La violencia está presente en diferentes actos de la vida cotidiana. Existen disímiles formas de violencia en el ámbito de las relaciones personales, familiares, laborales, profesionales, políticas, comerciales, así como también violencias para sobrevivir, controlar el poder, sublevarse contra la dominación, entre otras. Este fenómeno también se manifiesta en las actividades físicas y deportivas, muy especialmente en el deporte de alto rendimiento.

A lo largo de la historia se han suscitado diversas manifestaciones de violencia en estos contextos; unas motivadas por el ambiente de las competencias deportivas, lo mismo entre atletas que entre estos y árbitros o equipos rivales. Lo cierto es que no faltan evidencias, ni es preciso describirlas. Lo más lamentable, a nuestro juicio, es que estos hechos ocurran dentro de un equipo deportivo, toda vez que este constituye una unidad desde la cual se compite. Si a su interior se manifiestan situaciones violentas, entonces esos equipos estarán en desventaja ante cualquier competencia. Esas discrepancias internas dañan la unidad en las dinámicas necesarias para vencer, tensionan a los jugadores y entonces crece la desconfianza, el recelo y se daña la cooperación y el trabajo en equipo, lo que repercute en la estrategia que conduce al triunfo.

Desde tiempos remotos, las prácticas de deportes fueron consideradas cosas de hombres. Las primeras competencias deportivas solo contaban con presencia masculina, incluso como espectadores.

Asimismo, los primeros deportes entre hombres estaban destinados a probar su fortaleza y habilidades guerreras; se luchaba contra fieras poderosas, todo para divertir a la hegemonía imperante, a quienes no les importaba la vida de quienes eran elegidos para pelear, independientemente de su deseo e interés.

Las acciones de combate no contaban con protección alguna para los competidores. Con el paso de los años, la violencia imperante en esas prácticas se fue modificando hasta la actualidad. Actualmente se estructuran los tiempos de competencia, de modo que los atletas no expongan su salud; se introduce el arbitraje para controlar la dinámica de la competición; se perfeccionan los reglamentos de cada deporte, así como los mecanismos que protejen y garanticen no poner en riesgo la vida de los atletas.

En paralelo, históricamente desde algunos sectores sociales se ha cuestionado la presencia de la mujer en algunos deportes, por el solo hecho de ser mujer y considerar que ellas no deben practicar y participar en actividades físicas y competiciones que implican fuerza, resistencia y agresividad. Es el caso de los deportes de combate, como la lucha, o los de fuerza, como las pesas. La defensa del derecho de las mujeres a practicar y participar en eventos deportivos de alto nivel se agendó y trajo como resultado la inclusión de ellas, sin cortapisa alguna, junto a la existencia de una reglamentación que legaliza su participación.

La legitimidad de la presencia femenina en juegos olímpicos, continentales y regionales es una realidad, pero si se analiza desde la perspectiva de género, aún se aprecian inequidades en las atribuciones de roles a hombres y mujeres en la esfera del deporte, quedando ellos beneficiados en diferentes ámbitos del sistema deportivo. No obstante, las transformaciones culturales y sociales han ido favoreciendo, poco a poco, la inclusión de las mujeres en los diversos escenarios deportivos.

Pese al bienestar que generan las prácticas deportivas -y la actividad física en general-, tuvo que pasar mucho tiempo para que las mujeres pudieran ingresar en clubes deportivos y desarrollar actividades que contribuyeran a su salud física y mental. Incluso, en el caso de aquellas que se practican en aras de una mejor imagen corporal.

En los últimos tiempos, las mujeres han conquistado espacios en eventos deportivos convocados a diferentes niveles, aun cuando existen posiciones de rechazo y discriminación. No solo por parte de hombres y algunos directivos, sino también por mujeres que lo consideran inapropiado y riesgoso para la salud de las que lo practican. También se opina que no son deportes propios para mujeres porque “les desarrolla rasgos y gestos masculinos”.

La exclusión de competidoras de sexo femenino de un grupo de deportes no solo obedeció a posturas masculinas; no todas las mujeres comparten el criterio de que algunos deportes ejercitados por los hombres deben ser practicados también por ellas. Es un tema polémico, aún está en debate y tiene sus raíces en la cultura patriarcal predominante. Muchos detractores de la igualdad de oportunidades en la práctica deportiva consideran que algunos deportes de combate son impropios para las mujeres, teniendo en cuenta su constitución y fortaleza; otros opinan que pueden practicar y participar en competencias de alto nivel, siempre que se preparen para ello y puedan desarrollar las capacidades físicas requeridas.

Lo cierto es que en este amplio abanico de opiniones existen posturas discriminatorias, excluyentes e incluso violentas, algo que ha sido poco tratado en la agenda pública, pese a ser un asunto de interés, pues el deporte es fuente de salud y sus eventos de alto nivel constituyen espectáculos deportivos-culturales que generan bienestar y disfrute en todo el mundo.

La figura femenina es reconocida en lides nacionales e internacionales, la equidad de género en el ámbito del deporte todavía en el siglo XXI requiere de mayor atención, para que puedan ser mejor aprovechadas las oportunidades que existen y que están normadas. Cada vez son más las mujeres que, en sus localidades, realizan actividades físicas para cuidar su salud, su imagen. También son más las que aspiran a destacarse en esta esfera, pero aún no es equitativa la participación, pues los hombres les llevan una gran ventaja.

El deporte se ha convertido en una de las actividades sociales con mayor presencia y capacidad de convocatoria en los últimos tiempos. Aspectos como la salud, la recreación, la superación y la competitividad que esta actividad genera contribuyen no solo al desarrollo integral de las personas, sino también al incremento de la calidad de vida de las sociedades.

De violencias y otros apuntes

La violencia es un fenómeno multifactorial, complejo, intricado y muy difícil de abordar en la sociedad agresiva en la que nos toca vivir. El deporte no está de espaldas a esa realidad. Es cierto que a las mujeres les ha costado más trabajo su visualización en este ámbito, pero los hombres deportistas no quedan exentos de padecer violencias. Tanto ellas como ellos son víctimas de quienes ostentan el poder y financian, en diferentes niveles, las actividades deportivas. Los dueños de clubes deportivos contratan a entrenadores, compran y venden atletas, acompañan la formación deportiva de personas que se endeudan luego por muchos años. Resulta lamentable que una actividad que promueve bienestar y salud sea manipulada y convertida, no pocas veces, en un negocio lucrativo.

Ante los propósitos mercantiles, los hombres tienen más ventajas que las mujeres, pero son igualmente víctimas. En la medida en que es más alto el nivel competitivo, se generan más ingresos y gastos alrededor de un o una atleta. Hay carreras deportivas de alto costo en las que es preciso cuidar la dignidad, la integridad y los principios éticos del o la deportista, para que pueda alcanzar resultados satisfactorios, pero también dignos y saludables.

En algunos países, el deporte no es una actividad para todas las personas; las más pobres no pueden ni soñar con alcanzar los niveles de élite. Incluso hay algunas modalidades muy costosas, por el tipo de implementos que emplean y las condiciones del lugar donde se practican. Estas diferencias de acceso se convierten en manifestaciones de violencia simbólica para quienes, teniendo condiciones físicas, no pueden pensar en arriesgarse para lograr ese sueño.

En situaciones como estas, las mujeres siguen siendo víctimas porque su realidad las reduce al ámbito doméstico, esencialmente a la maternidad, al cuidado de otras personas -aunque no sean sus familias[1]algo que en muchas ocasiones se convierte en su ocupación. Entonces, ellas son violentadas porque no puede escoger; generalmente alguien escoge en su lugar, pues considera que su mejor futuro será en ocupaciones y profesiones de “mujeres”. Ellas no suelen ser promocionadas o visualizadas como futuras campeonas, mucho menos si no proceden de familias con buena posición económica. Las mujeres, mientras más pobres, en determinadas regiones del mundo tienen menos oportunidades de elegir el deporte como su futuro. Para ellas no es una opción imaginable, mucho menos posible.

Las desigualdades se expresan de manera interseccionadas; no solo importa el género. Como se ha analizado, el género cuenta y genera desigualdades, pero también lo hacen la posición económica, el territorio o región de procedencia, poder dedicarse de manera sistemática a una actividad que implica sacrificios y sistematicidad, además de contar con condiciones físicas y mentales.

El proceso deportivo cuenta con muchas variables. Cuando estas convergen, pueden prepararse atletas saludables, personas virtuosas y triunfadoras. Pero cuando en ese camino se entrecruzan otras variables que también cuentan, otros obstáculos que generan violencias, esencialmente psicológicas y físicas, entonces no se alcanza ese resultado.

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