Cambiar la mirada sobre las mujeres mayores

La Habana, septiembre, (SEMlac). – La vejez no es solo una etapa de la vida: también es una experiencia condicionada por la manera en que la sociedad la entiende.

Para las mujeres, los años suelen venir acompañados de estereotipos que las asocian con los cuidados, la dependencia y la pérdida de atractivo o autonomía. Esa mirada reduce sus posibilidades de reconocimiento y deja poco espacio para sus deseos, decisiones y proyectos personales.

De esa forma de entender el envejecimiento se habló en el panel “La mujer mayor: una mirada desde el imaginario social a las estadísticas con perspectiva de género”, que abrió el Festival por la Vida, el primero de octubre, en el Anfiteatro Varona de la Universidad de La Habana.

Estereotipos asociados a las mujeres mayores reducen sus posibilidades de reconocimiento y dejan poco espacio a sus proyectos personales, coincidieron expertas durante el panel.
Estereotipos asociados a las mujeres mayores reducen sus posibilidades de reconocimiento y dejan poco espacio a sus proyectos personales, coincidieron expertas durante el panel. Foto: SEMlac Cuba

La jornada coincidió con el Día Internacional de las Personas Mayores y tuvo, además, un significado especial para Cuba, que este año lo celebró por primera vez con carácter nacional.

Yudith Laura Ferreiro Fuentes, directora del Centro de Estudios de la Mujer de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), explicó que el encuentro se propuso abrir un espacio para conversar sobre las normas, prejuicios y representaciones que todavía condicionan la manera de vivir y entender la vejez.

Una mirada que se aprende

La psicóloga Teresa Orosa, presidenta de la Cátedra del Adulto Mayor de la Universidad de La Habana, recordó que no se envejece de igual manera siendo mujer que  hombre. La biología no explica por sí sola esas diferencias: también intervienen las cargas culturales acumuladas y la subjetividad de cada persona, algo que continúa construyéndose durante toda la vida, dijo.

No se envejece de igual manera siendo mujer u hombre, precisó la psicóloga Teresa Orosa, presidenta de la Cátedra del Adulto Mayor de la Universidad de La Habana.
No se envejece de igual manera siendo mujer u hombre, precisó la psicóloga Teresa Orosa, presidenta de la Cátedra del Adulto Mayor de la Universidad de La Habana. Foto: SEMlac Cuba

En ese proceso, la discriminación, los prejuicios y los estereotipos hacia las personas basados en su edad que conforman el edadismo afectan especialmente la imagen de las mujeres mayores, advirtió. La discriminación por razones de edad puede incorporarse a la propia percepción de esa etapa de la vida y provocar rechazo hacia los cambios del cuerpo y la imagen reflejada en el espejo, sostuvo la psicóloga.

Orosa recordó el ejemplo de una de las fundadoras de la Cátedra del Adulto Mayor, la profesora Antonia Díaz, quien rectificaba a quienes la llamaban “eternamente joven”.

“Ella era vieja y no tenía por qué avergonzarse de ello. Reivindicar esa palabra también puede ser una forma de autonomía frente a los mandatos que asocian la juventud con el valor de las mujeres”, señaló Orosa.

Feminización de la vejez

La también psicóloga Matilde Molina, subdirectora del Centro de Estudios Demográficos (Cedem), de la Universidad de La Habana, presentó cifras que dimensionan el cambio de la estructura por edades de la nación caribeña.

La población de 60 años y más pasó de representar el 18,3 por ciento en 2012 al 26,7 por ciento al cierre de 2025, de acuerdo con cifras de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei).

Los mandatos de género también inciden en cómo envejecen los hombres y sus posibilidades de llegar a edades avanzadas, afirmó la psicóloga Matilde Molina, subdirectora del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana.
Los mandatos de género también inciden en cómo envejecen los hombres y sus posibilidades de llegar a edades avanzadas, afirmó la psicóloga Matilde Molina, subdirectora del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana. Foto: SEMlac Cuba

Las más recientes proyecciones de población presentadas por la Onei en septiembre de 2026 apuntan a que este monto será de alrededor de 36 por ciento en 2040, lo cual respalda el análisis de Molina acerca de cómo se han adelantado esos procesos: la estructura poblacional prevista para 2025 ya se observaba en 2023, reflexionó la experta.

El fenómeno tiene un marcado componente de género. En Cuba hay 972 hombres por cada 1.000 mujeres, una relación que en La Habana desciende a 893. La esperanza de vida al nacer ronda los 80 años entre las mujeres y los 75 entre los hombres, señaló.

Molina relacionó parte de esa diferencia con la sobremortalidad masculina y  conductas poco protectoras de la salud, como descuidarse o resistirse a recibir ayuda. Los mandatos de género, por tanto, también inciden en la manera de envejecer de los hombres y en sus posibilidades de llegar a edades avanzadas.

La Habana, con 29,1 por ciento de su población de 60 años y más, es la segunda provincia más envejecida, después de Villa Clara, que cuenta con  30,2 por ciento.

Sus 15 municipios figuran entre los 30 más envejecidos del país. Plaza de la Revolución, con 38,2 por ciento, encabeza la lista nacional: mientras Yateras, el municipio más joven, ronda el 18 por ciento, una proporción similar a la que tenía el país en su conjunto en 2012, refirió la investigadora

Las diferencias territoriales obligan a diseñar respuestas ajustadas a cada contexto, en lugar de aplicar las mismas medidas a poblaciones con necesidades y estructuras demográficas distintas, subrayó Molina.

La también demógrafa enfatizó en que detrás de las proporciones hay realidades diversas: hogares donde conviven tres y hasta cuatro generaciones de mujeres que se cuidan entre sí; abuelas que asumen la crianza de sus nietos tras la migración de hijos e hijas; y mujeres que atraviesan situaciones de soledad no deseada.

Para que las políticas públicas respondan a esa diversidad, se necesitan estadísticas desagregadas por sexo, color de la piel, escolaridad y estado conyugal, entre otras variables, explicó Molina. Sin esa información, las desigualdades corren el riesgo de quedar ocultas bajo cifras generales, dijo.

Insistió en que las brechas no aparecen al llegar a la vejez, sino que se acumulan a lo largo de trayectorias diferentes de empleo, distribución del tiempo, responsabilidades de cuidado y acceso a recursos. Si no se interviene sobre esas desigualdades, pueden profundizarse en esta etapa de la vida.

De ahí, dijo, la importancia de ampliar la participación laboral de las mujeres, promover una distribución más equitativa de los cuidados e involucrar a los hombres en esas responsabilidades. Envejecer con autonomía también depende de las oportunidades y condiciones construidas durante las décadas anteriores, sostuvo.

Cómo se cuenta la vejez

La periodista Lisandra Fariñas presentó los resultados de su tesis de maestría sobre el tratamiento del envejecimiento en la prensa nacional. La investigación, que examinó más de 600 trabajos publicados entre 2019 y 2023 en el periódico Granma, identificó una mirada predominantemente asistencial: las personas mayores suelen aparecer como receptoras de ayuda, antes que como protagonistas de sus historias o participantes en la búsqueda de soluciones.

Temas como la sexualidad, la economía y las contribuciones sociales de este grupo poblacional continúan poco representados, ejemplificó.

Temas como la sexualidad, la economía y las contribuciones sociales de las personas mayores continúan poco representados en los medios de prensa cubanos, destacó la periodista Lisandra Fariñas.
Temas como la sexualidad, la economía y las contribuciones sociales de las personas mayores continúan poco representados en los medios de prensa cubanos, destacó la periodista Lisandra Fariñas. Foto: SEMlac Cuba

Fariñas retomó una idea de la socióloga noruega Gunhild Hagestad, que resume el peso del lenguaje en la construcción social de la vejez: las conversaciones sobre esta etapa están llenas de palabras que comienzan con D, como decadencia, dependencia, dolencia, demencia, discapacidad y desastre.

Ese vocabulario influye en la manera de interpretar el envejecimiento y orientar las respuestas sociales. Frente a ello, valdría incorporar otras palabras: cuidado, camino, continuidad, competencia, capacidad y contribución.

Comunicar el envejecimiento es una decisión estratégica que va más allá de las campañas informativas, sostuvo la periodista. Requiere formar a comunicadores, diversificar las fuentes, dar voz a las propias personas mayores y promover una cultura demográfica que permita comprender las transformaciones de la población y sus implicaciones para toda la sociedad.

“Hablar de vejez no es asunto exclusivo de quienes ya llegaron a esa etapa: todas las personas envejecerán, si las condiciones de vida lo permiten. Una sociedad que toma en cuenta las necesidades y capacidades de las personas mayores también contribuye al bienestar de las demás generaciones”, dijo.

El Festival por la Vida, realizado el primero de octubre en La Habana, coincidió con el Día Internacional de las Personas Mayores, celebrado con carácter nacional por primera vez en Cuba.
El Festival por la Vida, realizado el primero de octubre en La Habana, coincidió con el Día Internacional de las Personas Mayores, celebrado con carácter nacional por primera vez en Cuba. Foto: Foto: Universidad de La Habana/ Facebook

La experiencia de la Cátedra del Adulto Mayor ofrece otra perspectiva sobre la participación de las mujeres en esta etapa. Durante sus 26 años de existencia, entre 83 y  85 por ciento de su matrícula ha sido femenina; una proporción que, según Orosa, también se observa en programas similares de otros países.

La psicóloga relacionó esa participación con el interés de muchas mujeres por continuar aprendiendo y compartir sus conocimientos y experiencias. La educación, en este sentido, abre espacios de intercambio y reconocimiento, y puede contribuir a fortalecer la independencia.

Molina vinculó esa autonomía con dimensiones corporales, económicas y políticas, incluida la posibilidad de establecer límites y decir «no» ante las exigencias de la familia.

Destacó, entre los desafíos pendientes, ampliar los servicios de cuidados de larga duración, crear instituciones y espacios que favorezcan un envejecimiento activo, garantizar oportunidades de empleo digno para quienes deseen y puedan trabajar, y mejorar las condiciones de vivienda para responder a las necesidades de las familias.

A esas tareas se suma la transformación de los estereotipos que reproducen los medios de comunicación, las instituciones y los propios entornos familiares.

“La vejez de las mujeres no se reduce al cuidado ni a la fragilidad. También comprende la memoria, el aprendizaje, la participación y la capacidad de decidir sobre la propia vida”, concluyó la profesora Orosa.

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