y promoción de mujeres emprendedoras en Cuba», que se implementa por la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras (RCME) y la Embajada Británica en La Habana.
Katia Pérez Díaz, coordinadora general de esa red, “siempre pensó en nosotros para formar parte de esa familia. Participar activamente ha sido fabuloso. No solo por lo que aportamos, sino por la retroalimentación. Nos hace pensar en todo lo que aún nos falta por hacer», confiesa Fernández.

Con la RCME han tejido vínculos productivos, pero sobre todo de aprendizajes. El impacto más profundo ha sido el cambio de la mirada sobre lo cotidiano: “La red nos ha acercado a la percepción de desigualdades y a maneras de comprender la realidad que antes no veíamos».
Después del último taller, Fernández tuvo un debate en familia con su esposa y sus dos hijos. «Fue increíble hablar de que lo importante es la persona, no la ropa o el color ‘para hombres o para mujeres’. Para transformar a esa generación que estamos formando, tenemos que transformarnos nosotros primero», asegura.
En su casa no hay trabajos de mamá, papá, niño o niña; «cuando tienes edad para aportar, tienes que hacerlo. Hay que botar basura, cocinar, fregar, trabajar. Son tareas que se distribuyen de acuerdo a quien pueda realizarlas, no por cuestión de género».

En la empresa, la mayoría son mujeres: de unas 20 personas, solo cinco o seis son hombres. Aprender a gestionar ese colectivo desde la igualdad, la comprensión de las diferencias, pero también de las complementariedades, ha sido un aporte de su relación con la red, asegura Fernández.
Mirar a las personas
El emprendimiento siempre ha estado vinculado a la comunidad. Sus integrantes fomentan alianzas con escuelas primarias, para que los niños los visiten, y mantienen un contrato con instituciones docentes del área de Farmacia y Alimentos para que los estudiantes hagan prácticas: «siempre hemos vinculado la producción con la ciencia».
Cuentan con un programa de bienestar laboral, que incluye un fondo de responsabilidad social que se nutre con parte de las utilidades anuales. Cubren ayudas a trabajadores en logística y transporte, o en otras situaciones específicas. También incluyen un salario de protección, cuando no hay contenido de trabajo. «Lo estamos aplicando desde hace mes y medio, por la crisis energética», ejemplifica.
La nueva fábrica generará 60 empleos para la comunidad. «Es una fortaleza en el escenario actual, de carencias de combustible y transporte».
El programa prevé que se garantice desayuno, almuerzo y comida para los trabajadores y sus familias, incluso cuando no trabajen. También quieren aportar energía solar y estimular producciones independientes con sus subproductos. «Es nuestra utopía», sostiene.
A futuro, sueñan con desconcentrar la producción, llevarla a la casa del campesino. «Ahorraría transporte y pondría al productor un escalón más arriba en la cadena de valor, con la posibilidad de acceder a mejores ingresos, con capacitación y recursos».

