A lo largo de los años en los que he desempeñado activismos lésbicos —tanto como integrante del grupo “Labrys” (perteneciente a la Red de Mujeres Lesbianas y Bisexuales de Cuba Red MLyB] y asociado al Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), como co-creadora de “Com_una hereje” (proyecto cultural independiente, feminista y lésbico, que posee un fanzine homónimo)—, he colaborado en diversos espacios con otros grupos de activismos, también orientados a la comunidad LGBTIQ+ de Cuba.

Como filóloga, uno de los aspectos que suelo tener en cuenta en las actividades que realizamos es, precisamente, el uso del lenguaje inclusivo. Si bien se observa un conocimiento generalizado (más bien vago) sobre su existencia —en especial entre las personas más jóvenes, con acceso a la tecnología—, la mayoría de la población desconoce su propósito y pertinencia; es decir, a qué necesidades responde.

El lenguaje inclusivo, como indica el término, busca dar respuesta a la representación y el reconocimiento de aquellas personas cuyas identidades de género no se identifican estrictamente con el sistema binario que nuestras culturas predisponen (género femenino, homologado a la categoría “mujer”; o género masculino, homologado a la de “hombre”). Hablamos, pues, de las personas no binaries.

Las personas no binaries —también llamadas personas de género no binario— intentan construir su identidad al margen del binarismo. En cambio, para las personas de género fluido, la identidad de género permanece dentro del sistema binario, aunque puede fluctuar y alternar entre la identidad femenina y la masculina. También existen personas de género fluido cuya identidad oscila entre la femenina o la masculina y la identidad no binaria, pero sin negar la existencia del género como categoría, algo que sí promueven las personas agéneros. Estas últimas no consideran válida la categoría de género para definirse a sí mismas, al creer que reduce y circunscribe la existencia humana a la hegemonía cis-hetero-patriarcal que rige la mayoría de nuestras culturas y sociedades.

Si se parte de este principio, se entenderá que algunas variantes del lenguaje inclusivo no incluyen a todas las identidades de género. “Todes” no incluye a “todas”, ni a “todos”; solamente a elles, las personas no binaries.

Esta es una de las principales confusiones que he percibido entre quienes usan el lenguaje inclusivo al interior de nuestra comunidad LGBTIQ+ cubana. Lingüísticamente, se tiende a sustituir el mal llamado masculino genérico universal (dígase, el “todos”) por el “todes”, lo cual constituye un error —a mi entender activista, personal y filológico—, ya que deja fuera a las demás identidades…algo similar a cuando se restringe la humanidad —tan amplia y diversa— al “hombre”, dejando fuera a las mujeres (cis y trans, heterosexuales, lesbianas, bisexuales, queer…), las personas de género fluido, las personas no binaries, las personas agénero, las personas intersex…e inclusive, a los hombres trans.

Por otra parte, aunque entre las personas LGBTIQ+ activistas de nuestro país no he encontrado una marcada oposición al uso del morfema genérico “-e”, debo señalar que, al igual que en otros territorios y contextos, sí es evidente una resistencia al uso de la “-a” como morfema de género, hasta en aquellos espacios y actividades donde las mujeres (cis y/o trans) conformamos la mayoría de quienes participan.

Nosotras, desde nuestros activismos, apostamos por la visibilidad: visibilizamos nuestras resistencias lésbicas, ecofeministas, decoloniales y amoras; pero, también, mostramos apoyo a otras causas hermanas de la comunidad LGBTIQ+, ya sean dentro o fuera de la isla. Esta es una de las razones por las cuales insistimos en la necesidad de reconocer el carácter político del lenguaje, así como en la de hacer un uso adecuado del lenguaje inclusivo, aplicándolo según los contextos y las identidades de las personas involucradas.

En 1989 fue publicada la primera novela lésbica feminista mexicana: Amora, de Rosamaría Roffiel. El título hace referencia a la forma cariñosa (Amora) mediante la cual Claudia llama a Guadalupe, la protagonista y narradora, con quien mantiene una relación amorosa. Desde hace varias décadas, haciéndole un guiño a la novela, “amora” ha sido un término utilizado al interior de los activismos lésbicos y feministas del Abya Yala (Latinoamérica) y el Caribe. Posee un matiz político y busca reivindicar las existencias lésbicas/sáficas. Asimismo, las mujeres lesbianas/sáficas lo empleamos entre nosotras, como una forma afectuosa de reconocimiento mutuo.

El lenguaje puede anular, condenar o reivindicar nuestra existencia. Lo que no se nombra, no existe y, si no nos escuchamos ni nos leemos, nuestro derecho a ser, a habitar esta tierra, se hallará indudablemente en peligro, porque esos mensajes que nos demeritan los escuchamos y leemos todas, todes y todos, y habrá quienes se crean con la potestad de eliminarnos de la página de la vida.

Tal y como lo ilustra la catedrática de Filología Inglesa de la Universidad de Alcalá, Mercedes Bengoechea en su artículo “En relación al Informe de la RAE sobre el uso del lenguaje inclusivo en la Constitución” —que recomiendo enfáticamente por su calidad ética, filológica y humana— , la Real Academia Española (RAE) ha contradicho a numerosas instituciones políticas (que abarcan desde la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) hasta los gobiernos locales), al justificar su rechazo al lenguaje inclusivo mediante la afirmación de que la mayoría de nuestras personas hablantes usa el masculino genérico:

Causa sorpresa porque si las instituciones […] han decidido intervenir en las lenguas de la mayoría de los países de nuestro entorno es precisamente porque la mayoría de todos esos países recurren a usos que esconden la presencia de las mujeres. Si se tratara de usos minoritarios, o de hablantes con poca relevancia social, no habría habido lugar para la intervención legislativa. Nuestras sociedades llevan siglos sin prestar atención a la presencia, logros o necesidades de las mujeres: esa desconsideración (que se podría tildar de maltrato) se refleja cabalmente en la preferencia por usos lingüísticos que no las tienen en cuenta. Por tanto, no resulta admisible apelar a que “se trata de un uso mayoritario” porque es ahí donde radica el problema al que las instituciones europeas y españolas pretenden poner coto: las recomendaciones europeas y la ley de igualdad justamente alientan a que se evite, de forma institucional, que siga siendo un uso mayoritario.

En España, como resume Bengoechea, históricamente la RAE se ha resistido a los cambios sobre el uso del femenino:

Cuando en los años 90, siguiendo las recomendaciones europeas, se pidió a la RAE que ofreciese en su diccionario el femenino de las más de seiscientas entradas de profesión que figuraban solo en masculino, la institución respondió evasivamente sugiriendo: nombrad y cuando en la sociedad se extiendan esos femeninos, los incluiremos en la Norma. (…) Ha costado más de 30 años, pero la lista de profesiones del DLE (Diccionario de la lengua española) de hoy es casi idéntica a aquellos nombres profesionales y de oficios que el Instituto de la Mujer aconsejaba en 1994.

Esta respuesta no difiere mucho de la que ha ofrecido la RAE ante el cuestionamiento de activistas, instituciones políticas y hablantes por su negativa a la aceptación del lenguaje inclusivo porque, según quienes conforman la RAE, su función no es impulsar, dirigir ni frenar los cambios lingüísticos. Aunque sea una obviedad, es preciso recalcar que esta institución la dirigen y la integran personas, lo cual anula la imparcialidad e implica, en cambio, la presencia de intereses políticos y económicos detrás de las decisiones que se toman.

De un modo similar a como se descarta cómo experimentan les hablantes no binaries el lenguaje hegemónico (entiéndase como aquel cuyo principal emisor y receptor de los mensajes es el hombre blanco, cisgénero y heterosexual, preferiblemente de clase alta y afín a alguna religión, a quien se sitúa como único sujeto histórico y como única voz válida), la RAE ha demostrado un franco desinterés en cómo nos hemos sentido y nos seguimos sintiendo las mujeres frente al uso del masculino genérico. Así lo valora Bengoechea en el texto ya citado:

Los experimentos de la psicología realizados en lenguas que lo emplean (hebreo, francés, alemán, español…) son concluyentes: las mujeres solicitan menos trabajos ofertados en masculino que trabajos ofertados en lenguaje no sexista; sienten que son menos idóneas para profesiones cuya descripción utiliza solo el masculino genérico; se presentan a menos premios cuya convocatoria se haga exclusivamente en masculino; no se sienten representantes prototípicas de las categorías profesionales; recuerdan mejor las historias que no usan masculino genérico; se autoevalúan peor cuando los cuestionarios están redactados en masculino genérico; se autoexcluyen más de promociones anunciadas en masculino genérico; en las entrevistas de trabajo se sienten menos identificadas con puestos de trabajo nombrados en masculino genérico; no se sienten igual de bien recibidas en empresas que califiquen su puesto en masculino; y a las niñas se les dificulta aspirar a trabajos nombrados solo en masculino, además de producirles una bajada de su rendimiento y de su nivel de esfuerzo en asignaturas como matemáticas; etc. La lista anterior es un pequeño resumen de las varias investigaciones llevadas a cabo; en todos los casos el uso del masculino genérico no tenía intención sexista, pero producía efectos adversos: las mujeres tenían, sin ser conscientes de ello, sentimiento lingüístico de exclusión.

Pero, como revela esta autora, el hermetismo de la RAE no está exento de quiebres y ranuras: hay una puerta…

Puesto que en los procesos de innovación y cambio, según admite, “la Academia se limita a ser testigo del empleo colectivo mayoritariamente refrendado por los hablantes”, se impone fomentar los usos que no dejen lugar a dudas sobre la presencia femenina o aquellos que acojan y representen felizmente a todos los seres humanos, para que la RAE no se escude en su falta de uso para proscribirlos.

Mi consejo como letrada para todas, todes y todos: no veneréis a la RAE. No esperéis su aprobación para hablar de diversidades, para abogar por el respeto, la empatía y la sororidad. Tampoco os ofusquéis pensando en cumplir con la “economía del lenguaje”. La economía del lenguaje no abarca la pluralidad, la maravilla de vidas e historias. Y nunca lo olvidéis: la economía del lenguaje no es arbitraria, ni equitativa: no cree necesario saludar a María, a Ale y a Pedro por igual.

El lenguaje inclusivo es una herramienta que nos permite no olvidar verdaderamente a nadie. Todas las directrices académicas, guste o no, responden a una finalidad política; a perpetuar invisibilidades, subalternidades; a decidir quiénes merecen nombrarse. Pero, en última instancia, somos las personas hablantes quienes hacemos la lengua. Quienes generamos el cambio en cada conversación, con los “buenos días” y las “buenas tardes”. Saludemos, pues, a María, a Ale y a Pedro.

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