Agustina Paz Frontera: “Hay una incomprensión de lo que es el feminismo”

A una entrevistada, a veces, no es necesario desgranarla, enumerar su currículo. La mejor manera de explicar el porqué de la entrevista es leyéndola. Hay que leer a Agustina Paz Frontera, por lo que dice, por lo que duda y por los caminos que abre. También por su experiencia.

Esta periodista y escritora argentina está en las calles -es una de las impulsoras del movimiento Ni Una Menos-, en los medios -es fundadora y codirectora de LatFem, portal latinoamericano de periodismo feminista-, en la literatura -el año pasado publicó la novela El amor blanco y tiene dos libros de poesía- y en el pensamiento -trabaja en un ensayo sobre la relación del feminismo con el Estado, donde incluirá entrevistas a dirigentes de América Latina y de algunos países europeos-. Y en las calles, en los medios, en la literatura y en el pensamiento de Agustina Paz Frontera está el feminismo, que atraviesa toda su vida, incluso sus vacaciones. Lo demuestra que haya aprovechado su tiempo de descanso para sugerir la organización de una mesa redonda sobre feminismo y narrativas del sur.

Esta entrevista es una parte de lo que abordó durante su paso por Bilbao. Ella lanzó la idea de del espacio de debate, Pikara Magazine cogió el guante y La Sinsorga cobijó. Lo dicho, lean la entrevista como si estuvieran escuchándola.

Trabajas en un ensayo sobre feminismo y su relación con el Estado, con la institucionalidad, con el poder. ¿Cuál es la hipótesis?

 Es un acercamiento desde el periodismo al problema de la relación entre la política feminista y el Estado. Yo noto, sobre todo en el feminismo de la última década, que hay una relación muy tortuosa y muy problemática, porque el Estado apareció como un lugar posible de ser tomado por el feminismo.

Voy a poner Argentina como país de referencia porque es lo que más conozco, pero la verdad es que en toda América Latina salvo excepciones viene pasando un proceso similar, y quizás en España.

Gracias a la expansión de nuestro movimiento, desde 2012 o 2015 el feminismo se ha instalado como un discurso muy impregnante, que ha logrado convencer y que ha logrado mucha empatía en las masas, con el movimiento Ni Una Menos o con la marea verde. Ha logrado la masificación del reclamo del aborto legal, hemos logrado convencer a la política partidaria de que en el feminismo había algo que valía la pena escuchar y había algo de poder. Eso puede ser de leído de dos maneras: dar la posibilidad a un movimiento social que históricamente ha sido marginado de acceder al lugar donde se toman las decisiones, o utilizar el capital político que tiene este movimiento social para lograr los mismos fines de siempre.

La mirada desde los feminismos respecto al Estado durante todo el siglo XX fue muy confusa. Hay una vertiente autonomista que no tiene deseo de ingresar al Estado porque se entiende que es de por sí un dispositivo patriarcal, racista, misógino, clasista, y hay que construir por el costado e interactuar lo mínimo indispensable porque el Estado es el lugar a quien reclamar. Y hay una posición más institucionalista. En los 70, en Argentina esa división se llamaba feministas puras, aquellas que no tienen ninguna relación con la política institucional, y las feministas políticas, que piensan en la construcción política en el Estado como una posibilidad. Esa relación entre esas dos posturas siempre estuvo tensada, siempre hubo relaciones de ida y vuelta. En 2019 se crearon secretarías de Género, ministerios de Género, de Sexualidad, de Diversidad en Argentina, en varias provincias y en otros países de la región. Nuestra agenda feminista pasa a ser un asunto de Estado y nos encontramos con un problema: ahora que sí nos quieren ahí, ¿qué hacemos?, ¿cómo traducimos?

Creo que hay que estar ahí, pero ¿cómo hacemos la traducción? ¿Cómo traducimos la política feminista, que no está concebida desde esa concepción de poder, a un territorio particular y las estructuras de la política del Estado en América Latina? Creo que es posible una traducción. Viene por ahí la indagación.

Es un debate presente en el Estado español. Tuvimos una ministra de Igualdad hace años, Bibiana Aído, ahora tenemos otra; y estamos en campaña electoral y la figura de Irene Montero ha sido muy atacada y muy cuestionada incluso por compañeras y compañeros de su propio espacio político. Se ha acusado a Montero, y al feminismo, del auge de la extrema derecha. ¿Que el feminismo esté en el Estado implica el surgimiento de movimientos reaccionarios? En Pikara Magazine publicábamos un artículo que decía “demasiado feminismo hasta para la izquierda”.

De alguna manera se carga a los feminismos la culpa de la avanzada conservadora, del empoderamiento de las ultraderechas. El caso de Irene Montero yo lo sigo muy de lejos, pero me parece interesante lo que ha pasado con ella. Hay una incomprensión de lo que es el feminismo. Esta cuestión de que es demasiado feminista hasta para la izquierda lo que está escondiendo es la acusación de que el feminismo no comprende la clase, por ejemplo. En Argentina hay un político, Juan Grabois, que muchas y muchos seguimos porque es lo que queda de un pensamiento de izquierda con posibilidad de algo de poder, que dijo durante la pandemia que “el feminismo es agenda de minorías”, es política para pocas y pocos, para poques; lo digo provocativamente porque el uso del lenguaje inclusivo les parece una pelotudez. Les parece que no hay nada en la agenda feminista que tenga que ver con las grandes mayorías. A mucha gente dentro del campo popular o de la política de izquierdas progresista le parece que aprobar el DNI no binario significa no hacer políticas económicas distributivas con base en la clase; para mí es una contradicción que frena cualquier avance político; es como si hubiera que elegir.

El feminismo no trata de elegir sino de hacer políticas en relación a la clase, al género, a la raza, o a la edad; hay una lectura interseccional que está faltando. Si vos decís no hagamos más leyes sobre la identidad de género porque benefician a una mínima porción de la población, yo diría, ¿pero vos te fijaste qué hay adentro de una clase?, ¿qué hay dentro de la clase trabajadora?; ¿de qué está formada la clase obrera hoy? Entras ahí y tenés trabajadores precarizados, racializados, migrantes, mujeres superexplotadas laboralmente, personas trans que no tienen capacidad de acceder a trabajos regulados; la clase está llena de género. Es como tener que elegir entre la mamá o el papá, no, no quiero. Y sin embargo estamos dentro del pensamiento de izquierda progresista peleándonos por eso: si dar lugar a feministas es postmoderno. Como si el feminismo desde una mirada muy maliciosa y muy prejuiciosa quedó entrampado en una lógica postmoderna que no comprende las desigualdades de clase o de raza, la política de minorías, como decía Grabois.

Dices que hay una incomprensión de lo que es el feminismo. Aquí se ha planteado que tal vez el Ministerio de Igualdad de España no ha sabido comunicar bien los logros. ¿Hasta qué punto está presente esto de que no saberse explicar, de tener que ser todo el rato pedagógicas?

Hay una incomprensión, sí. Por eso yo he hablado de la traducción, de cómo hacemos una traducción de nuestra lengua militante y por eso nosotras hablamos de narrativas nuevas en Latfem: ¿qué narrativas nuevas tenemos que construir para poder hablar a esta gente que no nos está comprendiendo en lo que decimos? Porque no podemos pensar que solo es un problema de ellos, es también nuestro. Esa autocrítica no nos tiene que llevar a fustigarnos, pero sí a pensar los modos de decir, los modos de comunicar. Sobre todo, cuando recién llegamos a tener posiciones de poder y no estamos entrenadas. Quizás nuestra lengua militante está más emparentada con la lengua del activismo callejero, incluso con la lengua de las ONG, de las fundaciones, del tercer sector, y cuando llegamos a la política partidaria, cuando llegamos a hablar desde el Gobierno, tenemos que tener otra forma de hablar, porque al fin y al cabo lo que se trata es de seguir rescatando el feminismo, y seguir logrando que nuestra forma de mirar el mundo sea aceptada y practicada por las grandes mayorías.

Creo que sí hay un déficit de cómo decimos y cómo articulamos y cómo hacemos política. En Argentina las experiencias de los ministerios fueron superfallidas hasta ahora, a excepción del Ministerio de Género de la Provincia de Buenos Aires; el mayor déficit es que no hay construcción con las organizaciones feministas de base. Una feminista llega al poder y en lugar de transformar el poder del Estado es transformada por las lógicas patriarcales que tiene el Estado. No debe ser algo sencillo de hacer.

Empezabas un artículo publicado hace un año formulando una pregunta inquietante: “¿Por qué las organizaciones feministas ya no tienen una voz altisonante?”. Esta pérdida de voz y pérdida de calle ¿ha coincidido con la llegada al Estado?

Me parece que coincide, pero yo no le echaría toda la culpa a la institucionalización. La política institucional feminista existió siempre y eso no hizo que la política callejera dejara de existir. Hay compañeras que tienen la hipótesis de que antes las feministas que estaban en la calle con una posición muy crítica y generando movimiento callejero y presión hacia los gobiernos ahora están atrás de escritorios; y lo ponen casi como la única causa del desinfle o del achicamiento del feminismo. Yo creo que pasaron un montón de cosas; la pandemia es una de ellas. Es un error leer que las feministas somos el único actor del mapa político. La pandemia nos sacó de las calles y nos desorganizó. En Buenos Aires, antes de la pandemia teníamos asambleas que eran muy diversas y donde podían confluir organizaciones y personas muy distintas entre sí que tenían una riqueza muy grande; si bien la feministas blancas universitarias profesionales éramos las que estábamos coordinando esas asambleas, había una afluencia de personas que venían a presentar sus reclamos a un lugar donde sabían que tenían escucha y que esa escucha era masificada luego en las manifestaciones: personas indígenas, personas racializadas, trabajadores y trabajadoras de la economía social, de la economía popular, trabajadoras sexuales, personas trans, sindicalistas.

Venían con una serie de reclamos que fueron modificando lo que fue en su primer momento Ni Una Menos, un reclamo contra las violencias machistas y dejen de matarnos. Con el correr del tiempo, esa frase, “ni una menos”, se fue engordando, enriqueciendo, llenando de contenido hacia más diversidad de conflictos. Hubo un salto muy interesante cuando se pasó a convocar a las huelgas y los paros de mujeres, lesbianas, travestis y trans; se produjo un salto a un feminismo que podemos llamar interseccional, feminismo popular. Todo eso, que era riquísimo y que era realmente un acontecimiento político, en 2020, se liquidó con la pandemia. Y nos liquidó por muchas razones. Empezaron las diferencias internas, estábamos en la lucha de quién estaba comandando eso, qué iba a decir la bandera, y empezó una política identitaria de “yo quiero que diga el conflicto que para mí es más importante”. Teníamos antes Ni Una Menos o aborto legal como bandera, que eran problemas aglutinantes y urgentes y que estaban a punto de convencer a toda la sociedad y, luego de la legalización del aborto, empezó una disputa por quién decía la frase más ingeniosa y el movimiento quedó en manos de académicas.

Yo no tengo nada contra las académicas, pero lo que pasó es que personas con mucho capital simbólico y político empezaron a intentar dominar la narrativa de las manifestaciones feministas; y eso expulsó a muchísima gente. Porque “ni una menos”, “vivas nos queremos”, “basta de matarnos” interpelaban a señoras, niñas, niñes, señores, clubes de fútbol, escuelas; aprendimos a decir femicidio, una palabra dificilísima, hubo una ruptura en términos narrativos y del discurso social. Pero empiezan esas consignas crípticas, enrevesadas, que remiten a feminismos teóricos, que está muy bien, por ejemplo, “desendeudadas nos queremos”. Yo estoy de acuerdo, la deuda con el Fondo Monetario Internacional que tienen Argentina y muchos países del mundo es un condicionamiento que remite a siglos de colonialismo, imperialismo y a la dependencia de países como el mío, y eso tiene una repercusión muy concreta en la economía de las mujeres, en la economía de muchas personas; pero esa consigna no logra lo que sí logró el movimiento feminista cuando se volvió un objeto de deseo del poder, que es lo que nosotras queremos, nosotras queremos tener poder. Mi abuela lee “desendeudadas” y no piensa que le están hablando a ella. El feminismo se volvió al nicho después de ese enorme proceso de masificación que logró darnos un ministerio. Las feministas organizadas, por lo menos de Buenos Aires, volvimos al nicho, volvimos a hablar con palabras raras que nadie entiende. Para mí eso es un problema de comunicación política y es otra de las causas por las cuales se pinchó la cosa. También me parece que el discurso feminista tampoco debe quedarse en la denuncia y la pena, no debe quedarse en discursos victimistas y reduccionistas. Lo que quiero decir es que hay una paradoja, queremos complejizar, pero a la vez complejizar el discurso nos vuelve inentendibles; pero si no complejizamos, quizás llegamos a más personas, aunque con una idea muy acotada de la práctica política feminista. Por otro lado, el acontecimiento que fue Ni Una Menos o la marea verde ¿es posible que sea refundado o repetido? ¿Un acontecimiento político puede programarse o excede a la voluntad? Son muchas preguntas las que nos estamos haciendo.

¿En qué momento está el movimiento Ni Una Menos?

Creo que ya pasó la crisis y ahora hay que rearmarse. Estamos en un momento de repensar, de reordenar y bajó la intensidad de la atención que nos prestaban los medios de comunicación, los políticos; la capacidad de incidencia que teníamos hace unos años ya no es la misma. Pero sí pasó algo raro: ahora vos prendes la televisión en Argentina y están hablando de un femicidio en los programas de la tarde, los de chismes, de cotilleo, de la farándula, cuatro horas hablando de la forma más morbosa y con detalles escabrosos y con muy poca información, pero con un tono muy melodramático, de temas de que antes eran solamente de nuestra agenda, de la agenda de los medios feministas, que estábamos como en un rinconcito y con muy poco público. Eso obligó a los medios feministas también a cambiar su forma de hablar de las noticias que tienen que ver sobre todo con violencia. La gente se informa muy intensamente, pero con una muy baja calidad de rigor periodístico sobre algunos hechos, por ejemplo, los femicidios, y después tiene que ir a los medios feministas a buscar análisis, a buscar reflexión.

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