Somos parte de una sociedad heterogénea, cada vez más parecida a su tiempo, pero concatenada con procesos históricos de tiempos pasados. Por ello urge la educación cívica de las personas en los espacios educativos, la escuela, la comunidad y la familia para entender la importancia del respeto a la Constitución y a las leyes derivadas de esta, para la garantía legal de sus ciudadanos y ciudadanas.

El matrimonio no heterosexual llegó para reivindicar los derechos de las personas LGBTIQ+ y también nuestro derecho al respeto de todas las personas, al decir de ese grande que fue y es el Benemérito de las Américas, Benito Juárez, cuando expresó: “Tanto en los individuos como en las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. El derecho a una familia es parte integrante de la condición humana y las familias se construyen por consanguineidad o afecto, facilitan relaciones armónicas que promueven bienestar, desde una mirada positiva de las relaciones humanas.

La afirmación que motiva esta reflexión la ofreció en una conversación una amiga que ama a otra mujer y me desconcertó no por la frase en sí, sino por la expresión de dolor que la acompañaba, al explicar todo su proceso de la “salida del clóset”. Su militancia en defensa de sus derechos por su familia, en las instituciones educativas, laborales y sociales, desde que reveló su orientación sexual lésbica y que, de manera sutil o explícita, le hizo sentir la exclusión, vivenciada de forma negativa por la falta de comprensión social a esta forma de pareja, unión y familia.

El malestar de   algunas de las mujeres lesbianas y su marcado interés por contraer nupcias con la persona amada me ha puesto en atención, una vez más, sobre la necesidad del abordaje en contextos académico del tema de los derechos sexuales, el respeto a la diversidad, la inclusión y los diferentes tipos de familias que existen en el contexto cubano.

 La institución educativa –con sus docentes generalmente de diversas generaciones, formaciones académicas, estrato social, cultural y otras expresiones de la diversidad– precisa de una mirada con espejuelos de género, para dotar a docentes y profesionales de la diversidad de conocimientos sobre las familias con las que va a interactuar como parte del vínculo con sus educandos. A su vez, desde la labor educativa, se debe potenciar la formación de ciudadanos con una educación cívica, basada en el respeto a las diferencias, a los derechos humanos, a los que se articulan los derechos sexuales y reproductivos como parte inalienable y circunstancial a todas las personas y sus derechos. 

Otro aspecto de análisis se relaciona con esa máxima adquirida de la educación judeo-cristiana: la permanencia de un patriarcado que domina, organiza y excluye desde los estratos y las diferencias en las inequidades, como forma de dominación, que portamos como currículo oculto. Ese que nos condiciona al llamado “matrimonio para toda la vida, hasta que la muerte nos separe”, “a ser madre y padre porque forma parte de la vida de una mujer y de un hombre”, expresiones de estereotipos y prejuicios anclados en la sociedad patriarcal y excluyente, sin aceptar otras formas de expresión de las relaciones humanas, la sexualidad, de maneras de ser hombres, mujeres o sexo diversos, que puede ser o no una opción en la decisión y vida de los seres humanos. Son aspectos todavía arraigados en el imaginario social y fundamentados hoy por tendencias abocadas a descolocar la importancia de la perspectiva de género y de derechos en los estudios y las instituciones educativas.

Para entender la importancia de la educación en derechos del profesorado y estudiantado en temática tan sensible como los derechos sexuales y el matrimonio no heterosexual, vale revisitar algunas de las vivencias de mujeres que aman a otras mujeres, con las cuales he compartido como profesional o amiga, y se han acercado a solicitar orientación o apoyo profesional.

Si bien el término que se utiliza desde la literatura científica y la vida cotidiana, el de lesbiana no escapa a la etiqueta estigmatizante como en otros casos, cuando decimos: la negra, el discapacitado, la sorda, el oriental u otros términos que suelen emplearse de manera excluyente. Por ello voy a emplear “mujeres que aman a otras mujeres”.

Veamos algunos testimonios desde las vivencias que ilustran la necesidad de mi comentario desde la frase inicial: “Yo quiero casarme con una mujer para toda la vida”.

  1. (autora de la frase): “Cuando yo debuté como lesbiana, mi familia se opuso, mi hermana me agredió de palabras, no me soportaba, y tenía una gran guerra. Solo mi hija, que tenía 13 años –cuando se lo dije, ya lo sabía–, es mi amiga y me entiende, hoy es una gran profesional. Yo busco el amor y lo quiero. Cuando vivía con el padre de mi hija, nunca nos casamos legalmente, por eso me quiero casar ahora también con mi pareja.

M.: Estaba comprometida con el padre de mi hijo, él sabía de mis preferencias y las permitía; solo me pedía tuviera cuidado con el escándalo. Él se fue como migrante ilegal por la vía marítima, murió en el mar; entonces conocí a R., que estaba soltera, nunca nos preocupamos por lo de los bienes, lo de ella era mío y viceversa. Tenemos una bonita pareja, ella tiene un hijo, que lo considero mío. Hemos pasado por mucho y el niño ha sido víctima de bullying en la escuela, por tener dos madres.

MC.: Siempre amé a S., la vida se la llevó por cáncer de mamas, no pude ofrecerle lo que quería, me hubiera gustado casarme con ella.

C.: Me casé por poder con otra mujer, ella es de otro país. Tuvimos que hacerlo para vivir juntas, este proceso se ha demorado demasiado. Cuando estaba en el preuniversitario y se enteraron de que tenía un romance con otra chica, me hicieron la vida imposible, me decían que “era fuerte” y otras ofensas.

Las ideas mostradas nos trasmiten, en pequeñas frases, la inquietud, el dolor, y el malestar que han marcado las vidas de estas mujeres a lo largo de su desarrollo personal, lo que revela la importancia de asumir, como ciudadanos y ciudadanas responsables, una actitud cívica para apoyar el reconocimiento de este tipo de uniones recogido en el Anteproyecto de Código de las Familias, que se someterá a referendo este año. Esa norma incluye novedosos aspectos vinculados con las familias y sus derechos en favor de una sociedad más justa y equitativa.

Por ello la educación cívica y ciudadana, desde el contexto educativo, familiar y comunitario, es el espacio idóneo para potenciar el desarrollo de una ciudadanía inclusiva, que respete la diversidad como condición humana. Quienes nos dedicamos a la educación y formación de otras personas somos portadores de la política social del Estado y debemos prepararnos para un mejor desempeño, en el conocimiento de los derechos y las garantías ciudadanas refrendadas en los documentos, para explicitar que “lo diferente es lo común”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

trece + diecinueve =