Las preocupaciones sexuales relacionadas con la orientación sexual suelen expresarse en la consulta como malestares persistentes que se inscriben en trayectorias de vida marcadas por normas de género y expectativas sociales, que pueden llegar a desencadenar diversas formas de violencia.
Desde la experiencia clínica, estos procesos influyen en la forma en que cada individuo reconoce, integra, vive, expresa y disfruta su modo de desear y comportarse desde el punto de vista sexual erótico afectivo, con impacto directo en la salud mental y sexual.
La orientación sexual constituye una dimensión central de la vida subjetiva y relacional. En esta línea, se define como la atracción emocional, romántica, sexual o afectiva duradera hacia otros, según la “Resolution on sexual orientation, gender identity (SOGI), parents and their children”, del Consejo de representantes de la Asociación Americana de Psicología (APA), emitida en 2020.
De forma similar, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2015, la conceptualiza como un patrón de atracción afectiva, emocional y/o sexual en el informe técnico titulado “Sexual health, human rights and the law”.
Ambos organismos internacionales coinciden en que la orientación sexual no solo es un deseo físico, sino un patrón de atracciones hacia personas de un mismo sexo, de otro sexo, o de varios sexos. Abandonan la idea de categorías cerradas, pues tienen en cuenta el continuo existente que va desde la exclusividad heterosexual hasta la exclusividad homosexual, con la inclusión de diversas formas de bisexualidad.
En ese sentido, refuerzan la diferenciación entre el sexo asignado al nacer y la identidad y expresión de género, y cuestionan que exista una variante “normal” de la sexualidad, al entender la orientación sexual como una determinación no voluntaria y parte integral de la identidad personal.
Desde la salud mental y la ciencia contemporánea, la orientación sexo erótica afectiva se entiende como un proceso humano de integración y reconocimiento. En este recorrido resultan valiosos los estudios que desarman prejuicios. En opinión del doctor Jack Drescher, reconocido psiquiatra y psicoanalista estadounidense —figura clave en la eliminación de la homosexualidad de los manuales de patologías—, la orientación sexual no es una decisión que se toma, sino una realidad que se desarrolla y adquiere claridad a lo largo de la vida, según plantea en su artículo «Out of DSM: Depathologizing Homosexuality», publicado en 2015.
En este contexto, cobra centralidad la perspectiva del doctor Ilan H. Meyer, Profesor Emérito de Ciencias Sociomédicas en la Universidad de Columbia. Meyer demuestra que el entorno social, cargado de prejuicios o aceptación, condiciona la salud mental y la seguridad con la que se vive la orientación.
De modo que, Drescher explica el cómo se siente y Meyer revela el dónde: la orientación sexual se reconoce de forma personal, pero se integra a la identidad bajo la presión de un argumento social que puede ser protector o violento.
Los análisis antes expuestos corroboran la necesidad de entender que la expresión y vivencia de la orientación sexual dependen de los mandatos socioculturales. Los aprendizajes, normas y expectativas de género influyen en cómo se interpretan, aceptan y expresan. Se trata de una construcción basada en la interacción entre el individuo y su entorno con procesos de exploración, elaboración subjetiva y resignificación propia.
Así, en realidades sociales organizadas por modelos heteronormativos rígidos, el patrón de atracciones se encuentra condicionado por marcos culturales que jerarquizan determinadas expresiones afectivas y sexuales. Estos ordenamientos sociales influyen en la manera de comprender la atracción, integrarla a la historia individual y manifestarla. Como resultado, surgen las preocupaciones cuando se entra en tensión con las expectativas incorporadas durante los procesos de socialización. No es la orientación en sí, sino la presión social y los mandatos culturales los que generan preocupaciones, malestares y manifestaciones psicopatológicas.
En la práctica clínica, las preocupaciones sexuales relacionadas con la orientación sexual advierten la existencia de discriminación y falta de libertad para expresar y vivir a tono con los patrones de atracciones, violentados por la misma cultura patriarcal que presiona, estigmatiza, cuestiona, divide y genera malestares.
En consecuencia, aparecen cuadros de ansiedad, tristeza, conflictos vinculares reiterados o dificultades en la intimidad. En muchos casos, estas expresiones remiten a trayectorias prolongadas de adaptación a entornos sancionadores. Algunas personas lo expresan con frases como:
“Siento culpa por lo que me atrae”, “hay una parte de mí que escondo”, “me esfuerzo por encajar”, “vivo con ansiedad constante, no puedo ser quien soy”, “no puedo entregarme a plenitud porque mi familia no acepta a mi pareja”, “estoy triste la mayor parte del tiempo ya que tengo que encajar y ser como ellos quieren”.
Son relatos que reflejan experiencias donde la orientación sexual se vive bajo vigilancia interna, con impacto directo en la autoestima y en la capacidad de establecer vínculos afectivos seguros. El sufrimiento deriva del medio que lo deslegitima.
La interiorización del estigma y la exposición reiterada a discursos discriminatorios deterioran la autovaloración, incrementan la vulnerabilidad emocional y afectan la intimidad sexual. En la clínica, el cuerpo suele expresar este conflicto mediante la tensión, la inhibición del deseo sexual o la desconexión durante el encuentro, con asociación frecuente a estados ansiosos y depresivos, referida como:
“Mi cuerpo se pone rígido antes de cualquier acercamiento, aunque deseo estar ahí”, “siento que me desconecto, estoy presente pero lejos”, “el deseo desaparece cuando aparece el miedo”, “mi cabeza se llena de pensamientos y mi cuerpo deja de responder”, “la desconexión se volvió una manera de sobrevivir”, “el cuerpo habla cuando no puedo decir lo que me sucede”.
En personas que crecen en ambientes familiares o comunitarios restrictivos, la orientación sexual aparece asociada a la idea de falla, de desviación o de negación. Vivencias generadoras de huellas emocionales profundas que configuran formas de relación atravesadas por el temor al rechazo, relatadas como:
“Aprendí que esto estaba mal”, “pensé que tenía que corregirme”, “viví años intentando cambiar”, “sentía que había algo defectuoso”, “negué lo que siento y deseo durante años para ser aceptada por mi familia”.
En los vínculos afectivos, estas tensiones se traducen en dificultad para mostrarse, solicitar cuidados o establecer límites. La relación se organiza alrededor de la aceptación ajena, con desplazamiento de la reciprocidad y del cuidado mutuo, enunciado como:
“Me cuesta decir quién soy, lo que deseo y lo que necesito”, “siento que tengo que demostrar algo”, “el miedo aparece incluso cuando hay afecto”, “prefiero adaptarme antes de perder la relación”, “no pongo limites porque tengo muchos temores y serían muchas pérdidas”.
Las mujeres suelen relatar preocupaciones vinculadas a la validación emocional y a la duda persistente sobre la legitimidad de su orientación sexual. Encerradas en trayectorias de vida donde la atracción femenina se regula, vigila y subordina, todo ello refuerza desigualdades de género con impacto en la salud sexual:
“Me cuestiono todo el tiempo lo que siento y deseo”, “dudo de mis sentimientos”, “me pregunto si está bien lo que siento”, “me enseñaron a controlar el deseo”, “el placer parece algo que debo justificar y no permitírmelo”, “aprendí a medir cada gesto para que no se note lo que siento”, “me enseñaron a querer sin mostrar, a desear sin nombrar”, “mi deseo queda subordinado a la calma del entorno”, “la tristeza aparece después de cada encuentro”.
En los hombres, las preocupaciones aparecen atravesadas por modelos de la masculinidad hegemónica que restringen la expresión afectiva y sexual, con su principal mandato de heterosexualidad. Esta tensión por ajustarse a lo normado favorece el retraimiento emocional, la irritabilidad y el distanciamiento en la intimidad, con repercusión directa en el vínculo de pareja:
“Siento presión por responder a un ideal”, “me cuesta hablar de lo que me pasa”, “cargo con expectativas ajenas”, “los hombres somos heterosexuales”, “no lloramos”, “me guardo todo hasta que exploto”, “la irritabilidad aparece cuando no expreso lo que deseo y lo que siento”, “no logro acercarme a mi pareja pues estoy donde no quiero”, “ no la deseo y no puedo estar con ella”.
Orientación sexual y violencia de género
La violencia simbólica asociada a la orientación sexual se manifiesta en silencios impuestos, descalificaciones, invisibilización o exigencias de adecuación. Desde una perspectiva clínica, estas prácticas naturalizadas en muchos contextos reproducen jerarquías de género, sostienen el malestar, impactan el disfrute placentero de la sexualidad y la posibilidad de establecer relaciones vinculares basados en el respeto y el cuidado mutuo.
En la experiencia clínica, se escuchan relatos como: “aprendí a no hablar del tema”, “prefiero pasar desapercibida”, “evito mostrar afecto en público”. Se trata de estrategias de protección productoras de desgaste emocional con la imposibilidad de expresar y disfrutar del patrón de atracciones, con consecuencias sostenidas en la salud mental y sexual.
El abordaje clínico de las preocupaciones sexuales relacionadas con la orientación sexual requiere espacios de escucha abierta, activa, empática, respetuosa y libre de prejuicios. Acompañar estos procesos facilita la revisión de aprendizajes incorporados, trayectorias vividas bajo estigmas y discriminaciones, resignificación de experiencias y fortalecimiento de la relación con los patrones de atracciones, con el propio cuerpo y con la intimidad compartida.
Se debe trabajar en función de favorecer vínculos auténticos, equitativos, saludables y relaciones basadas en la reciprocidad. Desde la salud mental con enfoque de género y derechos, el reconocimiento de la diversidad de orientaciones sexuales constituye una condición necesaria para reducir el sufrimiento, prevenir la violencia, promover bienestar y garantizar la salud integral de todas las personas, sin distinción.

