¿Cómo y para qué medir la equidad en espacios productivos?

La crisis mundial, agudizada por la pandemia de covid-19, acentúa las brechas de equidad de género e incrementa la feminización de la pobreza y la exclusión de las mujeres de los espacios económicos. Los adelantos alcanzados por las cubanas y las recientes políticas públicas aprobadas (Constitución 2019, Programa para el Adelanto de las Mujeres 2021, Estrategia integral de prevención y atención a la violencia basada en género 2021) permiten que muchas mujeres se incorporen con protagonismo y liderazgo a los nuevos espacios productivos y a la vida política y social desafiando las prácticas patriarcales y los roles asignados a hombres y mujeres. Sin embargo, la pobreza, las desigualdades, la exclusión social, la falta de oportunidades para la sostenibilidad de la vida humana y natural constituyen desafíos globales que adquieren particularidades específicas en Cuba.

Con todo lo alcanzado y avanzado por las cubanas en emancipación social y dignificación humana, perduran y se acrecientan las desigualdades e inequidades de género, ante el déficit de dispositivos sociales y políticos que articulen a personas, instituciones y gobiernos para la identificación y soluciones de problemáticas a corto y mediano plazo. El modelo de desarrollo cubano actual apuesta a la diversificación de espacios productivos y personas. La coherencia entre lo proyectado, la norma y la realidad plantean el desafío de fortalecer el consenso sociopolítico cubano, el cual solo avanzará si muestra compromiso ético con la equidad y la igualdad, que han sido la base del apoyo popular al proyecto socialista.

Con la propagación de la pandemia de covid-19, las desigualdades de género se amplían, disminuyendo los ingresos y las oportunidades mientras se incrementa considerablemente el tiempo de trabajos para las mujeres. La falta de integración entre los mundos económico y social establece marcadas diferencias de género y posiciona favorablemente a los hombres, recuperándose en el espacio público el discurso patriarcal del éxito masculino en los negocios y, en el privado, la exquisita cualidad femenina para los cuidados.

Así se confirma una antigua premisa feminista: “Cuando la economía es ganancia, el trabajo de las mujeres no se valora”. Entonces, ¿cómo lograr que el acceso de las mujeres cubanas a espacios productivos implique una transformación liberadora de su vida? Para ello es imprescindible cambiar la lógica económica “productivista- mercantilista” y centrarse en la sostenibilidad de la vida.

Desde esta perspectiva, Galfisa[1] apuesta a la economía feminista. A entender la economía como proceso de producción y reproducción sostenible de la vida humana y natural. Dada la agudización de la contradicción capital-vida, el cambio económico no está en los mecanismos regulatorios, sino en el modelo que exige modificaciones radicales en la centralidad del proceso de trabajo y su organización social.

En 2012, a partir de la puesta en vigor del Decreto Ley 305[2], el Gobierno cubano decide convertir en cooperativas algunas empresas estatales con baja eficiencia económica y pequeñas producciones. La falta de conocimiento acerca de la teoría y la práctica del cooperativismo urbano en Cuba, se volvió un conflicto para estos espacios productivos. A solicitud del Gobierno de Centro Habana, Galfisa ha organizado un equipo de trabajo para formar y asesorar a personas interesadas en ejercer el cooperativismo y promueve los encuentros de “Buenas prácticas cooperativas”, que incorporan la visión de la economía feminista. Estos encuentros impulsaron la creación de la Red de trabajo cooperado y solidario.

El acompañamiento de Galfisa asume como principios la superación de la lógica mercantilista y patriarcal del desarrollo, con una visión de futuro sostenible para la vida humana y natural, La coordinación de intereses privados, públicos y sociales ha de armonizarse con el compromiso y la responsabilidad cívica de igualdad y equidad social, promoviendo una comunicación popular dialógica y elevando la autoestima colectiva.

Lo propuesto es un reto, incluida la identificación precisa de las dimensiones de transformación en un espacio productivo, desde indicadores que den cuentas de los cambios y sus impactos con perspectiva feminista. Cuando se pretende que los cambios sean evaluados por quienes participan de la transformación y esta evaluación ponga miras en la superación de las desigualdades y en la calidad de vida individual y colectiva, el proceso se complejiza en tanto significa autosuperación creativa, no solo para las mujeres, sino para toda la sociedad.

Una de las principales intenciones del acompañamiento a cuatro cooperativas no agropecuarias de La Habana: Model (confecciones textiles), Taxi Rutero2 (transportación de pasajeros), Dajo (lavandería) y Potin (gastronomía), es destacar la sostenibilidad de la reproducción ampliada de la vida con el fortalecimiento de los principios del cooperativismo y la perspectiva de género.

Ello implica contribuir a que estas cooperativas logren avanzar en un modelo de gestión económica sólido, rentable y autofinanciado, con capital de trabajo propio, en beneficio de sus asociados y asociadas, sobre los siguientes pilares: autonomía económica, cultura del trabajo cooperado, autogestión, participación en la toma de decisiones, convivencia solidaria y de cuidados, equidad y justicia de género y ambiental.

Para la economía clásica, una evaluación de indicadores de género no incluye la relación de la actividad económica con otras dimensiones importantes de la vida de las mujeres, bajo el criterio de que el incremento de los ingresos económicos incide directamente sobre las mejoras en la calidad de vida de las mujeres. Sin embargo, este argumento se hace insostenible en la medida que las mujeres sienten que no se liberan de la sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados, aun cuando incrementan sus ingresos.

Desde la perspectiva económica feminista, las mujeres se posicionan críticamente y comienzan a valorar el despegue económico de su espacio productivo cuando se empoderan y sienten la necesidad de ir más allá de los cambios técnico-organizativos en la producción, para cambiar las lógicas de los procesos de trabajos en las que ellas se incorporan dentro y fuera del espacio productivo. Este giro significa un nuevo posicionamiento político de las mujeres en el espacio productivo y su entorno comunitario y familiar, que eleva su liderazgo y autoestima en la sociedad.

Para la construcción de los indicadores de las relaciones de género en las cooperativas se delimitaron tres dimensiones de análisis: 1. Producción y reproducción de la vida; 2. Gestión, empoderamiento y participación de las mujeres y 3. Corresponsabilidad laboral, familiar y personal. Cada dimensión tiene indicadores propios, de transformación (valoran el proceso) y de impacto (valoran los resultados). Los indicadores son evaluados integralmente, con la validación de las personas que intervienen en el proceso productivo.

Así se identifican indicadores que reflejan el cambio en el espacio productivo y su impacto sobre la vida de las personas. Algunos de estos indicadores son:

De cambio: aumento de utilidades e ingresos per cápita; ampliación de productos y servicios; creación de recursos y espacios colectivos; creación de las redes de apoyo familiar y laboral para la sostenibilidad y los cuidados; satisfacción de necesidades en trabajos productivos o reproductivos; atención a las necesidades de cuidado e higiene y salud en la producción; valores individuales y colectivos compartidos, entre otros.

De impacto: Flexibilidad en horarios de trabajo y tiempos para autocuidados; incorporación de jóvenes capacitadas, vínculos con la comunidad y representantes del gobierno local; incorporación de mujeres a puestos decisorios dentro y fuera de la producción; incremento de actividades de formación y capacitación con perspectiva feminista; coordinación y articulación con otros espacios productivos y sociales; incremento de servicios para las familias, entre otros.

Después de siete años de acompañamiento a estas cooperativas, incluso bajo el impacto de la pandemia de covid-19 y la crisis económica del país, se aprecia un mayor esfuerzo por la sostenibilidad del espacio productivo con una perspectiva económica que permite ampliar la participación de las mujeres con más empoderamiento económico, posibilidades de decidir y conducir procesos de trabajos avanzando en la sostenibilidad de sus vidas, de sus familias y la comunidad.

Cuando un espacio productivo asume incorporar indicadores con perspectiva de género y feminista, está obligado a  vincular la economía con la ética y la justicia social; adquiere mayor importancia la colaboración, la corresponsabilidad, la redistribución justa de los ingresos y los recursos, la transparencia y la toma de decisiones, el respeto, los cuidados. Un aspecto relevante de nuestra investigación es constatar la diferencia que se establece entre estos espacios productivos en la medida que asumen o no estos indicadores para evaluar su eficiencia económica. Aquellos que avanzaron hacia una cultura productiva más colectiva, inclusiva, cooperada, participativa y menos mercantilista e individualista están hoy en mejores condiciones para adecuarse a las situaciones adversas del contexto y hacer  rápidamente transformaciones a lo interno, que les permitan asegurar las condiciones de trabajo y de vida.

Esta propuesta de indicadores también permite valorar cómo se tejen relaciones de convivencia y corresponsabilidad desde el espacio laboral hacia el hogar y la comunidad. Cuando el espacio productivo contribuye a incrementar espacios de ocio y disfrute, se asegura un entorno saludable y de satisfacción espiritual para las mujeres.

En Cuba se gana la batalla económica si pasamos de los mecanismos reguladores del proceso de trabajo a acciones que otorguen una dimensión cultural creativa y emancipadora al proceso productivo y reproductivo de nuestras vidas. El trabajo desarrollado por Galfisa es una apuesta por otra economía, posible y necesaria, para potenciar espacios productivos eficientes desde la sostenibilidad de la vida, donde la realización profesional y personal sea en condiciones de igualdad y respecto para mujeres y hombres.

Para disminuir las desigualdades que confluyen en el espacio local municipal, hay que movilizar el tejido social-popular, creativo y solidario, con todas sus expresiones institucionales y no institucionales de la sociedad cubana. Esto demanda un esfuerzo de integración, sistematicidad y coherencia entre la gestión institucional estatal, las iniciativas de diversos actores y la participación popular. Es una propuesta más profunda, más integral, que avance hacia una socialización del proceso productivo  y una apropiación equitativa por parte de cada una de las titularidades de derechos que se involucran apostando a la emancipación individual y colectiva.

[1] Galfisa. Grupo de investigación-acción participativa “América Latina: Filosofía y Sociedad actual” del Instituto de Filosofía de Cuba. Coordina los Talleres internacionales sobre Paradigmas Emancipatorios y el Espacio Feminista “Berta Cáceres”

[2] DECRETO LEY 305 “De las cooperativas no Agropecuarias”.  En: Gaceta Oficial de la República de Cuba. Extraordinaria, La Habana, 11 de diciembre de 2012, Número 53.

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