Etimológicamente, la palabra cuidado proviene del latín cogitatus, que significa pensamiento, lo cual resulta contradictorio con el sentido común que lo ve como una acción en la práctica, asignada y asumida como necesidad en determinados momentos de la vida cotidiana.

En este sentido, habría que repensar en cómo la feminización de las labores de cuidado ha contribuido a la construcción de una representación social asociada a que las mujeres son más capaces para atender las necesidades de personas en situación de dependencia. Así, se consolida cada vez más un rol de cuidado asignado, como si fuera inherente a la condición de mujer y, por tanto, asumido ante cualquier circunstancia.

En estudios actuales realizados por las autoras sobre la migración en Cuba, es habitual encontrar motivaciones en las mujeres asociadas al cuidado de los familiares. Moverse hacia otros países y regresar a Cuba para desempeñar el rol de cuidadoras de hijos, nietos, padres o esposos es algo cotidiano en las historias de las mujeres entrevistadas. Muchas veces es una decisión tomada por la familia, más que por la propia persona, quien asume como mujer “lo que es mejor para todos” en el seno familiar, sin que medie un cuestionamiento al respecto.

Una entrevistada expresa que “estar y hacer para los demás, aún en detrimento del bienestar personal, es una situación muy frecuente y es normal que sea aceptada por todos, aunque muchas veces sea bajo la falsa creencia de que eso la hace feliz; es una felicidad, pero muy relativa”.

En ese sentido, cuenta de su experiencia: “Me fui porque mi hija me lo pidió, ella trabaja muchísimo y no tenía quien le cuidara al niño más chiquito. Yo siempre le dije que no quería quedarme, que era temporal hasta que los niños crecieran. No estaba muy convencida, pero era un esfuerzo por mi hija y mis nietos, si no era yo, ¿quién los iba a ayudar? Allá no es como en Cuba que cualquiera te hace un favor. Aquí dejé a mi mamá enferma y a mi esposo, por poco me cuesta mi matrimonio, no hay quien aguante eso tantos años”.

Como se evidencia en esta historia personal, las exigencias del cuidado ponen a las mujeres en disyuntivas que casi siempre terminan a favor de lo esperado socialmente, en este caso, del rol de abuela y madre, incluso aunque ello implique emigrar temporalmente a otro país y dejar al esposo encargado del cuidado de otros adultos mayores que se quedan en Cuba, con los costos que acarrea a la relación de pareja.

Otras experiencias solapan el rol de cuidadora con el de esposa y es una decisión que confronta ¿dónde quiero? y ¿dónde creo que debo estar? Una de las entrevistadas narra sus vivencias y afirma que “fue muy complicado porque en principio no quería ir, ni dejar mi casa; además, dejaba aquí a mi mamá, mi hija y mi nieto, pero estaba mi esposo por allá y me necesitaba. Él estaba solo, trabajando mucho, él no sabe hacer labores domésticas y fui para allá también para ayudarlo, porque además él también ya tiene sus enfermedades. Yo no tenía trabajo, estaba de ama de casa y acompañándolo”.

Efectivamente, ellas se moverán hacia donde los familiares necesiten sus cuidados. La familia se constituye como pilar fundamental y, por eso, el cuidado también es motivo de regreso al país de origen, con independencia de lo bien que les vaya en los lugares a los que emigraron.

Tal es el caso de una mujer que retorna a Cuba después de 18 años, le va bien y tiene familia fuera, pero debe cuidar a su padre. Explica que “él es alcohólico y cuando se quedó solo tuve que venir para acá, pues no había nadie que lo cuidara, mi hermano también vive fuera de Cuba y vino, pero regresó a España, y yo no iba a dejar al viejo, enfermo y solo. Muchos me dijeron que yo estaba loca. Mi hijo entendió la situación y sigue allá, pero él viene a verme cuando puede”.

En ocasiones, las familias asumen acríticamente que sólo a las mujeres les corresponde el rol de cuidadoras. Se establece como un pacto en silencio, donde ellas también asumen este rol como “lo que nos toca atender como las mujeres de la familia”. Esto ocurre sean o no migrantes; pero, para aquellas que se ven impulsadas a moverse por estas circunstancias, implica una decisión de mayor impacto en sus vidas cotidianas. “Imagínate, no sé cómo explicarlo; yo nunca pensé que tendría que irme del país, tuve que ir para cuidar a mis nietos y que mi hija pudiera seguir trabajando, aprender a vivir allá estos años ha sido difícil y ahora, cuando regreso, la situación está muy complicada también, pero aquí estoy, con mi familia porque mi madre está muy mayor y me necesita en este momento, en verdad es bueno para mi poder acompañar, todos son mi familia”. La separación, que es consustancial al proceso migratorio, puede vivenciarse con cercanía afectiva, aun en la distancia física, y el rol de cuidado que se le atribuye a la mujer puede verse como una acción que consolida los vínculos y mantiene el sentimiento de pertenencia familiar.

Sin embargo, ninguna de las mujeres entrevistadas identifica como un sacrificio el asumir estos cuidados que implicaron movimientos migratorios. Es como si no se permitieran pensar ni aceptar que pueden sentirse mal por ello, ni que ha tenido impactos desfavorables para su bienestar emocional, lo cual puede interpretarse desde lo que nos comparten de sus experiencias durante las entrevistas y, en algunos casos, por sus propias reflexiones: “Es posible que un día yo también necesite ayuda, a veces me vence el cansancio y quisiera hacer otras cosas con mi vida; pero no puedo darme ese lujo, ahora yo soy la que tengo que cuidarlos a ellos”.

En su mayoría, los efectos de estos cuidados y de los proyectos migratorios asociados a ellos son invisibilizados o naturalizados. Las obviedades emergen con claridad en expresiones como: “es obvio que tenía que hacerlo; si no era yo, no lo hacía nadie más; para eso estamos las madres, las abuelas, las esposas, las hijas; o sea, las mujeres de la familia”; “mis proyectos pueden esperar, primero está la familia”. Queda claro que, si de cuidado familiar se trata, la mujer se ocupa y, además, pasa a un segundo plano la dimensión personal y el hecho migratorio en sí mismo.

De este modo, se perpetúa una realidad que coloca a la mujer como única encargada del cuidado en las familias. Esas prácticas cotidianas –una forma de violencia estructural precisamente por considerarse obvias– deben ser cuestionadas y transformadas, comenzando por el pensamiento que define el cuidado por y para las propias mujeres. El peligro mayor está en hacer lo que, supuestamente, corresponde a estos roles por obligación o presión social, sin un pensamiento crítico sobre la corresponsabilidad y la equidad en las labores de cuidado familiar, incluso más allá de las fronteras.

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