La territorialidad del cuerpo femenino, en tanto espacio sobre el cual se libran disputas, se producen escándalos y se atraviesan múltiples formas de dominación, subyace –idea poderosa– en el discurso narrativo de no pocos productos comunicativos en los últimos tiempos. Esto no es fortuito. El contexto de debate académico, activismo feminista y acción política que han protagonizado diferentes colectivos, buscadores de la reivindicación de derechos y de la visibilización de sus causas, interviene decisivamente sobre las nociones de la corporalidad de la mujer como escena de política y legitimidad.

Sin embargo, la forma en que se presentan las historias subsumidas en dicha producción mediática, así como la manera en que son percibidas, dice mucho de cómo todavía hay zonas de lo social –visto como consenso construido–, en torno a la conceptualización de vínculos afectivos, que no se han liberado de principios heternormativos o patriarcales y, a su vez, de visiones clasistas o de control sobre las expresiones de amor y los cuerpos de las mujeres. Sano e insano, correcto e incorrecto, bien y mal: nociones binarias que comandan los modos en que las audiencias consumen lo que ven y exigen que se les presente.

“Asuntos pendientes”, la telenovela cubana actualmente en transmisión, ha colocado en tela de juicio el rol de una mujer que es madre y decide no interrumpir su desarrollo profesional. Las tensiones que provoca la distribución del tiempo familiar-laboral, o los roles de género establecidos, han suscitado interesantes debates en redes sociales en torno a una historia que permea una noción compartida, comunal, de lo que es la mujer cubana. Importantes cuestiones habría que analizar en este caso para acercarnos a cómo una mujer vive y experimenta situaciones similares: la culpabilidad como forma de dominación, la inexistencia de redes sororas de apoyo, y el sentido disciplinar y correctivo de los entornos familiares patriarcalmente normativos.

No es casual que los movimientos feministas hayan puesto la mirada sobre tres ámbitos ruciales de la femineidad como constructo contextuado en un marco social específico, visto como esferas en continuo solapamiento/enfrentamiento: el íntimo-familiar, el privado-social y el público-político. Mas, a pesar del camino recorrido, todavía en el imaginario popular nacional la mujer-como-objeto-madre se debe, exclusivamente, a sus hijos y el tiempo que no dedica a esa función se nomina como tiempo robado. La idea que aquí subyace de manera constante es que las mujeres son y siguen siendo cuerpos a disposición de otros.

La subordinación de lo femenino a una serie de expectativas heteropatriarcales que dictaminan lo correcto no se localiza, únicamente, en la esfera de la maternidad. También en el ámbito de lo sexoafectivo –como contenido emancipador, deconstruido, performático– se percibe con claridad dicho punitivismo patriarcal, sobre todo cuando se sale del viciado y estrecho marco de lo binario heterosexual. Incluso en producciones más alejadas de lo mainstream nacional, en tanto circuito de distribución, se ven afectadas por esto. Una serie como “Calendario”, por ejemplo, con sus múltiples intentos de abordar de manera crítica algunas de estas nociones, también sirve como plataforma sobre la cual señalar una definición asfixiante de lo correcto. Pongamos el dedo en la llaga: de analizar las reacciones públicas al beso lésbico visto en el capítulo 10 de la segunda temporada, o a la escena de sexo del capítulo 11, podremos sacar en claro detalles de cómo la visión heternormativa y patriarcal permea la percepción de amplios segmentos de la audiencia de la televisión nacional: desde indignación y molestia hasta sugerencias respetuosas de lo que debe y no debe salir en televisión.

La cosificación del cuerpo de las mujeres, en sus modos, pasa tanto por la patologización de considerar a ciertos cuerpos enfermos e insanos –término del discurso médico-psiquiátrico–, como por las formas en que se perciben los vínculos sexo-afectivos no heteros. Insano, inapropiado, enfermo: adjetivos que develan cómo lo no heteronormativo es aislado, despreciado, atacado, colocado en un lugar marginalizado: arrojarlo, en la práctica, a un no-lugar, a una no-zona común a todas las formas en que se construye la discriminación y exclusión de grupos sociales –y nótese aquí que no es exclusivo del discurso discriminatorio de supuestas minorías identitarias.

Las relaciones entre personas del mismo sexo son; sin embargo, todavía para gran parte de las audiencias nacionales es prácticamente un escándalo verlas en la televisión o en la prensa porque, supuestamente, visibilizarlas sería fomentar las relaciones no heteronormativas. Criterios de este tipo pretenden nulificar posibles debates sobre la aceptación de la diversidad, la búsqueda de sociedades justas o equitativas y la igualdad de derechos, vistos desde el encargo social que productos comunicativos en redes de distribución masiva pueden tener con vistas a visibilizar, performativizar y activar las nociones antedichas. En este caso, intervienen también las nociones de libertad y placer, del derecho a decidir sobre el propio cuerpo y, a la par, el derecho a que todo lo que sucede en el espacio de lo social merezca igual atención de los medios y las narrativas comunicativas, del tipo que sean.

El asunto pivota sobre las representaciones sociales que hacen los medios de comunicación sobre los sujetos y, en este caso, sobre los diferentes tipos de vínculos sexoafectivos. La representación social, como modalidad particular del conocimiento cuya función es la elaboración de los comportamientos y la comunicación entre individuos, se construye en los medios a partir de la presentación que hacen de sujetos-tipo específicos. Por tanto, cualquier grupo social tiene igual derecho a la representación hegemónica y, por ende, aspira a encontrarse reflejado en los espacios de comunicación principales dentro de circuitos específicos, sin que la representación que se haga sea estigmatizante, construida sobre prejuicios o que deje un saldo negativo en los públicos de manera general. En consecuencia, un beso lésbico es igual de válido que un beso hetero. Presentarlo sin que por medio de él se estigmatice a mujeres lesbianas, constituye un precepto ético que debe dirigir el trabajo de creación audiovisual.

Los modos en que las audiencias interpretan, consumen y perciben los relatos de los medios en torno a la mujer evidencian que sus cuerpos continúan siendo escenario de disputas sobre los que se construyen juicios signados por una histórica carga de simbología –como afirma Cristina Molina Petit en La construcción del cuerpo femenino como victimizable– en una cultura eminentemente patriarcal, lo cual ha implicado la exclusión de la representación de mujeres no cis hetero. En consecuencia, las audiencias que no han naturalizado la presentación de historias construidas desde la diversidad de visiones en torno a la sexualidad reciben con desagrado propuestas de este tipo. Desde la comunicación habría que seguir presentando historias que rompan convenciones y estereotipos, teniendo en cuenta la responsabilidad ética que conlleva la presentación de historias de diferentes sectores sociales, sin discriminación positiva, tokenismo o estigma, y donde los cuerpos de las mujeres sean respetados como territorios de libertad y emancipación

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