Tengo que confesar que vi Blonde el día que se estrenó en Netflix, que no he leído la novela y que he visto y leído casi todo lo que se ha escrito y filmado sobre, por, para y de Marilyn Monroe, sobre quien versa la película.

El contexto es que no tenía referencias sobre la peli, siento una fascinación (muy mainstream, no me engaño) por la protagonista (Marilyn, no Ana de Armas, la actriz que la encarna) y me interesan mucho -en general- los relatos de mujeres que se inmolaron públicamente en la búsqueda yerma de que las quisieran en la intimidad.

Voy a mojarme y a ser concreta, porque vamos tarde para hacer una reseña, con todo lo que se ha dicho y escrito sobre esta peli, inspirada en la novela de Joyce Carol Oates.

A mí me gustó. Ana de Armas está impresionante en la concepción más compleja e indiscutible de la palabra. No es una biografía, ni pretende serlo. Voy por partes.

La película me gustó mucho. Me mantuvo en vilo, me provocó emociones, me atrapó y me llevó con esa rubia increíble a donde quiso.

Cine y patriarcado

A ver, es que Ana de Armas sale en todos los planos de una película de 167 minutos. Y estamos hablando de una de las imágenes -porque Marilyn Monroe no es una mujer, es una imagen que atraviesa toda la cultura popular de las últimas cinco décadas- más representadas y reconocidas de la historia de la cultura. Todas sabemos cómo era Marilyn, cómo se movía, cómo sonreía y cómo hacía esos mohines geniales que han construido lo que supone ser sexy (vete a saber qué será eso) en la cultura occidental.

Bueno, pues, aun así -o mejor, así y todo- esa actriz que no se parece mucho a Marilyn (supongo que ni la propia Norma Jean se parecía a Marilyn) se convierte en ella con una capacidad que está mucho más allá de la caracterización, de la copia o de la imitación. Entre otras cosas, querida, porque Marilyn es inimitable.

Yo estaba ya totalmente entregada a la causa de Ana de Armas desde el momento en que empecé a ver a Marilyn Monroe (y supongo que a lo poco que quedaba de Norma Jean) en ella, pero pensaba “no se va a atrever”. Y va la tía y se atreve.

Hay decenas de imágenes de Marilyn Monroe en mi disco blando de cinéfila que se dio cuenta tarde de lo lesbiana que era, pero hay dos con las que (casi) ninguna de todas las que han intentado hacer una copia honrosa se han atrevido. La primera es ese vestido fucsia con escote palabra de honor y lazo enorme, en Los caballeros las prefieren rubias cuando nos convence de que los diamantes son mejores amigos de las chicas que las amigas que se besan, décadas antes de Rosalía y Tokischa. Mira por donde la que se atrevió con esto fue Madonna en Material Girl. Pero, vamos, que mi adorada Louise baila mejor (mejor que nadie, de hecho) pero ni se acerca. Pues va Ana y se atreve y lo hace estupendamente. No como Marilyn, porque nadie es Marilyn. Pero puedes ver en TikTok un montaje que compara las actuaciones de ambas en este número musical y flipas.

La otra escena con la que pensé que no se atrevería es la de apoyarse en el quicio de la puerta, también de fucsia, con unos inolvidables aros dorados y una cara que expresa todas las lujurias, en Niagara. Pues va Ana y se atreve. Y no es Marilyn, porque nadie es Marilyn, pero lo hace que flipas.

Soy consciente de que no puede valorarse una película por el parecido de la actriz con la mujer a la que interpreta. Pero creo que la interpretación de Ana de Armas en Blonde es extraordinaria y brillante, porque consigue expresarse como una de las caras más expresivas de la cultura popular y moverse como uno de los cuerpos más encarnados del imaginario occidental. Yo le daba dos Oscar, por lo menos.

Y otro a Lynnae Duley, que es la responsable de peluquería -que si has visto la película me vas a entender- porque qué importantísimo es el pelo en un biopic y qué maravilla es el trabajo que hacen en este.

Vale, voy con lo malo. Le daba una toñeja bien fuerte a Andrew Dominik por las escenas de los bebés. Son absurdas, inverosímiles, ridículas y antiabortistas. Los fetos no son bebés que flotan y hablan con sus mamás. Eso solo lo pensaban las monjas adoctrinadoras de mi infancia y esa especie extrañamente exitosa que es el hombre heterosexual.

¿Que cualquier relato sobre la persona que habitaba a Marilyn Monroe tendrá que incluir conflictos sobre la maternidad y las posibilidades de serlo? Por supuesto. ¿Qué es un insulto a la inteligencia audiovisual de la ciudadana media que los bebés no natos hablen con voz infantil desde la tripa? Pues también.

Perdonamos a Dominik por haber hecho un documental (que aún no he visto) sobre Nick Cave y por El asesinato de Jesse James, por el cobarde Robert Ford. Y por muchas otras cosas de esta película.

La fotografía de Chayse Irvin es deliciosa y juega con la luz, el claroscuro, el blanco y negro, la penumbra y todos los recursos a su alcance de una forma que puede resultar barroca, fascinante o una preciosidad que acompaña al relato. Yo me quedo con lo último. Especial atención a la escena final, que sugiere algo terrible solo con el recorrido del sol sobre la cama.

Las críticas a lo explícito de las escenas que implican agresiones sexuales no las comparto. Igual porque he visto (y me gustó) Irreversible o por los cientos de grabaciones, transcripciones, documentales y libros que me he tragado sobre Marilyn Monroe y la persona

que la habitaba, pero no tengo dudas de que ese cuerpo vivió violencias mucho más terribles que las que se insinúan en la pantalla.

Y uso el verbo insinuar con cuidado. Porque las escenas son duras, pero no explícitas. La felación a John F. Kennedy es un plano atroz, pero está rodado -en mi opinión- con un tino impresionante. Imposible regodearse o hipersexualizarla. Da asco, rabia y empatía. Mucho me parece para el señor de los bebés parlantes.

¿Y las tetas? ¿Qué pasa, que solo no nos dan miedo las de Rigoberta Bandini? Los constantes desnudos de Ana/Marilyn pueden parecer innecesarios a alguien que crea que en el cine hay que enseñar solo lo necesario. Pero la presencia de ese cuerpo en la pantalla, sin ropa que se interponga, es una forma de contar que ese cuerpo estaba hipersexualizado y que la mujer que vivía dentro sabía que no era del todo suyo. A esa mujer le cosieron un vestido solo de cristales directamente en su cuerpo. Para el cumpleaños del señor de la felación, por cierto.

Me parece que la película describe con acierto esa tristeza de quien siente que es menos ella por dentro, cuanto más es quien los demás esperan por fuera. Esa fragilidad de las mujeres que sienten que nadie las quiere a ellas, si no a lo que representan. Me recuerda a Janis Joplin, a Amy Winehouse, a Whitney Houston, a Britney Spears. No sé si llamaba(n) daddy a sus maridos, pero sé que tenía daddy issues.

Sé que esta peli me cuenta la historia (de un libro que me cuenta la historia) de una mujer que quería que la quisieran, no que se la quisieran follar.

Y que hay algunas escenas de caras, de manos, de babas, de ruidos de hombres que me hacen sentir el asco, la pena, la rabia, las ganas de salir corriendo, de cortarme el pelo, de acelerar el descapotable al borde del Cañón del Colorado que hemos sentido todas en la vida y que hemos visto demasiadas pocas veces en la pantalla.

Espero que hagas muchas más películas, Ana de Armas.

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