Uniformes y ropa de trabajo sexista: ¿una forma de violencia?

Ellas con falda, ellos con pantalón. Es el símbolo estereotípico que separa lo masculino de lo femenino, dibujado en baños y en cajas de productos que tienen versión en rosa y azul: frente a los picos del vestido que sobresalen del cuerpo de la mujer, la figura del hombre es recta, aparentemente neutra. Pero esta división, a veces, va mucho más allá de lo inmóvil: se asume con normalidad que los uniformes de algunas profesiones están marcados por el género. Ellas con falda, pero también con medias de un grosor específico, tacones, blusa apretada o camiseta escotada según el sector, maquillaje obligatorio –pero que dé la impresión de no llevarlo– y labios pintados de rojo; ellos con la cara lavada, camisa, pantalón recto y zapato de cordones.

Estas son algunas de las especificaciones reales que dan actualmente algunas empresas en un proceso de contratación. En ocasiones se define de manera obligatoria a través de un uniforme impuesto; otras, con consejos repetitivos y constantes que amedrentan a las trabajadoras para que ajusten su imagen a la identidad empresarial. No se trata de una cuestión meramente estética: la sexualización de los cuerpos de las empleadas a través de la ropa que llevan a su lugar de trabajo justifica formas de violencia machista bajo el pretexto del beneficio económico. En un plano judicial, estos supuestos describen una discriminación sexista en el ámbito laboral que puede ser denunciada.

La ropa del trabajo como herramienta de poder

Andrea (se evita poner los apellidos para proteger la identidad de las trabajadoras) tenía 21 años cuando entró a trabajar en una empresa de email marketing (envíos comerciales masivos) en Madrid. Después de un año, la cambiaron a la sección de tecnologías de la información y allí comenzaron los problemas. “En este departamento yo era la única chica entre hombres informáticos. Además, mi jefe pasó a ser una persona con la que yo ya tenía una relación problemática. Cuando tomábamos birras él siempre se excedía, bebía demasiado, tenía la mano larga con todas las mujeres y nos enviaba mensajes por la noche cuando llegaba borracho”. Andrea describe que, en esta situación de vulnerabilidad frente a él, era habitual que se permitiera también hacer comentarios sobre su vestimenta: “Un día yo llevaba la típica camisa de cuadros y él sentado a mi lado me dijo: ‘¿Esto es un poco de lesbiana, no?’. Me acuerdo perfectamente que justo en la mesa de delante había otro chico que llevaba una camisa parecida y se lo dije; a lo que contestó con una pregunta que evidenciaba que todo era una burla: ‘Pero Josemi, ¿qué es?’. Yo, entrando al juego sin querer, le dije: ‘Un chico’. ‘¿Y tú qué eres?’, contestó él. ‘Una mujer’, le dije yo. Y por último añadió: ‘Pues yo soy tu jefe y te pido que como mujer no lleves una camisa de lesbiana’”. Como solución, primero lo comentó con una compañera para tratar de hacer presión colectiva, pero no obtuvo la respuesta que esperaba. “Me quejé y ella me dijo que en el momento en el que aceptábamos tomar cervezas con alguien que tiene un rol superior y, sabiendo cómo era por las noches, estábamos aceptando que pasasen estas cosas”. Ante la impotencia, Andrea se vestía lo más neutral posible para evitar comentarios: nunca volvió a ponerse la camisa de cuadros. “Ahora suena un poco absurdo, pero fue como darme cuenta de que siempre trabajaría bajo mi condición de mujer, me sentí tremendamente vulnerable”, recuerda

La historia de Andrea no es un conflicto puntual en un primer trabajo. Más bien ejemplifica que la relación de poder entre un jefe o jefa y una trabajadora, sumado a la diferencia de edad e inexperiencia laboral, crea el contexto idóneo para controlar su ropa, ya sea escudándose en la imagen de marca, como le ocurrió a Andrea, o utilizando el argumento del rédito económico para sexualizar la vestimenta, como es el caso de Esther, ex trabajadora de una empresa barcelonesa que se dedica a montar ferias y eventos. “Si vas a ver a tal cliente ya te puedes poner un vestidito cortito que así les alegras la vista”. Con este tipo de comentarios solía encontrarse habitualmente en su oficina. “Entré de comercial muy jovencita. Era un sitio pequeño y mi ex jefe era un tío muy machista. Le daba igual que su mujer fuese la responsable de administración, hacía estos comentarios sin importarle lo más mínimo. Estamos hablando de un hombre que tenía como fondo de pantalla a tías en ropa interior y que siempre que ibas a su despacho te enseñaba cómo estaba buscando las últimas novedades en lencería”, continúa Esther, que aguantó diez años en este puesto.

Soy una persona a la que le gusta arreglarse y él, en cuanto me veía con una falda y unos tacones, me preguntaba si es que iba a una reunión. Todo dándose codazos con algún otro tío de la oficina. También nos animaba, solo a las mujeres, a invitar a clientes, solo si eran hombres, a comer en un restaurante si eso iba a hacer que ganáramos un proyecto. Uno de los momentos más vergonzosos fue cuando unas navidades le toqué en el amigo invisible del trabajo y me regaló unos tacones”, relata ahora Esther, dándose cuenta de que aquello suponía sufrir una violencia diaria que la dejaba inmóvil en la búsqueda de soluciones por miedo a las represalias.

Uniformes sexistas por obligación

Una de las primeras experiencias laborales que tuvo María también fue como comercial. Su caso se dio en una empresa de alquiler de coches con oficina en Sevilla, y, aunque la finalidad era la misma –utilizar un vestuario erótico como método de aumentar el beneficio– las condiciones eran aún más estrictas: a pesar de tener un contrato de prácticas extracurriculares, cobrando 400 euros, a María le entregaron un uniforme obligatorio. “En verano nosotras teníamos que llevar una chaqueta, una camisa y una faldita por las rodillas con una raja. Y luego unos zapatos, siempre de tacón. A mí, una vez que se me olvidaron los zapatos y fui con unas manoletinas cerradas, me cayó una bronca”, describe. “En mi oficina éramos unas siete chicas y el gerente era el único hombre que, por supuesto, iba con pantalones”.

El ambiente era aún más hostil entre las compañeras porque la empresa había establecido unas comisiones por conseguir el alquiler de coches de alta gama o de cualquier otro extra. “Como yo era nueva me robaban a los que se supone que tenía que atender yo; llegaba alguien y ya estaban que si este te toca a ti y el otro a mí. El tema es que cuando trataban con algún hombre que parecía tener más dinero, utilizaban lo que ellas llamaban sus armas de mujer. Se ponían más escote o cosas así”, cuenta. Mientras esto ocurría, María recuerda que el superior solía estar en su oficina y, aunque no las alentaban a ello, no parecía molestarle en absoluto.

La situación de María era extrema por la confluencia de factores discriminatorios –desde la imposición de un vestuario distinto para las mujeres y su factor sexual hasta el fomento de la competitividad entre compañeras– y, sin embargo, no deja de ser un caso más de la normalidad instalada para quien trabaja de cara a la clientela.

Con enorme frecuencia los uniformes femeninos están marcados por el erotismo: Carme y Cecilia trabajan en sectores distintos, pero sus uniformes entran en este patrón. La primera fue dependienta de una tienda de una marca deportiva en el centro de Barcelona hace tres años. Según explica, en invierno, tanto hombres como mujeres tenían que llevar el mismo chándal de la marca, “el problema vino cuando en verano los chicos siguieron con algo similar de pantalón corto, pero a nosotras nos dieron unos leggins de mala calidad, muy apretados y con los se te transparentaban las bragas al agacharte. Nos quejamos un poco, pero seguimos trabajando. El colmo fue cuando en septiembre decidieron que seguiríamos con los leggins. Nos dio muchísima rabia, ¿por qué teníamos que ir nosotras pasando frío y enseñando carnes y ellos con el mejor tejido que tenía la empresa?”. Carme y sus compañeras se quejaron y la empresa respondió con una reunión en la que les dio la razón, “pero la única solución fue darnos permiso para poder llevar los pantalones del año anterior y algunas chicas no lo tenían, si no querían llevar los leggins, tenían que comprarse uno nuevo en la tienda”, cuenta.

Cecilia, por su parte, es empleada de una empresa de gestión cultural que da servicio a diversas entidades a escala nacional. Su queja es que el polo que les obligan a vestir en horario laboral, tanto a ella siendo supervisora, como a las taquilleras, tiene una apertura demasiado grande, sin botones, para resaltar los pechos. “No es algo muy grave, pero nos toca muchísimo las narices; los chicos llevan una camisa blanca hasta arriba bien cerrada y a nosotras ni siquiera en invierno, cuando tenemos frío, nos dejan llevar algo debajo”. Además, apunta que cuando hay nuevas contrataciones para estos puestos, a la nueva empleada le dan la ropa de una compañera que estaba antes, sin tener en cuenta que puedan tener tallas diferentes. “Han sido varias situaciones incómodas con la ropa que están ahí, molestan a todas, se palpan, pero nos las estamos comiendo igual”, dice.

Para Natxo Parra, abogado laboralista y socio del Colectivo Ronda, todas las situaciones expuestas, tanto las recomendaciones como las imposiciones, son denunciables: “Se trata de actuaciones discriminatorias a las mujeres en el ámbito laboral por el mero hecho de serlo, pero es que además rayan el acoso”. Sobre dónde estaría la línea que separa un caso denunciable de uno justificado, Parra expone que se encuentra en “la causa que fomenta el tipo de vestuario: si esa causa es objetiva y absolutamente razonable sí se podría validar que los uniformes para hombres y mujeres fueran distintos”.

Así, estaría justificado que una trabajadora llevase un uniforme diferente a un homólogo en la misma empresa si existe un riesgo laboral para ella y necesitase especial atuendo: por ejemplo, para proteger su vientre si está embarazada. Sin embargo, admite que estos supuestos se dan sólo en el plano teórico. “¿Cuál es la práctica diaria? Que siempre se está imponiendo un uniforme concreto a las mujeres desde una óptica totalmente cosificadora y esta no es una justificación. No existe ninguna causa objetiva y razonable que valide enfatizar el cuerpo de la trabajadora para tener una mayor atención de los clientes o más ingresos. Son comportamientos radicalmente sexistas y discriminatorios”, defiende. Aun siendo casos puntuales, es importante recordar que la norma también se aplica prohibiendo el uso de faldas o cualquier prenda estereotípicamente femenina en el caso de los hombres; lo que tiene como resultado asimismo una violencia diaria para las personas trans forzadas a vestir según el género asignado.

El procedimiento para denunciar, continúa explicando Parra, es interponer una demanda a Inspección de Trabajo alegando que esa obligación del uniforme es discriminatoria. Si es despedida o recibe una sanción por haberse negado a las recomendaciones o imposiciones de la compañía, podrá interponer una demanda en el Juzgado de lo Social para que se valore el caso. Entonces el juez o la jueza podría declarar la nulidad de la sanción o el despido.

Así ocurrió, por ejemplo, en 2019 cuando el Tribunal Superior de Justicia de Madrid le dio la razón a una guía del Patrimonio Nacional que se negaba a llevar falda corta y una blusa transparente. “Y, por supuesto, la trabajadora podrá denunciarlo desde una óptica sindical, a través del comité de empresa y de manera colectiva”, apunta por último el abogado. Esta sería una fórmula eficaz para reducir la diferencia de poder que, como muestran los casos anteriores, paraliza a las empleadas que sufren esta violencia. Una de las sentencias más mediáticas de los últimos años fue la multa de 25.000 euros impuesta por Inspección de Trabajo a la organización del torneo de tenis Condé Godó y a la agencia de contratación Tote Vignau por el “uso sexista” de los uniformes de trabajo. La denuncia se llevó a cabo a través del sindicato UGT debido a las quejas de las azafatas, obligadas a trabajar con falda y camisetas de manga corta a pesar de la lluvia y el frío.

En esta misma situación se encontraba Emma hace cinco años. “No es que llevásemos uniformes diferentes, es que directamente no había hombres”, explica sobre su trabajo como azafata de eventos en Valencia. Hoy afirma que le gustaría haber tenido esta información y poder actuar en consecuencia. Aunque lo hizo por el “dinero fácil”, se arrepiente de haber participado en eventos en los que las mujeres, de manera evidente, eran poco más que decoración.

Cuando peor lo pasé es en los eventos que montaba un banco cuando abrían una de sus nuevas oficinas. Literalmente el trabajo consistía en estar de pie durante horas y horas subida en unos tacones, con una cara bonita y ya está, siempre sonrientes. Nos trataban como si no tuviéramos

cerebro. Ninguna de las chicas tendría más de 23 o 24 años”, expone con detalle. “Un día una compañera llegó a llorar del dolor de los zapatos y, como no la dejaron sentarse, la escondí en un guardarropa. Hoy en día si viviese eso otra vez no habría actuado de esa forma, aquello fue un enorme abuso de poder y de un machismo increíble”.

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