A lo largo de la historia de la humanidad, la imagen corporal ha estado vinculada a diferentes formas de violencias. Ha constituido, además, un identificador de las personas según las diversas regiones de procedencia y sus singularidades. En muchos lugares se marcan algunas partes del cuerpo al nacer o en determinada etapa de la vida, concediéndole significados relacionados con la jerarquía, la madurez, el estatus o, simplemente, para distinguir el grupo al que se pertenece.

En tiempos de esclavitud, etapa incuestionable de violencias exacerbadas, las personas convertidas en esclavas eran subastadas de acuerdo a su físico: se les medía su estatura y fuerza, se revisaba su dentadura, la cual daba cuenta de la edad y la salud en función del empleo al que serían destinadas. En aquel entonces la violencia estaba naturalizada, era permanente y visible. Toda vez que quien ostentaba el poder lo decidía todo, el cuerpo no le pertenecía a su portador, sino a su dueño. Hubo mucho sufrimiento, sobre todo para las mujeres, pues las consideradas “hembras”, atractivas o no, se convertían en objetos sexuales de sus dueños. Muchas fueron “madres de leche” de los hijos del amo, incluso se les prohibía amamantar a sus propios hijos e hijas, aprovechando el preciado alimento solo para los descendientes de esclavistas.

De una región a otra, los patrones de belleza cambian, por lo que un cuerpo que resulte atractivo en la Antártida puede no serlo en la Selva Amazónica. Asimismo, los atuendos que identifican y distinguen a una región de otra suelen ser muy diferentes y no pocas veces son violentados y despreciados por no responder a las formas más convencionales e impuestas por determinadas civilizaciones que ostentan más poder, sin aceptar que cada cultura muestra los atuendos que le identifican.

La imagen corporal ha sido motivo de angustias, complejos, abusos, querellas; pero también de satisfacciones, orgullo, riqueza, vanidad y polémicas que dan al traste con lo moderno, lo bello, lo civilizado, lo auténtico. Durante el curso de la vida, la imagen del cuerpo tiene mayor o menor relevancia. En la infancia, generalmente, la imagen corporal la manejan las madres y padres, aunque cada vez más tempranamente los pequeños y las pequeñas demandan su autonomía para ponerse las ropas y adornos que les gustan. Algunas familias saltan etapas y visten a niñas y niños como personas adultas, incluso con atuendos eróticos; sin percatarse de que, al violentar etapas desde lo estético, pueden estar llamando la atención de terceros, entre quienes se puede despertar, incluso, una atracción sexual indeseada.

Algo similar ocurre con el baile: algunas familias estimulan a sus hijos e hijas a mostrar en público sus habilidades en relación con determinados ritmos y celebran con orgullo los movimientos aprendidos, con los que imitan lo visualizado generalmente en algún audiovisual –muchos de los cuales son esencialmente expresiones de erotismo–, pudiéndolos exponer a situaciones riesgosas en su entorno comunitario. Sin tener conciencia, pueden exacerbar o despertar en otras personas algún deseo sexo-erótico.

El cuerpo humano, en su evolución, se ha expresado de diversas formas según el momento histórico, conformándose patrones de “belleza” que identifican a las personas. También, de acuerdo a determinados cánones de belleza y fenotipos, se tiene en cuenta la imagen según el objetivo para el cual se destine: arte, deporte, determinados trabajos, sexualidad, en fin, para lo que vaya a ser utilizado. Generando, en no pocas ocasiones, que esta manipulación de la imagen lleve a situaciones de violencia.

En períodos más contemporáneos, para muchas personas la imagen corporal resulta muy importante, incluso tanto que llegan a enfermar cuando no cumplen con los patrones de moda. Esta actitud es típica de la adolescencia. Muchachas y muchachos, en ocasiones, pueden incluso llegar a la anorexia por tal de bajar de peso, ponen en riesgo su salud y generan preocupaciones en sus familias. Estos comportamientos constituyen autoagresiones y llegan a requerir atención médica para encontrar una solución.

Por estos tiempos, los tatuajes se han puesto de moda, pero en no pocas familias la preferencia de adolescentes por tatuarse alguna parte del cuerpo ha provocado dilemas y hasta situaciones violentas entre padres, madres e hijos e hijas, por no comprenderse que la vuelta al tatuaje está asociada a nuevos significados.

Si bien la imagen corporal es importante como parte de la identidad, de sentirse bien con uno mismo y con el grupo o grupos de los cuales se forma parte, el ser humano es mucho más que un cuerpo, resultando un complejo íntegro donde la psiquis también da cuenta de identidad, de quiénes somos. Valorar a las personas por como lucen –y no por quienes son–, ha constituido un debate público no solo de filósofos y profesionales, sino de personas que aman la vida, a la cual consideran mucho más de lo que se ve de cada individuo.

Por lo general, adolescentes de ambos sexos no solo comparten espacios comunes, sino que se convierten también en críticos de sí mismos y sus coetáneos. En unos casos más que en otros, llegan a ser incisivos, crueles y hasta violentos con quienes identifican como objeto de burla. En estos tiempos, la imagen corporal ha sido objeto de satisfacción para algunos y de bullying para otros. El bullying escolar, por solo poner un ejemplo, arrastra sobre todo a adolescentes, al poner en ridículo a otras personas de su entorno para provocar risas y generar una situación en la que la víctima queda mal parada, siente pena, vergüenza, hasta complejo de inferioridad y, aunque trata de escapar, quienes le agreden disfrutan cuando intenta de salirse de ese embarazoso momento.

No siempre los adultos se percatan de cuándo alguien está sufriendo bullying. En la escuela, generalmente, esperan la salida o los horarios de receso y los profesores quedan al margen o no le dan importancia. Incluso, algunos consideran que los burlados deben aprender a defenderse; solo que, en los intentos de defensa, quedan lastimados y eso es otra forma de generar violencias. Algunos padres y madres, cuando conocen del hecho, incitan a la violencia, “a aprender a defenderse”.

Sin embargo, este fenómeno es muy viejo y especialistas aconsejan tratar el asunto desde las dos partes. Todo grupo de personas está constituido por individuos, los que por su naturaleza son diferentes. El ser humano es irrepetible y esta condición es suficiente para poder asimilar que los rasgos físicos de cada cual no deberían provocar ni generar crítica o burla, pues se trata de una imagen asociada en este caso al cuerpo, que no se escoge y es el resultado de la combinación genética de los progenitores. Quienes usan espejuelos no lo escogieron, sencillamente tienen un déficit visual que se resuelve con la ayuda de lentes de contacto, o con gafas graduadas. Hay quienes tienen pelo rojo, mucha altura; poco o mucho peso, en fin, existen muchas personas diferentes.

En el entorno escolar ocurre también que muchachas y muchachos a veces deciden pertenecer a los grupos de quienes hacen bullying, por tal de no terminar siendo víctimas. Esta situación ocurre con frecuencia, sobre todo en la enseñanza media, pero comienza en la primaria y está suficientemente descrita como para dedicarle más tiempo desde el proceso de formación educativo. Sí, porque es un problema social, sobre todo para los que resultan objeto de burla por su imagen física, por sus rasgos, esas personas que no pueden o no quieren cambiar; pues nadie está obligado a modificar su imagen para no ser objeto de crítica.

La imagen corporal, hasta cuando es admirada, debe ser objeto de un proceso de formación, de manera que cada cual aprenda a proyectar aquella apariencia con la que se siente identificada, satisfecha, a la que puede defender, pues ese proceso de formación le permite escudar y proteger cualquier agresión externa.

Amarse a sí mismo es un punto de partida importante para interactuar en sociedad, para enfrentar la vida por dura que sea. Existir implica un todo: cuerpo y mente; es la resultante de un entramado que identifica a cada persona. Nadie está exento de sufrir algún tipo de violencia, entonces será mejor preparar a las generaciones más jóvenes, sobre todo, para que no violenten; pero también para entender que a veces ocurre y hay que estar listos para revertir y enfrentar esas violencias.

En ocasiones se necesita ayuda para neutralizar alguna situación de violencia, en otras se requiere de fortaleza espiritual para contrarrestar cualquier incidente. A veces la burla es provocada por algo que se puede mejorar, como la higiene, pero eso no justifica ningún tipo de maltrato.

La imagen corporal es intrínseca a cada persona; las diferentes formas de violencias son aprendidas. Entonces, hay que aprender a mitigar los efectos tan dañinos que provocan estas últimas, sobre todo cuando van dirigidas a esa apariencia individual. ¡Nada justifica las actitudes violentas! No obstante, existen. En la infancia y la adolescencia se puede aprender a entender por qué ocurren y cómo neutralizarlas; se necesita de una mirada crítica para revertir la situación y que sean desarmados quienes agreden. Para eso se requiere voluntad, sabiduría y, sobre todo, querer el bienestar de todas y todos, optar por esa justicia social tan merecida por cualquier ser humano. Desmontar las violencias desde el razonamiento y las emociones contribuirá a convivir en sociedades más saludables

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