Desde hace algunos años, algunos sectores del catolicismo y diversos grupos evangélicos, en Cuba y Latinoamérica, argumentan la existencia de una “ideología de género” que, según exponen, ha penetrado de manera muy inquietante las políticas educacionales y culturales de la región estimulando la desobediencia y el libertinaje en infantes y adolescentes.

La actitud fundamentalista de estos sectores propicia un clima cada vez más conservador e intolerante ante el derecho de todas las personas a una vida digna, con equidad, inclusión y justicia social. La defensa a ciegas de preceptos basados en la ignorancia; la difusión de falsos argumentos y verdades a medias, como doctrinas de la iglesia; junto a la presentación de demandas minoritarias como propias de la generalidad de la sociedad cubana han puesto en tela de juicio las conquistas alcanzadas por la Revolución cubana a favor de los derechos de la mujer y la comunidad de lesbianas, gays, personas trnas, bisexuales, intersexuales y queer (LGTBI+). 

La campaña contra el matrimonio igualitario y el derecho a legitimación social de las familias diversas, entre los debates del Referendo Constitucional de 2019, develó el apoyo de algunos sectores de la población a la campaña del  “diseño original” de la familia y la defensa a ultranza de la heteronormatividad como “ley biológica natural”. Estas ideas fundamentalistas se  refrendan en estereotipos patriarcales de la cultura machista cubana.

Para los fundamentalistas, su coherencia se justifica en el discurso de odio que naturaliza la misoginia y la homofobia. Ante tal labor proselitista, que atenta contra la dignidad humana, urge el enfrentamiento activo y cohesionado de toda la sociedad, con el apoyo de las organizaciones políticas y de masas; de las instituciones, de los colectivos laborales, de la sociedad civil y de todos los sujetos sociales que apuestan por la dignidad humana.

Se precisan acciones mancomunadas que combatan el extremismo y el desdén por derechos humanos inalienables; que permitan un debate fructífero en torno al nuevo Código de Las Familias, para su ulterior aprobación en el país.

El discurso fundamentalista, atenido a una ética formal arcaica y reñida con los valores universales contemporáneos, desconoce los avances sociales del proyecto social cubano y la contribución colectiva para forjar la nación.

Cuando el fundamentalismo reduce el proyecto de vida de las personas y las familias a simple reproducción biológica de la especie humana, obvia la capacidad crítica y creadora de los individuos para tomar en manos propias las riendas de su vida y superarse. El discurso fundamentalista que culpa a las mujeres por no querer ser madres y las responsabiliza de la baja fecundidad en Cuba, desconoce las luchas feministas cubanas y el largo camino recorrido hacia la emancipación.

Los intentos fundamentalistas de mostrar una relación causa-efecto entre “la ideología de género”, el aborto y el envejecimiento poblacional en Cuba apelan a la tradición arcaica y machista que reconoce solo a la mujer como buena-madre-hija y esposa, sirvienta y esclava de la familia. Es falso el fundamento que pretende sostener que el feminismo provoca que las mujeres rechacen la maternidad y promueve el aborto. Son las mujeres quienes deben decidir sobre el control de su cuerpo y, en consecuencia, asumir la posibilidad de continuar o interrumpir un embarazo. No obstante, se destaca que el reconocimiento de este derecho no obliga a mujer alguna a asumirlo. 

La legalización del aborto en Cuba fue una de las conquistas más profundas del movimiento feminista. Gracias a ello se ha evitado la muerte de muchas mujeres y convertir el aborto en un lucro privado insano. Eso no quiere decir que se justifique la asunción del aborto como medida anticonceptiva, como pretende mostrarse. El derecho al aborto seguro es parte de la responsabilidad del Estado por una maternidad segura e incluye, además, la posibilidad de acceder a la reproducción asistida para las parejas que lo necesitan.  

La lucha feminista por el derecho de decisión de las mujeres sobre sus cuerpos aboga, además, por las responsabilidades compartidas en la crianza de los hijos e hijas y el cuidado de la familia; por superar el falso mito de que las mujeres fuertes y exitosas en lo profesional son peores esposas y malas  madres.

La homofobia halla espacio fértil en el discurso fundamentalista, que recurre a argumentos médicos, aparentemente superados, de que la homosexualidad era considerada una patología. Por ende, resalta el desprecio a reconocer el matrimonio entre personas no heterosexuales.

No son pocas las evidencias que dan cuenta del avance en la formación de infantes, adolescentes y jóvenes por el reconocimiento de la sexualidad como parte inseparable de su personalidad; también en materia de prácticas educativas que contribuyan a desarrollar una conducta sexual responsable. La educación sexual de las nuevas generaciones exige de aprendizajes más libres y responsables, basados en el enfoque humanista de una educación sexual que respeta las identidades y promueve la equidad de géneros. Ese es también un enfoque de las luchas feministas.

El fundamentalismo religioso no es una propuesta emancipadora. Su retórica es colonialista, racista, machista y homofóbica. Muchos son los problemas que el mundo enfrenta. También son grandes los retos de la Cuba actual. Pero ni unos ni otros han de ser resueltos desde posiciones que insten a la fragmentación social, a la negación del ser humano en su diversidad, a la instauración de una institución amparada en el odio acérrimo al diferente y la negación de sus derechos humanos universales.

Aboguemos por un nuevo Código de Familias cubano, que legitime los derechos a la dignidad plena de cubanas y cubanos, que amplíe los espacios socializadores (religiosos, comunitarios, asociativos, educativos y otros) que promueven la solidaridad, la cooperación, la vida en común.  

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