Cada vez más intento buscar alternativas para seguir apostando por una mayor sensibilización con el tema de la violencia de género hacia la mujer. Mi arma fundamental se convierte en la reflexión crítica, con énfasis en resultados de investigaciones, producción científica, discusiones de expertos; pero, sobre todo, en la vivencia de muchas mujeres, madres, hijas, profesionales, amas de casa, jóvenes, adultas, de la ciudad, del campo que se enfrentan en su cotidianidad a expresiones machistas, una veces sutiles, otras evidentes.

El tema no se agota, nunca se podrá agotar, sobre todo cuando escucho a mi vecino conversar con su hijo y al referirse a la madre expresa: “tú mamá no trabaja ni hace nada, mira qué hora es y todavía no está la comida” (que conste que ya a esas alturas la mujer hizo dos colas para garantizar el sustento del día).

Por esta razón siento especial interés en seguir hurgando en las causas de por qué se percibe el trabajo doméstico y la mujer como un binomio indivisible y necesario en la tradicional división sexual del trabajo, y la desigualdad evidente frente al manejo del tiempo, roles y responsabilidades en el hogar, entre todos sus integrantes.

En general, todas las personas de la familia participan del trabajo en el hogar, lo que pasa es que lo hacen de manera jerarquizada y diferenciada. Esta división, a lo interno de la familia, muchas veces reproduce la pirámide social culturalmente aprendida, en la que las mujeres ocupan, generalmente, la base. Esto genera una asunción o adjudicación de roles en que las tareas más pesadas, por su contenido simbólico y reiterativo, a la misma hora, bajo un ritual consensuado o muchas veces impuesto, les toca a las propias mujeres, quienes las asumen con una mayor responsabilidad y compromiso identitario que el resto de los integrantes de la familia.

Los hombres, en cambio, también suelen realizar tareas en el hogar, con la diferencia de que estas no constituyen una preocupación o responsabilidad permanente. Por ello es que al interior de muchas familias se construyen y reafirman jerarquías sociales que son consideradas universales y se basan en relaciones de poder típicas de una sociedad que otorga prerrogativas y privilegios de dominio al sexo masculino, lo que refuerza la concepción de una sociedad machista y patriarcal.

Trabajo doméstico no remunerado: espacio exclusivo de la mujer

A nivel internacional se evidencia la magnitud de esta brecha de género, enmarcada en la denominada división sexual del trabajo. Los resultados corroboran la distribución inequitativa entre los integrantes del hogar en el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, con mayor participación de las mujeres. De acuerdo con la OIT (2018), a nivel mundial las mujeres destinan en promedio tres veces más de su tiempo que los hombres a actividades no remuneradas, mientras que los hombres destinan dos veces más de su tiempo a actividades remuneradas.

Al hablar acerca del espacio doméstico y las obligaciones que encierra, muchas mujeres expresan cierto desagrado. En reciente análisis realizado a partir de una asociación de ideas con un grupo de 30 mujeres de diversas edades y sectores, en la que debían referirse a cuál es la principal sensación que experimentan ante las tareas domésticas, 70 por ciento dijo, de manera explícita, “no soportarlas”, mientras que 30 por ciento restante las describió como parte de una rutina que incorporan de manera acrítica a su cotidianidad.

Al seguir profundizando en el tema con ese grupo de mujeres, resultan interesantes los argumentos que exponen para justificar dicha asociación. El 90 por ciento de las entrevistadas refiere que el malestar está dado, fundamentalmente, porque el espacio del hogar y las tareas que esto conlleva son privativos de la mujer, cuestión que implica, a juicio de la mayoría, una sobrecarga de la cual no logran desprenderse. El reconocimiento de otros miembros de la familia de la necesidad de compartir tareas no se ajusta a la demanda real: “mi marido dice que él hace los trabajos pesados de la casa y que entonces lo otro lo tengo que hacer yo; claro, lo que él no se da cuenta es que la llave del fregadero se rompe una vez al año, la pintura de la casa se hace una vez cada dos años y lavar, cocinar, fregar, limpiar, hacer las tareas, buscar mandados, es todos los días… no me parece justo”, refiere una de las entrevistadas.

Para el restante 10 por ciento, naturalizar que las tareas domésticas son responsabilidad de ellas forma parte de una rutina de vida que no es cuestionable. “Para qué le vas a decir a un hombre que lave o friegue, si al final tienes que venir atrás tú y lavar y fregar nuevamente, porque ellos no saben. Es mejor hacerlo todo una para no trabajar doble”. Esta expresión, que refiere una de las participantes y comparte la mayoría, denota que algunas mujeres asumen esa asimetría en las labores domésticas como parte de la reproducción acrítica de los roles asumidos. Al final, lo cuestionable está en cuántas de ellas han experimentado otros espacios de libertad y autorrealización, de manera que la asunción de roles domésticos, con la carga que implica, sea una convicción y no un deber.

Desatando los nudos de la familiaridad acrítica

Hablar del trabajo doméstico, el condicionamiento social que esto implica para hombres y mujeres, los roles que son asignados tanto en el espacio público como en el privado, es referirse a una serie de mitos culturales que justifican la estructura de las sociedades jerárquicas y discriminatorias.

Precisamente, uno de esos mitos, que sostienen las sociedades patriarcales, es el referido a que las labores domésticas constituyen un espacio privativo para las mujeres, por su relación cercana con la reproducción biológica. Ciertamente, como mito al fin, cada vez pierde más credibilidad. Pero, en la mayoría de las sociedades modernas, el trabajo doméstico es y ha sido considerado como el “reino de la feminidad”.

El trabajo doméstico muchas veces ocurre desde un espacio de ejercicio de violencia de género, que refleja la asimetría existente en las relaciones de poder entre hombres y mujeres, y perpetúa la subordinación y desvalorización de lo femenino sobre lo masculino. Bajo la sombrilla de un patriarcado cada vez más enquistado en las subjetividades individuales y colectivas, muchas mujeres suelen vivir oprimidas de forma estructural, limitadas del ejercicio de expresión plena, teniendo como base las dinámicas culturales, estereotipos, roles de género y por medio de distintos mecanismos, que incluyen la violencia en todo su espectro.

Desatar los nudos de estas asimetrías estructurales, de los modelos mentales y de las representaciones subjetivas del trabajo doméstico seguirá siendo un desafío que nos convoque a seguir abogando por una equidad y una justicia social senti-pensante, que apueste cada vez más por reducir esas brechas de inequidad que impiden, a muchas mujeres, soñar y vivir.

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