La rapidez con que la población cubana envejece no tiene precedentes en la región. Un cuarto de los habitantes del país supera los 60 años y se proyecta que para 2050 esa cifra alcance 35,9 por ciento, según proyecciones de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei). Sin embargo, el discurso mediático y social sobre este fenómeno sigue atrapado en narrativas que, lejos de promover una mirada integradora, refuerzan estereotipos y perpetúan discriminaciones silenciosas. La manera en que se nombra y se representa la vejez no es un asunto menor: construye imaginarios, orienta políticas públicas y moldea la forma en que las personas mayores se perciben a sí mismas y son percibidas por el resto de la sociedad.
El edadismo, definido por el gerontólogo estadounidense Robert Butler como la marginación sistemática de las personas debido a su edad, se filtra en la forma de contar esa etapa de la vida que transcurre pasados los 60 años. Investigaciones recientes sobre el tratamiento periodístico del envejecimiento en Cuba revelan que aún persiste la confusión entre envejecimiento demográfico y esperanza de vida, así como la representación de la vejez como una «carga» para la sociedad y las familias.
Esta mirada no solo distorsiona la realidad, sino que afecta la autoestima y el bienestar de las personas mayores, como advirtió la Organización Mundial de la Salud al señalar que las actitudes negativas acerca del envejecimiento pueden deteriorar la salud física y cognitiva.
El edadismo se entrelaza, además, con otras formas de discriminación. Una mujer mayor, afrodescendiente y rural enfrenta barreras muy distintas a las de un hombre mayor, urbano y blanco. Los medios de comunicación y las campañas institucionales rara vez capturan estas intersecciones.
Comunicar con sentido
Narrar el envejecimiento sin caer en el edadismo exige, en primer lugar, reconocer la diversidad. No existe una única forma de envejecer. Las trayectorias de vida, el género, el territorio, el color de la piel y el nivel educativo marcan diferencias profundas entre las personas mayores que los medios y las campañas de comunicación deben reflejar.
Las mujeres, por ejemplo, no solo constituyen la mayoría de este grupo poblacional en Cuba, sino que enfrentan cargas específicas vinculadas a los cuidados y a brechas económicas acumuladas durante décadas. Invisibilizar estas intersecciones es también una forma de discriminación. Una cobertura responsable pregunta: ¿de qué persona mayor estamos hablando?, ¿dónde vive?, ¿cuál es su historia laboral?, ¿qué redes de apoyo tiene?
Un segundo elemento esencial consiste en colocar a las personas mayores como sujetos activos y no como objetos de la noticia. Demasiado a menudo sus voces quedan excluidas o reducidas a testimonios que refuerzan la vulnerabilidad. Resulta urgente abrir espacios para que narren sus propias experiencias, opinen sobre políticas públicas y compartan sus saberes.
La participación no es un gesto decorativo: es un derecho consagrado en la Política de Atención a la Dinámica Demográfica de Cuba, que promueve la incorporación de los adultos mayores a tareas económicas, políticas y sociales. Cuando una persona mayor habla en primera persona sobre su vida laboral, sus afectos, sus proyectos o sus quejas, la narrativa se transforma. Deja de ser un problema a resolver y se convierte en una experiencia desde la cual aprender.
El enfoque de derechos obliga, además, a superar el asistencialismo. Hablar de personas mayores no debería reducirse a servicios de salud, hogares de ancianos o pensiones, aunque estos temas sean necesarios. Hay que abordar también el empleo, la vivienda, la participación comunitaria, la vida afectiva y sexual, la protección contra la violencia y el acceso a la justicia.
La vejez no es una enfermedad ni una etapa homogénea de dependencia. Muchas personas mayores de 70 años trabajan, estudian, cuidan a otros, crean obras artísticas o lideran organizaciones comunitarias. La comunicación que ignora estas realidades empobrece el relato y refuerza prejuicios injustos.
Las redacciones periodísticas y las instituciones responsables de la comunicación social tienen un papel transformador. Para lograrlo, resulta imprescindible fortalecer la formación de comunicadores y periodistas en demografía y estudios de envejecimiento, como ha impulsado en Cuba el Instituto Internacional de Periodismo José Martí (Iipjm), en alianza con el Centro de Estudios Demográficos (Cedem) de la Universidad de La Habana y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa). También se necesita diversificar las fuentes de información, dar mayor espacio a las investigaciones académicas y, sobre todo, a las propias personas mayores. Una nota que solo consulta estadísticas oficiales y voces institucionales ofrece una visión incompleta de esa realidad. Hace falta el testimonio directo, la anécdota reveladora, el dato que duele o sorprende.
El lenguaje, por último, no es neutro. Hablar de «tercera edad» o «ancianos» puede resultar paternalista; referirse a la vejez como un «problema demográfico» alimenta el alarmismo. En cambio, términos como «envejecimiento activo», «participación social» o «derechos de las personas mayores» abren caminos hacia una comunicación más respetuosa y precisa. Pequeños cambios en el vocabulario tienen grandes efectos en la percepción social. Decir «persona mayor» en lugar de «viejo» o «anciano», nombrar primero a la persona y después a su edad, evitar adjetivos como «dependiente» sin contexto, son prácticas simples que marcan una diferencia ética y comunicativa sustancial. Comunicar el envejecimiento desde el enfoque de género y derechos no es una moda académica. Es una necesidad ética y política en una sociedad donde cada vez más personas vivirán muchas décadas después de los 60 años. La manera en que las nombremos, las incluyamos y las escuchemos definirá, en buena medida, la calidad de vida que tendrán y el tipo de sociedad que seremos capaces de construir.
Una prensa que reproduce estereotipos sin cuestionarlos no es neutral: es cómplice de la discriminación. En cambio, una prensa que asume el desafío de informar con rigor, sensibilidad y respeto se convierte en aliada de un envejecimiento digno.
Estas prácticas comunicativas, además, se alinean directamente con la noción de resiliencia demográfica que impulsa el Unfpa. Se trata de una aspiración que implica la capacidad de predecir los cambios demográficos, comprender sus implicaciones y desarrollar respuestas políticas basadas en la evidencia, la igualdad de género y los derechos humanos. Significa avanzar más allá de los enfoques simplistas centrados en las cifras de población hacia políticas sociales integrales orientadas a garantizar la prosperidad y el bienestar para todas las personas.
Cuando los medios dejan de representar a las personas mayores como una carga y comienzan a visibilizar su contribución económica, cultural y comunitaria, están ayudando a construir una imagen social que facilita la adaptación al cambio demográfico. Esa es una tarea de resiliencia: no negar los desafíos, pero tampoco caer en el catastrofismo paralizante.
Cuando se aborda el envejecimiento en relación con las migraciones, el empleo, la sostenibilidad de los territorios y las desigualdades de género, se teje una comprensión sistémica que permite respuestas integrales y no fragmentadas. Para ser efectiva, la resiliencia demográfica necesita de relatos que nombren la realidad con precisión, que rompan falsos dilemas intergeneracionales y que convoquen a la corresponsabilidad entre familias, Estado y comunidades.
Una sociedad resiliente frente al envejecimiento no es aquella que niega sus dificultades, sino la que las enfrenta con información confiable, con participación activa de las personas mayores y con políticas que garantizan derechos.
La comunicación, lejos de ser un complemento decorativo o una mera difusión de cifras, se convierte entonces en una herramienta central para que las sociedades aprendan a convivir con el cambio demográfico sin miedo ni estigmatización. Cada artículo, cada entrevista, cada campaña que evita el edadismo y coloca en el centro la dignidad y la diversidad de las personas mayores, es un ladrillo más en la construcción de esa resiliencia colectiva.

