La Habana, Cuba (SEMlac). – Hay un mandato que se repite, con variaciones, en numerosas culturas: un hombre no llora, no pide ayuda, no expresa lo que siente, resuelve en solitario aquello que le preocupa o le duele.
Esa educación de género reproduce un modelo de masculinidad hegemónica, enseñado desde la infancia como sinónimo de fortaleza, autosuficiencia y control. Sus efectos, sin embargo, pueden ir mucho más allá de lo cultural o lo simbólico y tener un costo que rara vez se nombra: en algunos casos, el de la propia vida.
Las cifras sobre suicidio en el mundo —y en Cuba— dan cuenta de esa realidad y muestran que transformar esos patrones es también una cuestión de salud pública.
Tras conmemorarse el 10 de septiembre el Día Mundial para la Prevención del Suicidio —y en medio del llamado mes “amarillo”, que llama a la concientización sobre esta problemática—, sigue siendo motivo de preocupación la elevada proporción de hombres que fallecen por esta causa.
Ellos mueren más, ellas lo intentan con mayor frecuencia
A escala mundial, la tasa de suicidio masculino duplica la femenina: 12,6 frente a 5,4 por cada 100.000 habitantes, según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS). En las Américas, la distancia se amplía: en 2021 murieron por esta causa cerca de 3,7 hombres por cada mujer.
El patrón se invierte cuando se habla de intentos de suicidio, más frecuentes entre las mujeres, en una proporción cercana a cuatro por cada hombre. Una de las explicaciones señaladas es que ellos suelen recurrir a métodos más letales, lo que eleva la probabilidad de que el intento termine en muerte.
Cuba no escapa a esta tendencia. Las estadísticas oficiales de mortalidad del país así lo reflejan. De acuerdo con el Anuario Estadístico de Salud, en 2024 se contabilizaron 1.347 muertes masculinas por lesiones autoinfligidas intencionalmente, lo que representa una tasa bruta de 27,5 por cada 100.000 hombres. Un año antes la cifra había sido de 1.404 muertes, para una tasa de 27,7.
En 2023, esta causa ocupó el undécimo lugar entre las primeras 35 causas de muerte masculina en Cuba. Entre las mujeres, en cambio, se ubicó en el puesto 32 de su lista de mortalidad, con 283 fallecidas en 2023 y 282 en 2024.
Un problema de salud pública global
El suicidio se mantiene entre las principales causas de muerte en el mundo. Según estimaciones de la OMS, en 2019 afectó a más de 700.000 personas, una de cada 100 muertes registradas ese año. La organización calcula que la cifra actual ronda los 727.000 decesos anuales, lo que equivale, de acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), a una muerte por suicidio cada 40 segundos.
Entre las personas jóvenes de 15 a 29 años, es la cuarta causa de muerte, solo por detrás de los traumatismos por accidentes de tránsito, la tuberculosis y la violencia interpersonal.
Mientras las tasas de suicidio bajaron un 36 por ciento en el mundo entre 2000 y 2019, en la Región de las Américas ocurrió lo contrario: aumentaron. La OPS ha identificado a esta como la única región de la OMS donde el indicador ha crecido en las últimas dos décadas. En 2021 murieron por esta causa alrededor de 100 760 personas en el continente.
¿Qué hay detrás de la brecha?
Investigaciones de la OPS y la OMS asocian las construcciones tradicionales de masculinidad —resolver los problemas en soledad, ocultar el miedo o la tristeza, evitar mostrar vulnerabilidad, pedir ayuda solo cuando la situación es insostenible— con una menor búsqueda de apoyo profesional, así como con un mayor consumo problemático de alcohol y otras conductas de riesgo.
La psicóloga Carla Padrón Suárez, del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), abordó este vínculo en un trabajo anterior de SEMlac en febrero de 2022. Según explicó, muchos hombres terminan por asumir comportamientos de riesgo para aparentar que no le temen a nada.
Entre ellos mencionó el descuido de la propia salud: ir al médico suele percibirse como una muestra de debilidad, lo que explicaría en parte por qué mueren de enfermedades a edades más tempranas que las mujeres.
La especialista se refirió también a las muertes por accidentes, hasta diez veces más frecuentes entre hombres, un dato que vinculó a esa misma educación de género. Sobre el suicidio, precisó que el índice es significativamente mayor entre ellos y apuntó a un factor psicológico específico: la posibilidad de intentarlo y no lograrlo se vive, para algunos, como quedar en ridículo.
A estos elementos se suman factores de contexto identificados por la OPS en investigaciones regionales, que inciden de forma distinta según el sexo: entre los hombres, el desempleo, el consumo de alcohol y otras sustancias, y la violencia interpersonal aparecen asociados a tasas más altas de suicidio.

El lema de este año del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, «Cambiar la narrativa sobre el suicidio», y su llamado a la acción, «Iniciar la conversación», apuntan en esa dirección: abrir espacios donde los hombres puedan hablar de lo que sienten sin ser juzgados, ni vistos como menos hombres por hacerlo.
La OMS y la OPS insisten en que la prevención requiere fortalecer los servicios de salud mental, reducir el estigma y ampliar el acceso a la atención.
El reto es considerable. Según el Atlas de Salud Mental de las Américas, de la OPS, los países de la región destinan una mediana de apenas el tres por ciento del gasto público en salud a esta área, y cuentan con 14,9 trabajadores de salud mental por cada 100.000 habitantes, con diferencias importantes entre subregiones.
Solo 38 países en el mundo cuentan con una estrategia nacional específica de prevención del suicidio, un número insuficiente frente a la meta de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de reducir en un tercio la tasa mundial para 2030, indica la OMS.
El organismo internacional reconoce, además, la necesidad de luchar contra la estigmatización existente alrededor de este problema, pues disuade de buscar ayuda a muchas personas que piensan en quitarse la vida o tratan de hacerlo y, por lo tanto, les impide recibir la ayuda que necesitan.
Pero la prevención del suicidio, insiste la OMS, también implica que como sociedades se apueste por construir masculinidades en las que pedir ayuda no sea una derrota, expresar dolor no sea una vergüenza y cuidar de sí mismo sea parte del “modelo” de ser hombre.

