Dora Arce: “La fe ha sido mi instrumento contra el miedo” (+ Video)

La Habana, mayo, (SEMlac). – La cubana Dora Arce Valentín se define con varias palabras y ninguna le sobra. Pastora, educadora, activista, madre, tía, hermana. Cada una de esas identidades la completa, afirma. Pero una certeza las atraviesa a todas: la fe no es un refugio para esconderse del mundo, sino el combustible para salir a transformarlo.

Criada en el seno de una familia cristiana de varias generaciones en Matanzas —a 100 kilómetros de la capital cubana— e hija de un pastor reconocido y de una madre líder laica del movimiento ecuménico, Arce creció en un ambiente donde la iglesia y la vida cotidiana eran inseparables.

Ello supuso también tensiones. Durante décadas, ser cristiana en Cuba  implicaba cargar con una doble sospecha: la de quienes, dentro de la fe, miraban con recelo su formación teológica más liberal; y la de una sociedad que consideraba la religiosidad como un rezago del pasado, cuenta a SEMlac.

“Siempre asumí esta realidad como una herramienta para el crecimiento, para comprender las exclusiones de una manera más vivencial”, afirma esta cubana, quien es Presbítera pastora de la iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba y Secretaria Ejecutiva de la Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina y el Caribe (AIPRAL).

Dora Arce, pastora de la iglesia Presbiteriana-Reformada
La fe es el combustible para salir a transformar el mundo, afirma la pastora Dora Arce. Foto: SEMlac Cuba

Arce quería estudiar ciencias sociales. Intentó psicología. No pudo. En aquel tiempo (décadas de los 60 y 70), quienes profesaban alguna fe tenían vedado el acceso a esas carreras. “Creo que es una etapa que teóricamente se ha superado, pero todavía hay mucho prejuicio por ahí rondando”, advierte.

“La discriminación hacia los cristianos parte de una realidad histórica. No culpo la sospecha, pero sí hago responsable a quienes podían haberla asumido con más sabiduría y empatía, y no con el prejuicio automático”, añade.

Le aconsejaron que en la Universidad Tecnológica José Antonio Echeverría (CUJAE) encontraría un espacio sin tantas fricciones. Así eligió ingeniería civil y durante casi siete años ejerció esa profesión.

Años después, cuando llegó al Seminario Evangélico de Teología de Matanzas, no fue con la intención de ordenarse. Había una beca en convocatoria y sus colegas del movimiento estudiantil cristiano la animaron.

“La iglesia donde he crecido y he ejercido todo mi ministerio pastoral es una iglesia que pone mucho énfasis en la preparación teológica de sus pastores y pastoras, incluso del laicado”, comenta.

Dora Arce con su papá Sergio Arce
Junto a su padre Sergio Arce, un reconocido pastor de la iglesia Presbiteriana- Reformada en Cuba. Foto: Tomada del perfil en Facebook de Dora Arce

Arce entró como estudiante de teología y descubrió una vocación que llevaba años esperándola. “La iglesia necesitaba pastores. Habíamos perdido muchísimos a principios de los 60, porque se fueron del país o se fueron de la iglesia. Y esa necesidad fue para mí el llamado”.

El pastorado siendo mujer

Las iglesias han sido, históricamente, uno de los espacios más complejos para el ejercicio de los derechos de las mujeres. “Ha sido una lucha constante en la historia del cristianismo. Incluso hoy existen familias confesionales que no aceptan a las mujeres en determinadas posiciones”, explica.

Lo paradójico es que esa resistencia no encuentra un sostén sólido ni en la Biblia ni en la teología, añade, “pero siempre aparecen pretextos, maneras de distorsionar la historia o de defender posiciones de poder”.

Su propia denominación, la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba, ha intentado recorrer otro camino. Heredera de una tradición que hizo suyo uno de los lemas de la Reforma Protestante del siglo XVI —iglesia reformada, siempre reformándose—, ha mostrado capacidad para revisarse críticamente, sostiene.Cuando solicitó ser candidata al ministerio pastoral, la institución ya tenía un antecedente histórico. En el sínodo de 1967, su iglesia se constituyó como iglesia nacional independiente de Estados Unidos y se ordenó a la primera pastora cubana, Ofelia Ortega, una figura reconocida del movimiento ecuménico latinoamericano. Ese acto abrió un antes y un después.

Pero los caminos formales y los reales no siempre coinciden. “Todas tenemos ese derecho a ordenarnos, pero hay cosas en la subjetividad que no se desmontan con la misma facilidad que una regulación escrita”, explica Arce.

Aunque las mujeres pueden acceder al ministerio pastoral en igualdad de condiciones legales, la estructura simbólica sigue respondiendo a un molde tradicional: el del pastor varón, casado, acompañado por una esposa que también cumple una función reconocida dentro de la comunidad.

Dora Arce y mujeres pastoras de la iglesia Presbiteriana
Las mujeres pueden acceder al ministerio pastoral en igualdad de condiciones legales; sin embargo, la estructura simbólica sigue respondiendo a un molde tradicional. Foto: Tomada del perfil en Facebook de Dora Arce

“Las congregaciones están formateadas para esa estructura”, resume. Cuando ese patrón se rompe —cuando quien llega es una pastora, quizá divorciada, quizá madre soltera—, la adaptación no siempre resulta sencilla.

“Una madre involucrada en la educación y el sostenimiento de su familia no puede estar disponible a cualquier hora”, explica y subraya la necesidad de desmontar muchos estereotipos.

Arce apuesta por modelos pastorales que compartan responsabilidades y promuevan la participación activa de la comunidad. Pero esa visión a veces choca con congregaciones acostumbradas a una relación más vertical.

“Muchas personas están habituadas a participar, recibir y volver a casa. Empoderarlas para que tomen decisiones también es un desafío. A veces llegan a poner en duda tu capacidad para ser una buena pastora”, subraya.

“Hemos avanzado, pero son siglos de patriarcado alimentando la iglesia, la teología y las estructuras eclesiales”.

Feminismo desde el púlpito  

Dora Arce se define como una feminista apasionada. Lo dice desde un lugar que para muchas personas parecería improbable: el púlpito de una iglesia.

Para ella no hay contradicción. En su tradición presbiteriana, el púlpito ofrece al pastor o pastora la libertad para interpretar y leer el texto bíblico desde una experiencia propia, explica.

“La justicia es el corazón del evangelio y, si hablamos de justicia, el feminismo no puede quedar fuera”, afirma.

La teología feminista lleva más de medio siglo produciendo pensamiento y ha logrado instalarse, al menos en algunos espacios, dentro de la formación teológica, recuerda.

La pastora Dora Arce
La teología feminista lleva más de medio siglo produciendo pensamiento, recuerda la también Secretaria Ejecutiva de la Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina y el Caribe (AIPRAL). Tomada del perfil en Facebook de Dora Arce

En el Seminario Evangélico de Teología de Matanzas, donde ejerce la docencia, esa perspectiva forma parte del currículo. Su asignatura —hoy llamada Género y otras identidades— busca ofrecer herramientas para leer la Biblia desde nuevas preguntas y para acompañar pastoralmente realidades diversas.

Un terreno en el cual las tensiones dentro de las iglesias se vuelven más visibles es el de la sexualidad. Arce explica que, durante siglos, la Iglesia evitó el tema y cuando, finalmente, apareció en el debate público, emergió con una fuerza capaz de romper conversaciones, fracturar comunidades y polarizar afectos.

Sin embargo, se ven también señales de cambio, precisa. Cuando ella comenzó a estudiar teología, recuerda, la idea de una teología queer le habría parecido imposible. “Hoy hay personas pensando y sistematizando la fe desde la experiencia homosexual. Igual que existe la teología feminista, existe una teología queer. Para mí eso es esperanza”.

Ese optimismo se sostiene en la educación, insiste Lo comprobó durante el referéndum del Código de las Familias, en 2022, cuando fue una de las voces religiosas más visibles en su defensa. En su opinión, aquel proceso mostró, para bien y para mal, la capacidad de diálogo y el enorme poder de movilización de las iglesias cubanas.

Para la pastora, las iglesias deben participar en la vida pública, pero no para imponer verdades. “Por eso defendemos el Estado laico”, explica. “Porque garantiza que ninguna religión se adueñe de la verdad y que creyentes y no creyentes podamos convivir como ciudadanos”.

Incluso, va más allá y cree que en Cuba debería enseñarse religión en las escuelas. “No para formar religiosos, sino para formar mejores ciudadanos en un país donde esas religiones existen y conviven”, aclara.

La pastora Dora Arce con sus estudiantes del Seminario Evangélico de Matanzas
En el Seminario Evangélico de Teología de Matanzas, donde ejerce la docencia y ofrece herramientas para leer la Biblia desde nuevas preguntas y acompañar pastoralmente realidades diversas. Tomada del perfil en Facebook de Dora Arce

Su defensa del pluralismo está ligada a otra de sus preocupaciones: el avance de los fundamentalismos. “Si cada cual se atrinchera en su verdad, desaparece la posibilidad del diálogo”, advierte. No habla solo de religión: “los fundamentalismos están en la política, la economía, lo social y las ideologías”.

Es necesario recuperar espacios educativos que enseñen la capacidad de pensar distinto, sin convertirnos en enemigos, subraya y lamenta que ese ejercicio de diálogo se haya debilitado precisamente cuando es más necesario.

Fe más allá del templo

En esa misma lógica, nació su libro Dios el lunes, publicado por la Editorial Caminos, del Centro memorial Dr. Martin Luther King Jr. El título resume parte de su identidad reformada: la fe no puede quedarse encerrada en el templo. “Tenemos la certeza de que Dios está más en la calle que en la iglesia”.

El libro nació durante la pandemia de Covid-19, dentro del grupo colaborativo de inspiración religiosa Voces Ecuménicas Cubanas, como respuesta al auge de discursos religiosos fundamentalistas.

Pero también fue una experiencia íntima. “Ahí hablé de mis hijos, de mi familia, de mis propias vivencias. Quería conectar la cotidianidad con la fe”. Porque, para la teología feminista, “es en lo cotidiano donde se producen las brechas, las desigualdades y muchas veces la violencia”, afirma.

Cuando se le pregunta para qué sirve la fe, Dora Arce no intenta una definición académica.  “La fe se inculca, pero no se impone. Es parte de una experiencia personal que no es posible racionalizar del todo”, asegura.

“La fe ha sido mi instrumento contra el miedo. Crecí en un contexto donde ser cristiana era casi un defecto”, recuerda. Sin embargo, esa misma fe le ayudó a no sentir vergüenza, a pertenecer. “La fe me ancla”, subraya.

Sobre la Cuba que sueña, habla de “un país en donde todas las personas sientan que pertenecen y puedan contribuir a que sea un mejor lugar”. Una Cuba donde la familia crezca, donde los hijos se bauticen y se casen, donde quieran vivir y quedarse, apunta.

Arce cree que una transformación profunda pasa, inevitablemente, por la economía, por rescatar el valor creador del trabajo y devolverle centralidad a lo humano, como parte del bienestar personal y colectivo. También por recuperar el sentido de comunidad. “Uno de los males más terribles del mundo contemporáneo es esa autosuficiencia patológica de creer que no necesitamos a nadie”, enfatiza.

Dora Arce y mujeres pastoras de la iglesia Presbiteriana
«La justicia es el corazón del evangelio y, si hablamos de justicia, el feminismo no puede quedar fuera», considera. Foto: SEMlac Cuba

El feminismo nos recuerda constantemente que “estamos hechos para vivir en relación”, sostiene. Esa misma idea la lleva hoy al trabajo ecuménico que desarrolla en América Latina, junto a católicos, luteranos, bautistas, presbiterianos carismáticos e integrantes de otras denominaciones.

No persigue una unidad doctrinal, sino aprender a reconocer que en cada tradición hay un pedazo de sabiduría susceptible de ser compartido.

“Estamos agotados de vivir en un mundo tan polarizado”, insiste Arce y resume la esencia del espíritu ecuménico que defiende. “Este mundo es una casa común y tenemos que aprender a cuidarlo entre todas y todos”, concluye.

Vea la versión completa en video de esta entrevista en el episodio 3×3 de Cubanas

 

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