Ellas en las noticias: una radiografía de la información de hoy (Parte II)

Los medios no solo informan la realidad: la traducen, la jerarquizan y la dotan de sentido desde relaciones de poder que reproducen desigualdades de género.

De ello dan cuenta los resultados del Informe Nacional del Proyecto de Monitoreo Global de Medios 2025 (GMMP, por sus siglas en inglés), que permiten mirar más allá de la presencia de mujeres y hombres en las noticias y adentrarse en cómo se construyen los relatos periodísticos, qué funciones se asignan a unas y otros y qué imaginarios se sostienen —o se silencian— en la información cotidiana.

Si la primera parte de esta radiografía mostró quiénes aparecen en la agenda informativa y desde qué temas, este segundo análisis se detiene en el lugar que ocupan esas voces dentro del relato, el peso simbólico que se les concede y las desigualdades que atraviesan no solo a las fuentes informativas, sino también al propio ejercicio profesional del periodismo.

¿Qué funciones otorgan el “poder”?

El GMMP 2025 confirma que la desigualdad de género en los medios cubanos no se expresa únicamente en la subrepresentación femenina, sino también en la jerarquización de las funciones narrativas.

En el rol de portavoces, las mujeres representaron apenas 27 por ciento de las fuentes, frente a 73 por ciento de hombres. Una brecha similar se observa en la función de expertas o comentaristas, donde ellas alcanzaron solo 24 por ciento, mientras los hombres concentraron 76 por ciento de las apariciones. Se trata, precisamente, de lugares desde los cuales se explica la realidad, se legitiman decisiones y se fija el sentido de la información.

En contraste, en funciones asociadas a la experiencia personal, la opinión popular u otras categorías no especificadas, la presencia femenina fue nula, con una cobertura exclusivamente masculina. Solo en el reducido rol de testigos presenciales se registró una mayor participación de mujeres (67%), aunque sobre una base numérica limitada, pues se trata de un número reducido de casos en el día monitoreado.

Los datos revelan así una estructura informativa donde los hombres concentran las funciones de mayor peso simbólico; mientras las mujeres, cuando aparecen, lo hacen desde espacios más acotados y menos legitimados, tanto en la construcción del relato como en su puesta en escena como reporteras y presentadoras.

De este modo, la desigualdad de género no solo se reproduce en el contenido de las noticias, sino también en las jerarquías internas del campo mediático, lo que refuerza una lógica donde la autoridad informativa sigue teniendo rostro masculino.

La agenda informativa no solo consulta poco a las mujeres: tampoco las coloca en el centro del relato. El monitoreo muestra que, en política y gobierno, economía, ciencia y salud prácticamente no hubo relatos centrados en ellas.

En economía, apenas un reportero masculino —equivalente al 25 por ciento de quienes cubrieron ese tema— produjo una historia con una mujer como eje narrativo; el resto de las coberturas, realizadas por hombres y mujeres, prescindió de protagonistas femeninas.

En los temas sociales y legales, solo 20 por ciento de los trabajos firmados por reporteros incluyó mujeres como figura central, mientras que las reporteras no registraron ninguno en esa categoría. En crimen y violencia, violencia basada en género, celebridades, artes y medios y deportes, la ausencia fue casi total. En deportes, todas las historias producidas por hombres dejaron fuera a las mujeres como protagonistas.

Intersecciones que también excluyen

Al cruzarse género, función y edad, los resultados del monitoreo aportan otra clave relevante del análisis: la legitimación de las mujeres como voces expertas es más frágil y segmentada por tramos etarios.

En la función de expertas o comentaristas, las mujeres alcanzaron paridad únicamente en el grupo de 20 a 30 años (50%), mientras su presencia descendió al 33 por ciento entre los 51 y 64 años. Los hombres, en cambio, dominaron este rol en la mayoría de los grupos de edad, especialmente entre los 31 y 50 años (67%) y los 51 a 64 años (56%).

Tales resultados refuerzan la idea de que la visibilidad y la autoridad mediática femenina tienden a concentrarse en edades más jóvenes, mientras la experiencia y la madurez profesional continúan siendo valores informativos asociados, fundamentalmente, a los hombres.

Estereotipos persistentes y mirada limitada

Las preguntas específicas del monitoreo permitieron identificar la persistencia de estereotipos de género, incluso cuando no dominan de manera explícita el conjunto de las noticias. Según el informe, estos aparecen con mayor frecuencia en los temas de economía y en el ámbito social y legal, lo que apunta a una naturalización de roles tradicionales y a una escasa problematización de las desigualdades estructurales entre mujeres y hombres.

De manera general, la perspectiva de igualdad de género continúa siendo marginal en la agenda informativa. Son muy pocas las noticias que abordan estas desigualdades como problema central o que incorporan referencias a políticas públicas orientadas a su reducción, aun cuando varios de los temas cubiertos guardan una relación directa con ellas.

La presencia de grupos raciales, étnicos y religios0s en la cobertura del día monitoreado fue extremadamente limitada. En los medios tradicionales apenas se registró un caso en televisión, correspondiente a un hombre, mientras que en radio no se observaron sujetos pertenecientes a dichos grupos y en prensa escrita no se reportó ninguno.

En Internet la cobertura fue igualmente escasa: se identificaron siete hombres y una mujer pertenecientes a esos grupos en las noticias principales, lo que representa 88 por ciento masculino frente a 13 por ciento femenino. Otros contenidos no las incluyeron. El resultado es una subrepresentación marcada que confirma la escasa visibilidad mediática de estos grupos en la agenda informativa cubana del día analizado.

El GMMP 2025 incorporó, además, en el caso de Cuba, dos preguntas especiales para dar seguimiento a la recomendación de la coordinación global del GMMP de incorporar temas de interés particular para cada país: la presencia de personas en situación de discapacidad y la representación de la población LGBTIQ+ en la cobertura mediática. Los resultados evidencian niveles críticos de invisibilidad.

Ninguna de las noticias monitoreadas incluyó voces de personas con discapacidad. En cuanto a la población LGBTIQ+, solo apareció en tres noticias: una en radio, una en televisión y una en Internet. Estas menciones fueron aisladas y no incorporaron un enfoque sistemático basado en derechos, igualdad de género o inclusión.

Más que ausencias circunstanciales, el monitoreo reveló los límites de una agenda informativa que continúa dejando fuera a grupos históricamente invisibilizados y restringe la diversidad de experiencias presentes en el espacio público mediático.

La desigualdad no solo se expresa en quién es sujeto de la noticia, sino también en cómo se le representa visualmente. El análisis del monitoreo 2025 muestra que 40 por ciento de las mujeres que aparecen en las noticias fueron acompañadas por una fotografía, frente a 50 por ciento de los hombres, lo que confirma una mayor presencia visual masculina.

En contraste, 60 por ciento de las mujeres no contó con imagen asociada, proporción superior a la registrada entre los hombres, donde la presencia en fotografías se reduce a 50 por ciento.

Así, además de su menor aparición como sujetos informativos, las mujeres disponen de menor visibilidad visual, lo que refuerza desigualdades de género en la construcción y jerarquización de la información. La imagen —como parte del dispositivo narrativo de la noticia— también participa en esa distribución desigual del reconocimiento público.

Más allá de cifras: revisar rutinas, disputar sentidos

La radiografía que ofrece el GMMP 2025 confirma que, aunque las mujeres han ganado espacio en la producción de contenidos informativos, las rutinas profesionales y los criterios editoriales siguen asignando la autoridad simbólica, la palabra experta y el protagonismo narrativo, mayoritariamente, a los hombres.

El valor de este monitoreo no reside solo en cuantificar brechas, sino en evidenciar los mecanismos que las sostienen: funciones jerarquizadas, sesgos de edad, estereotipos persistentes y silencios sistemáticos sobre la diversidad y la desigualdad.

Mirar críticamente estos resultados es un paso necesario para revisar prácticas, ampliar marcos de referencia y disputar sentidos desde el periodismo. Mientras la noticia siga hablando con pocas voces y desde lugares estrechos de legitimidad, seguirá ofreciendo una imagen incompleta —y desigual— de la realidad.

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