Del aula a la política científica: la comunicación como puente hacia la equidad en carreras STEM

“La inclusión femenina en la ciencia no depende únicamente del talento individual. Exige experiencias tempranas, referentes públicos, acompañamiento académico y transformaciones institucionales sostenidas. Sin esos elementos, la igualdad seguirá siendo aspiración; con ellos, se convierte en política científica”.

La reflexión llega de la doctora Nana Geraldine Cabo Bizet, física teórica cubana y profesora investigadora de la Universidad de Guanajuato, México, y resume uno de debates centrales sobre el futuro de las mujeres en las carreras STEM (de ciencia, tecnología, ingenierías y matemáticas).

En su enfoque, el rol de la comunicación se revela como otra de las claves para que las niñas, adolescentes y jóvenes puedan conocer a sus referentes y dejar a un lado estereotipos sociales persistentes, que las disuaden de seguir esas carreras.

Especialista en teoría de cuerdas, gravitación, física matemática y altas energías, Geraldine estudia hoy problemas vinculados a la estructura fundamental del universo. Pero más allá de estas investigaciones, su participación en el VI Taller por el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, celebrado en el Instituto de Cibernética, Matemática y Física (Icimaf), en La Habana, mostró que la comunicación puede ser un hilo que conecta la experiencia temprana con la vocación y convierte la presencia de una profesora en un aula en un mensaje cultural poderoso, que transforma la política científica en práctica cotidiana.

Aunque las mujeres representan alrededor del 55 por ciento del estudiantado universitario en América Latina, superando a sus pares masculinos en inscripción y egreso de pregrado –según datos de 2022 de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal)–, la distribución por áreas del conocimiento sigue marcada por la inequidad.

A nivel global, las mujeres significan solo el 35 por ciento de las personas graduadas en las llamadas carreras STEM. En América Latina y el Caribe, constituyen el 30 por ciento, mientras que en países de Centroamérica, la cifra cae al 25 por ciento.

Frente a ese panorama, no basta entonces con que existan modelos a seguir en esas especialidades. “Si no somos conocidas –asegura la doctora Aurora Pérez, investigadora del Icimaf– difícilmente podremos inspirar a la próxima generación de científicas”.

Corroboran esta idea Liz Diana Huerta, María Claudia Argote y Masiel de la Fe Rivero, tres jóvenes estudiantes universitarias de Física, quienes durante el taller compartieron cómo y por qué se inclinaron por el estudio de esta carrera, donde las muchachas suelen estar subrepresentadas. A Liz Diana Huerta Rivas, cuya vocación nació entre concursos de matemáticas, fue una maestra quien la inspiró para estudiar en el Instituto Vocacional de Ciencias Exactas. Luego, al ganarse su entrada al colegio universitario en la especialidad de Física, observó con entusiasmo la cantidad de mujeres Doctoras en Ciencias que serían sus profesoras y confirmó que ese era su lugar.

Ya en el colegio, como concursante de la Olimpiada de Astronomía, conoció a María Claudia, un año mayor, que se convertiría en otro acicate, más cercano en edad y experiencias. En su aula de primer año de Física, cuenta, “ya las muchachas somos casi el 40 por ciento de la matrícula”.

También María Claudia se entusiasmó por la Física, gracias a una maestra de secundaria. “Los profesores influyen mucho en tu decisión”, afirma. “Intercambiar con científicas, ver cómo lo logran, cómo investigan, cómo disfrutan de la ciencia, me motiva a seguir creciendo y a divulgar nuestra carrera, a divulgar la ciencia en general”.

La historia de Masiel es otro ejemplo del impacto de los referentes para aparcar los prejuicios. “Cuando opté por Física, mis padres dudaron: `es una carrera más bien de hombres´, me decían. Sin embargo, al ingresar en la facultad y encontrarse con tantas profesoras e investigadoras, dejaron atrás los recelos”.

Las tres coincidieron en algo: ver a otras mujeres haciendo ciencia, observarlas compartiendo liderazgo, experiencia y resultados notables fue decisivo. En la Facultad de Física de la Universidad de La Habana, la presencia de profesoras en el aula y como decanas marca para estas jóvenes una transformación cultural.

Al hablar de construcciones socioculturales de género en la elección de carrera, una revisión en las bases de datos Scopus, WoS y Eric de 2012 a 2022 para identificar las brechas en el acceso a carreras STEM, confirmó el rol de los medios de comunicación junto a padres y profesores.

Otro estudio, “Registro y evaluación de buenas prácticas para la atracción y retención de estudiantes en carreras STEM en Latinoamérica”, reconoció como estrategias de atracción hacia las carreras STEM las actividades de divulgación científica, mentorías con profesionales del sector y el uso de campañas comunicacionales dirigidas a mejorar la percepción social de estas especialidades.

En el caso de Cuba, con más de 60 por ciento de la matrícula universitaria compuesta por mujeres, el desafío se desplaza hoy hacia la elección en áreas estratégicas, como ingeniería informática, telecomunicaciones y tecnologías emergentes; dígase, la Inteligencia Artificial.

Ese patrón coincide con tendencias regionales. En América Latina, la presencia femenina en carreras como programación, inteligencia artificial o ingeniería electrónica sigue siendo significativamente menor que la masculina. La investigación “Mujeres en ciencia, tecnología, innovación y digitalización en Iberoamérica. Análisis de brechas, marcos normativos y políticas públicas” revela que en Iberoamérica las graduadas universitarias en las ingenierías son apenas 27 por ciento y 20 en las carreras de tecnologías de la información.

Especialistas identifican que el momento decisivo para desmontar los estereotipos culturales asociados parecería ubicarse en la educación preuniversitaria, cuando las estudiantes definen sus aspiraciones profesionales. Allí, el reconocimiento de referentes femeninos en tecnología sería la meta.

Por eso, insiste Geraldine Cabo Bizet, el talento no basta. Se necesitan políticas institucionales sostenidas, mentorías, visibilización de científicas y mecanismos evaluables que garanticen equidad real. Pero, también, una comunicación que convierta esas políticas en mensajes claros, accesibles y transformadores.

Cuatro acciones interrelacionadas serían claves: comunicación académica, que muestre cómo profesoras y mentoras transmiten confianza y legitimidad en espacios tradicionalmente masculinos; comunicación institucional, que avale políticas públicas y programas de divulgación sostenidos; comunicación cultural para desmontar estereotipos mediante narrativas en talleres y campañas que muestren a mujeres liderando en ciencia y tecnología; y la comunicación interpersonal, que implica el rol de maestras, investigadoras y colegas en inspirar vocaciones mediante el ejemplo y el diálogo cercano.

La ecuación no es solo cuántas jóvenes ingresan, sino cuántas permanecen, investigan y lideran. Porque cuando una muchacha ve a otra estudiar el universo, ganar una medalla en una olimpiada o explicar ecuaciones complejas frente a un aula llena, la ciencia deja de parecer territorio ajeno y se convierte en una posibilidad concreta.

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