“El poder ideológico del castigo va a tener como personaje principal e inédito el cuerpo”

Michel Focault

La violencia basada en género (VBG) y la marginación son una realidad universal y se presenta en todos los países del mundo, con independencia de su nivel de desarrollo y de especificidades contextuales; por lo que, para comprender este fenómeno, se debe analizar el modo en que el género opera como una forma de opresión subyacente a la propia estructura de nuestras sociedades, a las formas en las que se reparte el poder, se organizan los Estados y a los modos en que comprendemos el Derecho.

Lo antes expuesto conduce a mirar hacia tres referentes fundamentales, al reflexionar sobre los diversos sistemas de opresión asociados con la VBG y su vínculo con el control de los cuerpos sexuados.

El primero, a mi juicio, sería la violencia estructural. Esta abarca la expresión macro de las violencias basadas en género, incidiendo sobre todas las dimensiones sociales y configurando un sistema entronizado en las instituciones y estructuras sociales, cuya producción, reproducción y pervivencia cursa a través de las normas y pautas sociales, de manera sistémica e histórica, al naturalizar las relaciones de poder. De esta forma, se objetiviza a través de la violencia simbólica, de manera sutil y silenciada, sin mediar la coacción física; resulta, por ende, invisibilizada, y de esta manera genera diferentes sistemas de opresión, que a su vez producen desigualdades sociales.

Por ejemplo, aunque dentro de los principios de un Estado estén establecidas en el discurso formal la igualdad, la equidad y la justicia social, esto no siempre se logra en el discurso real, porque está transversalizado por los aprendizajes socioculturales e identitarios presentes en las subjetividades individuales y colectivas. De hecho, al analizar los diseños de políticas públicas y la forma en que están operacionalizadas para su implementación, se constata que dichos diseños obvian las especificidades contextuales y poblacionales, construyendo sistemas de opresión y capas de vulnerabilidades sociales, de forma naturalizada e imperceptible.

De igual manera ocurre al graficar el sistema sexo-género –pensado y expuesto por las ciencias médicas, forenses y criminológicas, fundamentalmente–, del cual han bebido acríticamente el resto de las ciencias, en particular las sociales. En este caso, para explicar lo referido a los asuntos de desigualdades entre los géneros, se acude a un enfoque binario y se evidencia que no es más que un sistema simbólico  heteronormado de la ideología patriarcal, que ordena los géneros y omite sus diversas expresiones, por lo cual se puede decir que es un sistema rígido donde el sexo opera como un dato natural de los cuerpos, inmutables y fijos, y el género está delimitado a una serie de significados culturales que diferencian a mujeres y hombres y que ha marcado pautas relacionales en torno a la sexualidad y los cuerpos sexuados. Por tanto, se han generado sistemas de opresión, no solo desde la relación sexo-género sino también desde la triada sexo-género-deseo, porque se ha castrado históricamente lo plural de las identidades de género y de las orientaciones sexo-eróticas.

Butler refiere, al respecto, que “el género no se trata de significados culturales que recubren un sexo natural, sino que, por el contrario, es el género el que instituye la diferencia sexual como dato de la naturaleza”1. De este modo, la matriz heterosexual que está implicada en el binomio masculino/femenino determina que a cada ser humano le corresponde un género y este, en correspondencia, se determinará a partir de su sexo.

El segundo referente serían las teorías feministas que, como ideologías, han permitido visibilizar los diferentes sistemas de opresión y violencias contra las mujeres. Sin embargo, estos análisis en la primera y segunda Olas del feminismo también se han realizado desde una visión binaria, impidiendo visibilizar la complejidad de las desigualdades de género.

En un primer momento, la teoría feminista, como movimiento social y político, se pronuncia hacia la reivindicación de las mujeres por sus derechos de autonomía e igualdad, desde el esquema de la división sexual del trabajo y sus diferencias entre hombres y mujeres. Así, se inicia una lucha por la igualdad jurídica de ejercer otros oficios que no fueran administrativos o domésticos y que estuvieran mejor remunerados, y/o en igualdad de condiciones con los hombres. En la segunda oleada, correspondiente al feminismo liberal sufragista, se lucha por el derecho de la mujer al voto, los derechos educativos, civiles; por compartir la patria potestad de los hijos con el hombre y se defiende la idea de que el sistema patriarcal es el verdadero responsable de las opresiones hacia las mujeres.

Sin embargo, se siguen obviando otras dimensiones sociales como la diversidad de situaciones entre las mujeres, que las coloca en situaciones de vulnerabilidad ante las violencias de género, y las muertes por razones de género.

Estos análisis comienzan a ser colocados por el feminismo contemporáneo, cuyas principales exponentes han sido María Betania Ávila, Verónica Ferreira, Alicia Girón, Eugenia Correa, la propia Butler, Betty Friedman o Kimberlet Williams, teóricas que abordan el debate de abolición de la violencia contra la mujer con el lema “lo personal es político”, con el objetivo de derrocar el estereotipo sexualizado y luchar por el reconocimiento de la diversidad de la mujer, de manera relacional, en cuanto a género, etnia, color de la piel, país, territorialidad, orientación sexual, entre otras.

Esta tercera oleada, más próxima al feminismo marxista, elabora propuestas teóricas críticas sobre las relaciones de poder entre los sexos, que contienen una voluntad ética y política de transformación social. Permite, desde un enfoque interseccional, no solo identificar el cómo se instaura y se construye el poder; sino qué sucede cuando confluyen otras variables discriminatorias como la edad, el sexo, la identidad de género, la orientación sexual, la discapacidad, la racialidad y otras múltiples variantes de discriminación sistémica; que no solo sufren las mujeres, sino que incluyen, según diversidad de expresión de género, a los cuerpos sexualizados y todos sus atributos simbólicos representativos de las identidades de género no heteronormativas que trasgreden las normas del patriarcado.

Es por ello que la interseccionalidad, como enfoque, es el tercer referente que debemos utilizar para promover la comprensión de los seres humanos según la interacción de diferentes categorías sociales (por ejemplo, «raza» / etnicidad, indigencia, género, clase, sexualidad, geografía, edad, discapacidad / capacidad, estado migratorio, religión). Estas interacciones ocurren dentro de un contexto de sistemas conectados y estructuras de poder (como leyes, políticas, gobiernos y otras uniones políticas y económicas, instituciones religiosas, medios de comunicación). A través de tales procesos se crean formas interdependientes de privilegio y opresión moldeadas por el colonialismo: el imperialismo, el racismo, la homofobia, el capacitismo y el patriarcado.

Este enfoque –que abarca varias identidades sociales que solapan a un individuo y a sus capas de vulnerabilidad– frente al ejercicio de la VBG ofrece la posibilidad de analizar, más allá de las identidades individuales o de las preocupaciones específicas de los grupos, elementos que son ineficaces para explicar los matices de los procesos relacionales de la vida cotidiana, así como los impactos injustos de las políticas desde sus diseños y formas de operar, que generan vulnerabilidades sociales. Igualmente, conduce a explorar nuevos enfoques de investigación y políticas para comprender las conexiones entre las estructuras que conforman a poblaciones diversas.

Esta mirada genera información nueva y más completa para comprender mejor los orígenes, las causas fundamentales y las características de los problemas sociales y, en particular, de las violencias basadas en género, conformando respuestas más efectivas y eficientes que las que proporciona un enfoque de «talla única», como lo es el binario, para resolver las desigualdades sociales persistentes y crecientes asociadas al problema. Al establecer un análisis multinivel, como el que propone el enfoque interseccional, se ha de tener en cuenta que el poder opera en niveles discursivos y estructurales para excluir algunos tipos de conocimientos y experiencias; da forma a las posiciones y categorías de los sujetos (por ejemplo, «raza» y la racialización y el racismo). Pero también el poder es relacional y una persona puede experimentar simultáneamente poder y opresión en diferentes contextos, en diferentes momentos.

Ante este posicionamiento, ser feminista en estos tiempos es ser una persona que busca desligar la discriminación por género desprendiéndose de los tabúes sexuales que oprimen y reorganizan nuestras sociedades, en el sentido de derribar los límites entre sexo y género y sus representaciones a través de los cuerpos sexuados.

A modo de reflexiones finales

  • El sistema sexo-género debe ser desmontado, reorganizado, mediante la acción política. Debe apuntar a la eliminación del sistema social que crea el sexismo y las relaciones sociales fragmentadas en categorías hegemónicas que, a su vez, producen privilegios y opresiones.
  • La opresión y la discriminación son dos formas que incapacitan y generan injusticias.
  • El derecho a la igualdad consiste en ser tratado con la misma consideración y respeto. Su justificación se deriva directamente de la atribución a todos los seres humanos de la idéntica calidad de agentes morales.
  • La igualdad es todavía un principio modesto, puesto que, si bien nos sirve para negar cualquier discriminación en el igual acceso a las libertades individuales, es inútil si no va acompañada de satisfacción de las necesidades suficientes para poder ser libres realmente.
  • De acuerdo con un enfoque de interseccionalidad, las inequidades nunca son el resultado de factores únicos y distintos. Más bien, son el resultado de intersecciones de diferentes ubicaciones sociales, relaciones de poder y experiencias.
  • Las relaciones y las dinámicas de poder entre las ubicaciones y los procesos sociales (por ejemplo, el racismo, el clasismo, el heterosexismo, el habilismo, el envejecimiento, el sexismo) están vinculadas. También pueden cambiar con el tiempo y ser diferentes, según la configuración geográfica.
  • Hoy día el feminismo no concibe géneros. Tanto un hombre como una mujer o cualquier otra persona en representación de las diferentes expresiones de género puede tener una postura ideológica feminista, en defensa de los derechos y el desarrollo humano sostenible.

1 Butler, J. (2007). El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Disponible en: http://www.scribd.com/insurgencias. 

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