“La vulnerabilidad …es un término de tan amplio uso que es casi inútil para efectos de una descripción cuidadosa”

                                                                 Timmerman (1981)

 

La exclusión social como forma de violencia afecta a grandes masas de  población latinoamericana. Sus efectos sobre la salud y la calidad de vida son evidentes en la forma negativa en que las deterioran y conlleva una inequidad que las sociedades debe enfrentar[i]. Ante estos supuestos, es importante referir que el concepto de exclusión admite grados. No se trata siempre de barreras infranqueables de exclusión completa; también se refiere a inclusiones con desigualdad. Además de la exclusión manifiesta o la inclusión inequitativa, también es importante tener en cuenta los grupos vulnerables o la población con debilidad expresa dentro de estos procesos.

La vulnerabilidad aparece como un fenómeno social multidimensional que genera indefensión e inseguridad en ciertas personas y grupos, que ven amenazada su inclusión y su participación en la sociedad. La vulnerabilidad se asocia a los recursos (propiedades, vivienda, sustento, acceso a servicios públicos, educación, capacitación y salud, prestaciones laborales, capital, créditos y tecnología, relaciones familiares y redes sociales de apoyo) con los que cuentan los individuos, las familias o los grupos para enfrentar situaciones críticas[ii].

Florencia Luna, en su artículo “Vulnerabilidad: la metáfora de las capas”, ha señalado que hay diferentes enfoques para caracterizar a las personas como vulnerables. Uno es el análisis que se encuentra en los códigos o documentos de ética que predominaron durante casi dos décadas. Generalmente, estos documentos nombraban a las personas o a los grupos como vulnerables sin mayores explicaciones y, simplemente, enumeraban grupos de personas que deberían ser considerados vulnerables. Este tipo de propuesta superficial y rápida ha llevado a una idea de vulnerabilidad correctamente criticada, en tanto constituía una etiqueta o categoría estigmatizante. El único documento de ética que intentó ofrecer una idea general o una definición de la vulnerabilidad son las Pautas CIOMS, en la versión del 2002[iii].

Para Luna, un primer asunto a considerar es el análisis basado en sub-poblaciones y propone las siguientes interrogantes: ¿son vulnerables todas las personas aludidas por un conjunto de poblaciones vulnerables? Si, por ejemplo, aceptamos que las personas mayores son un grupo vulnerable, ¿acaso significa esto que todas las personas mayores son vulnerables? ¿Sucede lo mismo con todas las personas con enfermedades graves? ¿O con todas las personas pobres?  ¿Es un concepto de todo o nada que se aplica a todos los miembros de un grupo identificado? Mientras es evidente que todas las personas mayores son mayores y que todos los pacientes con enfermedades graves están graves, no es igualmente evidente que todas las personas mayores sean vulnerables o que todos los pacientes graves sean vulnerables, aunque es cierto que tanto unos como otros pueden serlo. ¿La vulnerabilidad es causada por la “edad madura”, por la “enfermedad” o hay algún mecanismo subyacente que explique su relación con los individuos? Nótese que este marco conceptual es el que vuelve más rígido el concepto de vulnerabilidad.

Desde estos cuestionamientos, Florencia Luna considera el aspecto dinámico y contextual del concepto como parte de su propio contenido, como un funcionamiento dinámico y relacional, lo cual determina su alcance y las maneras de pensarlo o concebirlo. En correspondencia con este análisis, Luna plantea que la vulnerabilidad debería ser pensada mediante la idea de capas. No hay una “sólida y única vulnerabilidad” que agote la categoría, puede haber diferentes vulnerabilidades, diferentes capas operando. Estas capas pueden superponerse y algunas estar relacionadas con problemas del consentimiento informado, mientras que otras lo estarán con las circunstancias sociales.

La metáfora de las capas nos ofrece flexibilidad en la concepción de la vulnerabilidad. Por ejemplo, si consideramos la situación de las mujeres, puede decirse que ser una mujer no implica, per se, que esa persona sea vulnerable. Las mujeres que viven en países industrializados generalmente son respetadas, pueden estudiar, trabajar y elegir su plan de vida. En cambio, las mujeres que viven en países intolerantes a los derechos reproductivos adquieren una primera capa de vulnerabilidad y así sucesivamente en dependencia de las dimensiones socioculturales, económicas, y políticas que se analicen, en circunstancias y contextos sociales particulares.

He aquí que la comunidad LGBTIQ ocupa una posición dentro de las capas de vulnerabilidad: personas que son vulneradas, por diferentes estructuras sociales , ideologías y políticas, con expresiones diferentes según contexto, por el menor hecho de no responder a los canones de la masculinidad hegemónica  ni a los constructos sociales, rígidamente concebidos, presentes en el imaginario colectivo en relación con la construcción identitaria del ser hombre o mujer en sociedad.

Si se consideran las agresiones directas o indirectas que las personas de la comunidad LGBTIQ pueden percibir, hacia sí o su forma de vivir, a lo largo de su vida; la existencia de problemas reactivos psicosociales es bastante frecuente y estos pueden, por lo señalado, asociarse a una mayor incidencia de otros problemas. Las agresiones y manifestaciones de hostilidad más frecuentes incluyen situaciones descritas como de desdén, desafecto, desapego, maltrato, inequidad, discriminación, tratamiento degradante e indigno, persecución, tortura y negación de derechos. Adicionalmente, puede haber una exposición a agentes patógenos especiales en relación con las características de las exposiciones.

Por ejemplo, la exclusión sexual puede llevar a prácticas sexuales clandestinas y riesgosas, con mayor exposición a infecciones de trasmisión sexual (ITS), VIH/SIDA y hepatitis viral, y con menor búsqueda de medidas preventivas y de atención médica. En estos casos, el ambiente es poco favorable para la prevención, con un control limitado sobre los riesgos (lo que se relaciona con el concepto de vulnerabilidad) y deja en evidencia los impactos negativos que un ambiente social adverso genera en un individuo[iv].

Las orientaciones sexuales no heterosexuales dejaron de ser consideradas como patológicas por la Asociación Psiquiátrica Americana en 1973 y por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1990. Sin embargo, en América Latina estos cambios no se han traducido, ni en una atención en salud inclusiva, ni en el reconocimiento como ciudadanos plenos de las personas no heterosexuales[v].

Pese a la desclasificación de la orientación no heterosexual como enfermedad por parte de la OMS, en 1990, los sistemas de salud no reconocen, en la práctica, la legítima existencia de las comunidades, no solo al no responder plenamente a sus problemas específicos de salud sino, incluso, al no ofrecerles atención adecuada en muchos servicios generales. No pocos profesionales, además, continúan considerando a sus miembros como personas afectadas por una enfermedad psicológica.

“Nací masculino, ‘macho, varón’, un 13 de septiembre de 1997, soy soltero, vivo en el municipio Marianao y aún resido en el mismo lugar de siempre. Mi infancia transcurrió separado de mi padre, a los 3 años de edad, mis padres se divorcian, según mi mamá el me visitaba, yo no lo recuerdo de esa manera, si recuerdo que me gustaban las sombrillas, las muñecas y todos los juegos en el que el rol fuese de mamá, esto a él le molestaba mucho. Me atraían las pinturas de uñas, los maquillajes y las ropas de mujer, cuenta mi mamá que yo era un niño muy afeminado. A los 5 años me llevaron a un psicólogo, mi mamá quería tener alguna recomendación para saber cómo tratar ‘mi caso’, le recomiendan, ‘que no me dejara verla desnuda’, ‘que no se maquillara delante de mí’, ‘evitar bañarse conmigo’, entre otras cosas”[vi].

En la actualidad, se considera que las atracciones, orientaciones y comportamientos sexuales entre personas del mismo sexo son variantes normales del comportamiento sexual humano. Asimismo, la atracción y prácticas sexuales entre personas del mismo sexo pueden ocurrir en el contexto de una variedad de orientaciones e identidades[vii].

Las personas homosexuales pueden tener vidas muy satisfactorias; no existen estudios empíricos, ni literatura revisada por pares que apoye las teorías que asocian la orientación homosexual o identidad transgenérica con disfunción familiar o trauma infantil. Es la estigmatización –y no la orientación no heterosexual en sí– lo que genera tensión y estrés a lo largo de la vida y consecuente impacto sobre la salud mental. Sin duda, hoy día las poblaciones LGBTIQ enfrentan factores múltiples que afectan su salud y bienestar en América Latina y globalmente[viii].

La evidencia muestra que los problemas de salud mental de personas LGBTIQ (que incluyen la depresión, el uso de sustancias y el suicidio, entre los más comunes), se explican fundamentalmente por la exclusión social y la exposición sistemática a discriminación, violencia y agresión por parte del entorno.

“A los 13 años ya tenía definido quien era y que quería en mi vida. Conocí al profesor de mi hermano menor, del cual me enamoré, él tenía veintinueve. Mi madre lo acosa y amenaza, le dice que si me seguía viendo lo denunciaría a la policía. Esa fue la peor etapa de mi vida. Adolescente descubriendo un mundo extraño para mí y discriminado por mis padres, una locura, Intente contra mi vida tres veces, fui a terapia y me recuperé”[ix].

Los desafíos en el futuro inmediato nos plantean la necesidad de actuar sobre las múltiples expresiones de exclusión social y ciudadanía restringida de las comunidades LGBTIQ, incluyendo terminar con la discriminación, maltrato y violencia en la sociedad, la familia y el entorno cercano; mediante cambios en las disposiciones legales y asegurando el cumplimiento de la ley y la sensibilización de los operadores de justicia. Igualmente, luchar contra la indiferencia y discriminación persistentes en el sector de la salud mediante el desarrollo de servicios que favorezcan la disponibilidad y accesibilidad para atender las necesidades generales y específicas de estas comunidades, así como también incrementar las oportunidades educativas, laborales y de participación social. Urge eliminar situaciones generadoras de inequidades, marginalidad y pobreza y propiciar una acción multisectorial e interseccional para identificar y resolver las barreras a la plena incorporación ciudadana de los miembros de estas comunidades, secularmente ignoradas y postergadas.

Los argumentos evidencian que en toda sociedad donde aún perviven manifestaciones de una cultura patriarcal, heterosexista, misógina y homofóbica, acompañada de expresiones claramente jerárquicas de poder, están presentes estigmas y discriminaciones que inhiben el ejercicio de la ciudadanía de las personas con diversidad sexual y de género, y convierten a la población LGBTIQ en vulnerable ante la violencia de género.

“La secundaria fue una tortura, ahí experimente, todo lo malo que puede ser la discriminación a las personas como yo. Sufrí más de lo que alguien se puede imaginar, se burlaban de mí, me acosaban, mi madre no lo decía, pero se sentía avergonzada de mí.[x]

Esta realidad nos deja la tarea y el compromiso de seguir trabajando, no solo por el reconocimiento de los derechos de las personas LGBTIQ, sino también por las transformaciones pendientes en el sentido ético- político que amerita una sociedad incluyente y respetuosa de la diversidad sexual y su ciudadanía.

“Mi más deseado proyecto de vida era ser una travesti. No creo que sea una mujer trans porque a pesar de las hormonas no tengo senos, soy un mal receptor, no me salen senos, pero según las personas me veo bien femenina. Ser así me ha traído problemas de aceptación en trabajos, en el barrio, en la vida familiar. Pero si algo destaca a los homosexuales, sea cual sea, su orientación o género, es tomar la fuerza de seguir luchando por lo que deseamos”[xi].

Se hace significaivo apuntar que, en el análisis discursivo de diferentes testimonios de casos que han contribuído a la visibilización de la violencia de género hacia la comunidad LGBTQ, se evidencia un uso apropiativo de los referentes normativos de género contrario al que debió darse según el pensamiento de la diferencia sexual, que hicieron parte fundamental del proceso de tomar el cuerpo en algo propio y de darle contenido a su identidad. Hablar de un uso apropiado tiene el propósito de indicar que todos los tránsitos estuvieron mediados por el ejercicio del poder que produce y organiza lo que se considera femenino y masculino.

Otro aspecto importante sobre las narrativas de este grupo de personas es la presencia del ciclo de la violencia como proceso reiterado que cumple con ciertas etapas y que explica cómo “una relación amorosa” ingresa en la violencia; así como la dificultad de desprenderse de ese vínculo tan peligroso, de igual forma que ocurre en las relaciones heteronormativas.

“Después de sufrir con una pareja que se perdía cuando quería, que tomaba y me sacaba un cuchillo para querer matarme por complejos estúpidos, una noche de tomadera y alcohol, sentí que mi alma se me desprendía de adentro, corrí para el baño, me tranqué y grité a los vecinos los cuales vinieron y me auxiliaron. ¡Si algo bueno tengo es que me considero con suerte de tener buenas personas a mi alrededor! Aquello no termino en tragedia, nos separamos, y después de tres meses nos juntamos a vivir nuevamente[xii].

La pareja comparte tácitamente una serie de permisos que constituyen el telón de fondo para el desarrollo ulterior del ciclo violento.Los testimonios muestran que, antes de instalarse el ciclo, aparecen una serie de datos que preanuncian la historia posterior, que no son correctamente percibidos y evaluados por la víctima, algunas demostraciones de celos desmedidos, posesividad, enojos exagerados, dominación y control. Al decir de Bordieu[xiii], un “proceso donde cobra válidez la realidad de la violencia simbólica”. De tal forma, la violencia simbólica encuentra su eficacia y confirmación en el propio cmportamiento de la víctima, mediante el “amor fatal” que las lleva a entregarse y abandonarse al destino al que socialmente están “consagradas”.

Se constata una reproducción del patriarcado como orden genérico del poder, como estructura en la cual se montan estas relaciones de pareja con orientaciones sexo-eróticas diferentes, basadas en un modo de dominación donde se establece un orden de supremacía unidireccional en cuanto a la dinámica de la vida en pareja. De acuerdo con la reproducción de este orden social, uno de los miembros de la pareja se convierte en objeto, el otro se siente y actúa como dueño que somete, expropia sus creaciones, sus bienes materiales y simbólicos y lacera sus procesos autovalorativos, cosificando a esa persona.

… “las parejas en el mundo de un travesti no son buenas, te explotan y se aprovechan de tú debilidad.  Te obligan a buscar dinero para ellos y tú, que solo quieres que alguien se enamore de ti o te quiera, haces lo que sea necesario”[xiv].

La interpretación fenomenológica de las historias de vida de estas personas LGBTIQ permite visualizar la presencia del ejercicio privado e institucionalizado del poder, el control y el dominio transversalizados por estereotipos sexuales de la socialización genérica en que se nos forma.

[i] Escobar. T. J. (2006). Reflexiones desde la Bioética sobre la exclusión como forma de violencia Revista Colombiana de Bioética, vol. 1, núm. 2, julio-diciembre, 2006, pp. 9-41 Universidad El Bosque Bogotá, Colombia. Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=189217259002.

[ii] Rodgers, G. (1995). Social Exclusion: rhetoric, reality, responses. International Institute for Labour Studies.

 

[iii] Luna. F (2008). “Concepto de vulnerabilidad: impacto de los documentos de investigación”, presentado en las Primeras Jornadas: Psicología y Problemas Éticos en la Sociedad Contemporánea, Facultad de Psicología, UBA.

[iv] Cáceres CF, Talavera VA, Mazín Reynoso R. (2013). Diversidad sexual, salud y ciudadanía. Rev. Perú Med. Exp. Salud Pública.30(4): 698-704.

[v] American Psychiatric Association. Position Statement on Homosexuality and Civil Rights. Am J Psychiat. 1973;131(4):497).

[vi] Hernández. I. (2020)  Estudio de casos. Comunidad Los Ángeles. Marianao, La Habana, Cuba.

[vii] Cáceres CF, Rosasco AM. (1999). The margin has many sides: diversity among gay and homosexually active men in Lima. Cult Health Sex.;1(3):261-75. 

[viii] APA. (2009) Task Force on Appropriate Therapeutic Responses to Sexual Orientation. Report of the Task Force on Appropriate Therapeutic Responses to Sexual Orientation. Washington D.C: American Psychological Association.

[ix] Hernández. I. (2020)  Estudio de casos. Comunidad Los Ángeles. Marianao, La Habana, Cuba.

[x] Ídem.

[xi] Ídem.

[xii] Ídem.

[xiii] Bourdieu P. 2000. “La dominación masculina.”  Anagrama. Barcelona.

[xiv] Ídem.

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