Herencias culturales en la base de la desigualdad ante el empleo

Los hombres cubanos están más representados en el empleo formal que las mujeres, con 61,8 por ciento frente a solo 38,2 por ciento de ellas, según datos de la más reciente Encuesta Nacional de Ocupación (ENO, 2022), desarrollada por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei).

“Aunque hay varios factores para explicar esa brecha, el principal es de naturaleza cultural”, asevera la socióloga Iliana Benítez Jiménez, profesora del Centro de Estudios Demográficos (Cedem), de la Universidad de La Habana.

“Estamos hablando específicamente de cómo persiste esa herencia machista, patriarcal, que ha asignado a las mujeres los roles del espacio doméstico y a los hombres, los del espacio público”, explica la especialista en entrevista con SEMlac.

“Si bien el acceso de la mujer al empleo remunerado ha sido un logro en el contexto cubano, patente después del triunfo de la Revolución a partir de políticas encaminadas y explícitas; no se ha logrado eliminar aún esa barrera cultural”, precisa Benítez Jiménez.

La socióloga Iliana Benítez Jiménez
Una de las principales causas del acceso desigual al empleo es la persistencia de una «herencia machista, patriarcal, que ha asignado a las mujeres los roles del espacio doméstico y a los hombres, los del espacio público”, reflexiona la socióloga Iliana Benítez. Foto: Cortesía de la entrevistada

¿Cuáles son las principales causas de esa diferencia en el acceso al empleo?

Una muy importante es la distribución de roles socialmente asignada, que establece que las mujeres se dedican a las tareas del cuidado de niñas y niños, ancianos o personas en situación de discapacidad; aunque en realidad esa sea una responsabilidad de toda la familia. Estas creencias influyen en que muchas mujeres capacitadas, aptas y dispuestas a incorporarse a la actividad laboral remunerada, no puedan hacerlo.

Pero también existen otras razones como, por ejemplo, el llamado “costo de oportunidad”. Si a este contexto patriarcal le sumamos la situación de crisis económica, afectaciones con el transporte, bajos salarios y ausencia casi total de recursos de apoyo a las actividades domésticas; ese costo crece y disminuye el acceso de ellas al empleo formal.

Entonces, muchas mujeres optan por quedarse en el hogar, ya sea cuidando o dedicándose a trabajos informales que les proveen de ciertos ingresos económicos inmediatos, pero sin ningún tipo de protección o seguridad a largo plazo. De nuevo esa decisión está apoyada por un componente cultural. Porque para ellas, quedarse en casa no suele ser cuestionado socialmente, como sí lo sería en el caso de los hombres.

¿La situación de las mujeres en el empleo en Cuba no resulta contradictoria si se cruza con sus altos índices de formación técnica y profesional?

Por supuesto. Cuando analizamos la baja participación de la mujer en el empleo en otros países, una de las principales causas es la falta de calificación. Ese no es el caso de Cuba. Esa contradicción aquí puede explicarse a partir de los elementos que anteriormente mencioné. Es decir, del impacto de ese “costo de oportunidad”. ¿Cuánto me cuesta incorporarme a una actividad laboral? ¿Cuándo eso resulta beneficioso o no? ¿Cuánto me retribuye realmente?

Si bien para muchas mujeres trabajar y ser profesional es una ruta lógica, un sueño o meta a conquistar; para otras esa realización todavía sigue estando en el espacio doméstico. O participando en la actividad laboral, pero no precisamente como una forma de autonomía y empoderamiento personal; sino para “ayudar” al hombre a mantener a la familia.

¿Existen diferencias por territorio y edad en el acceso al empleo? ¿Cómo se manifiestan?

Uno de los mayores diferenciales del empleo cruza el sexo con la zona de residencia. Las mujeres se incorporan menos al trabajo remunerado en las zonas rurales que en las zonas urbanas.

En primer lugar, porque uno de los principales elementos que caracteriza al modo de vida urbano es la diversidad de fuentes de empleo. Por tanto, aparecen también mayores posibilidades de que hombres y mujeres, en dependencia de su formación y capacitación, tengan oportunidades laborales. En la vida rural esas opciones se van cerrando un poco más hacia el sector productivo, agropecuario; que ha sido históricamente considerado como un espacio de hombres.

Mujeres rurales
Las mujeres se incorporan menos al trabajo remunerado en las zonas rurales que en las zonas urbanas. Foto: SEMlac Cuba

En el caso de la edad, su comportamiento ha tenido variaciones. Las mujeres mayores que, de jóvenes, no tuvieron preparación o formación para acceder a los empleos más diversos, han estado un poco más apartadas no del trabajo en general, pero sí de puestos profesionales y mejor remunerados.

La más reciente feminización de los puestos técnicos y profesionales está relacionada directamente con la mayor incorporación de mujeres a las escuelas y universidades.

Sin embargo, se aprecia cierto retroceso en ese acceso de la mujer al empleo en los últimos años y no precisamente marcado por el acceso a la educación; sino a las propias condiciones del empleo, la remuneración, etcétera. Obviamente, esa situación afecta a ambos sexos; pero, en contraste, los hombres se mueven más a sectores como el del trabajo por cuenta propia o los negocios privados, por ejemplo.

¿Qué es el bono de género y por qué se afirma que no lo estamos aprovechando?

El “bono de género” alude a esa población femenina en edad laboral, con condiciones para incorporarse al empleo remunerado, que no lo está haciendo precisamente por muchas de esas razones que enumeramos antes. Para estudiarlo, debemos tener en cuenta otros elementos, como las tasas de actividad y participación económica, frente a las de empleo o desempleo.

En Cuba es menor la tasa de participación de las mujeres que la de los hombres.

Quiere decir que, dentro de la población en edad laboral según sexo, ellos se incorporan mucho más al empleo.  ¿Y por qué se le llama “bono de género”? Pues porque son precisamente los roles de género, esas diferencias construidas socialmente, las que están incidiendo en que muchas mujeres no se incorporen al trabajo remunerado.

¿Es la desigualdad ante el empleo entre hombres y mujeres en Cuba una manifestación de violencia estructural?

Lo es. Primero, porque las mujeres se ven más afectadas por toda esa herencia patriarcal, esas normas socialmente aceptadas que hacen que muchas de ellas, aun deseándolo, no encuentren la forma de incorporarse al empleo.

Pero también por la propia escasez o casi ausencia de servicios de apoyo a las tareas domésticas, a los cuidados: lavandería, tintorería, acceso a comida rápida, entre otras muchas facilidades que debe garantizar la infraestructura de un país.

Cuando esto ocurre, estamos en presencia de violencia estructural. Al final, va quedando una gran masa de mujeres que no se incorpora a aportar al desarrollo económico directo, productivo, del país. Pero también está influyendo en su menor empoderamiento, en menos independencia y realización individual y, por tanto, clasifica como una forma de violencia.

Mujeres en trabajo doméstico
Muchas mujeres optan por quedarse en el hogar, ya sea cuidando o dedicándose a trabajos informales, pero sin ningún tipo de protección o seguridad a largo plazo, explica Benítez. Foto: SEMlac Cuba

¿Por dónde vería las soluciones?

En primer lugar, se debe continuar trabajando en la eliminación de estereotipos y barreras que puedan impedir que las mujeres aspiren, deseen, necesiten y puedan acceder a un empleo. Estamos hablando también de un proceso de concientización, en el que esa incorporación al trabajo no se vea sólo como un apoyo económico a la familia, sino también como una forma de realización individual.

El empoderamiento y la autonomía transitan, en primer lugar, por la independencia económica. Debemos seguir educando a las mujeres sobre cómo el empleo puede dar respuestas a sus necesidades prácticas, pero también a otras más estratégicas, como la eliminación de la estructura patriarcal y las brechas que esta impone.

Otro elemento, importantísimo, es que se eliminen esas otras barreras estructurales, sociales, que impiden el acceso de la mujer al empleo y se organice una oferta de servicios de calidad, de recursos, que faciliten esa incorporación.

Por eso es que hablamos de corresponsabilidad. A nivel familiar, cuando todos sean conscientes de que la responsabilidad de cuidar a las personas dependientes es compartida; pero también a nivel estatal, cuando ese Estado es responsable de proveer a toda la familia de servicios sociales necesarios para que las personas, mujeres y hombres, se puedan incorporar al trabajo.

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