En un mundo donde hablar de sexualidad ya es un tema cargado de estigmas y silencios, abordar la sexualidad de las personas trans se convierte en un tabú aún más profundo. Este silencio cultural, que se traduce en limitante educativa, tiene consecuencias directas en el desarrollo sexual, afectivo y psicológico de las personas trans. El vacío de información alimenta las dudas que derivan en experiencias marcadas por violencia, insatisfacción y desprotección.
Desde su activismo, el Grupo Trans Masculinos de Cuba (GTMC) ha puesto de manifiesto que la falta de espacios orientativos lleva a que muchos hombres trans en Cuba se descubran a sí mismos a través de internet. Sin embargo, si bien el ciberespacio puede ofrecer contenido valioso, también es caldo de cultivo para información falsa, parcial, estigmatizante y politizada.
Uno de los ejemplos más recurrentes de esta desinformación es la idea ampliamente aceptada de que ser trans significa estar «atrapado en el cuerpo equivocado», experimentando un malestar constante que solo se alivia a través de cirugías y tratamientos hormonales. Esta narrativa del «cuerpo-jaula», “sujeto disfórico” y la transición lineal “de un polo A a un polo B” refuerza una visión binaria, clínica y patologizante de las transidentidades. Dicha perspectiva, en lugar de empoderar a las personas trans para resemantizar y construir su género de manera flexible y liberadora, las obliga a encajar en un esquema rígido, propio de la visión hegemónica patriarcal y cisnormativa. La medicalización de las identidades trans refuerza la idea de que el malestar reside en el individuo y no en una sociedad que impone normas de género opresivas e injustas. No se trata solo de un discurso cómodo a intereses lucrativos que favorece a las grandes corporaciones del sector sanitario (farmacéuticas y clínicas de cirugía estética), sino que se basa en el deber de demostrar ante las instituciones de salud (el biopoder) que las personas trans son realmente sujetos enfermos y que por ello merecen el acceso a una serie de servicios privativos.
El modelo médico de la transexualidad normativa condiciona a las personas trans en la manera de vivir su vida y su cuerpo. Las condena a leerse desde ahí. Los médicos, guardianes del sistema binario hombre-mujer, han establecido los criterios estrictos para que una persona pueda modificar su cuerpo en términos sexuales: si la historia de una persona trans no se ajusta a una narrativa específica, a una serie de “padecimientos”, no será aprobada por el “comité de expertos”. Con base en esta lógica, muchos sistemas sanitarios exigen que las personas trans demuestren por varios años, bajo seguimiento psicológico y psiquiátrico, que sufren de un trastorno de identidad de género, para tener derecho a terapias hormonales y cirugías.
Como explica el sociólogo español Miquel Missé en su libro Transexualidades, otras miradas posibles, el concepto de transexualidad normativa surge como crítica al enfoque patologizante, donde el modelo médico ha impuesto un estándar restrictivo sobre lo que se considera una identidad trans «válida». Para acceder a un diagnóstico, los manuales de enfermedades mentales exigen cumplir criterios específicos, como el rechazo a las características sexuales secundarias, los genitales o incluso la actividad sexual. Estos requisitos han creado un arquetipo de transexualidad «legítima», excluyendo a quienes no se ajustan a él.
Varias investigaciones evidencian que, ante estas barreras, muchas personas trans falsean sus historias de vida para alinearse con lo que el sistema espera. Esta dinámica se refleja en espacios digitales, donde circulan guías sobre qué decir —o no— durante las evaluaciones clínicas, revelando cómo la medicalización obliga a performar una experiencia trans estereotipada para lograr reconocimiento.
Lamentablemente, muchas personas trans internalizan esta idea sin saber su trasfondo político y llegan a sentir, y creer, que no pueden (ni deben) disfrutar sexualmente de sus cuerpos tal como son, que solo podrán ser libres y completas al someterse a procesos médicos específicos. Sobre la base de repetir una y mil veces cómo debe sentirse una persona trans en relación con su cuerpo, sobre todo aquellas personas trans que no han consumido un discurso crítico sobre el sistema sexo-género, utilizan los argumentos médicos para definirse y explicarse a sí mismos.
Esta matriz de opinión propicia, además, una visión limitada y excluyente de cómo debe sentirse y actuar una persona trans, que puede llevar a la discriminación dentro de la propia comunidad de apoyo.
Comunicar, educar, liberar y cuidar: un enfoque integral
Frente a este discurso hegemónico, emerge una nueva narrativa impulsada por el activismo, las teorías feministas y decoloniales. Esta perspectiva busca romper los silencios y deconstruir las nociones rígidas y conservadoras sobre la sexualidad humana, reconociendo la diversidad de experiencias, cuerpos y culturas. En este sentido, la educación integral de la sexualidad con enfoque de género y derechos humanos se vuelve una herramienta clave en el cambio de paradigmas. Conscientes de la falta de recursos informativos para empoderar a las personas trans y permitirles tomar decisiones informadas sobre su salud sexual y reproductiva, el GTMC elaboró una Guía de Salud basada tanto en bibliografía científica como en los saberes construidos desde la colectividad y el activismo. Uno de sus apartados se centra en desmontar algunos mitos sobre la sexualidad de los hombres trans y personas asignadas femeninas al nacer (AFAB), revelando que los estereotipos limitan su autonomía y placer.
Contrario a la creencia de que los hombres trans rechazan el contacto íntimo, muchos disfrutan del placer con consentimiento y confianza, aunque para ello es muy importante que su pareja sexual entienda sus límites, los respete y ambos aprendan a trabajar juntos el manejo de inseguridades, complejos, fantasías. La masturbación constituye una herramienta clave para el autoconocimiento y el placer. No es cierto que las personas trans experimenten una barrera de asco o malestar que les impida tocar sus genitales o que otros lo hagan. El autoplacer es especialmente importante cuando se está bajo terapia hormonal con testosterona, porque los niveles de libido aumentan y es un tiempo para descubrir cómo las sensaciones cambian a la par del cuerpo.
Muchos hombres trans priorizan prácticas que no incluyen la penetración, sin que esto cuestione su identidad. El uso de packers o dildos no es una norma, sino una elección personal: algunos los incorporan por placer, comodidad estética o exploración erótica; mientras que otros no los consideran para nada necesarios. La idea de que la penetración define la masculinidad es un constructo patriarcal. El estigma asociado a la masculinidad frágil ha vinculado la penetración receptiva con la feminidad. Sin embargo, muchos hombres trans disfrutan de la penetración vaginal o anal. Asumir que a los hombres trans solo les gusta adoptar roles «activos» o “dominantes” reproduce estereotipos dañinos.
Así mismo ocurre con la presunción heteronormativa de las personas trans. La orientación sexual es diversa y no está unívocamente conectada con la identidad de género: existen hombres trans gays, bisexuales, pansexuales o asexuales. Desmontar estos estereotipos se vuelve importante en tanto no solo limitan las potencialidades del placer, sino que son parte del malestar psicológico, la autocensura y la exclusión social que sufren las personas trans.
Con respecto a la terapia hormonal, suelen ser abundantes las preguntas y, por lo general, van dirigidas a conocer los cambios físicos que producen y efectos secundarios. Entre los mitos que rodean este asunto, vale la pena aclarar que, si bien la testosterona puede aumentar la libido inicialmente, este efecto no es descontrolado ni permanente, sino que se regula con el tiempo. Tampoco el efecto de hipertrofia de las hormonas permitirá la penetración mediante el clítoris, aunque sus cambios serán notables.
En cuanto a las cirugías, aunque una mayoría de hombres trans desean mastectomizarse, no sería correcto generalizar. Existen hombres trans a quienes no les incomoda esa parte de su cuerpo o deciden conservarla para mantener la sensibilidad o poder lactar en un futuro. En contra del imaginario social, la mayoría de las personas trans masculinas no desean una faloplastia y encuentran satisfacción plena con sus genitales de origen.
Cuidar la salud ginecológica resulta esencial para prevenir enfermedades, independientemente de la identidad de género de cada persona y su vida sexual. Las personas trans masculinas no están exentas de padecer cáncer de útero u ovarios, o contraer alguna ITS/VIH; por tanto, deben hacerse los chequeos correspondientes, como la prueba citológica.
Por otro lado, la fertilidad no se anula completamente con la terapia hormonal; por lo que en el caso de los hombres trans que tienen sexo con hombres cisgénero pueden quedar embarazados si no usan anticonceptivos, aun cuando el período menstrual se encuentre atrofiado por la testosterona. La idea de gestar no es para nada una idea rechazada por la comunidad de hombres trans; muchos escogen esta vía para construir su familia. Es una potencialidad biológica que tienen el derecho de disfrutar. En estos casos, se requiere pausar el tratamiento hormonal durante el embarazo, para bienestar del bebé.
Estos y otros mitos y vacíos, arraigados en prejuicios, ignoran la complejidad y subjetividad de las experiencias trans; también destacan la necesidad de enfoques basados en la evidencia y el respeto a los derechos humanos y la autonomía corporal.
En tiempos donde todavía no hemos logrado implementar una educación integral de la sexualidad en todas las esferas educativas de nuestro país, el activismo del GTMC y otros colectivos se vuelve fundamental para visibilizar las realidades de las personas sexodiversas, combatir prejuicios y estereotipos, y promover acceso a información, recursos y acompañamiento.
Combatir el silencio y promover una visión respetuosa de la sexualidad, que tome en cuenta las vidas de las personas LGTBIQ+, es parte de construir una sociedad más justa e inclusiva para todos. Nos corresponde entender que el camino hacia una sexualidad plena y segura implica el acceso a una educación no patologizante, con paradigmas críticos e integrales y un diálogo permanente, empático y sensible, que involucre a toda la sociedad. Pero, sobre todo, el derecho a explorar el cuerpo y el placer sin imposiciones. Solo así se podrá romper el tabú dentro del tabú.

