Violencia y masculinidad: las herencias del patriarcado

[04-08-2020]
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Las prácticas e imaginarios asociados a la masculinidad hegemónica contribuyen a la validación de una supuesta superioridad de los hombres sobre las mujeres. Tal creencia muchas veces justifica el poder de unos sobre otras, las relaciones de control y la violencia de género. De hecho, sostienen especialistas, el punto de partida para entender el modo en que se estructura la violencia se encuentra en todos esos mitos y estereotipos que, durante años, hemos heredado del patriarcado y considerado como normales.
Sobre las relaciones entre la masculinidad hegemónica y la violencia de género, así como las posibles estrategias para desmontar los prejuicios asociados a ellas, SEMlac dialoga con la sexóloga y especialista del Centro Oscar Arnulfo Romero, Maite Díaz Álvarez, y con los periodistas Jesús Muñoz Machín y Lisandra Chaveco Valdés

¿Qué se entiende por masculinidad hegemónica? ¿Cuáles son los principales mitos y prejuicios que la conforman?

Maite Díaz: La mayor parte de las sociedades del mundo están ordenadas en un sustento patriarcal, machista y androcéntrico, que potencia la superioridad masculina y valida un modelo de varón cuyos atributos, funciones y comportamientos son merecedores, por decirlo de alguna manera, de los mejores derechos, facilidades, oportunidades y privilegios. A partir de ahí, todo lo atribuido a lo considerado masculino cobra mayor significación, valor e importancia que lo consignado como femenino. En consecuencia, se establecen diferencias entre hombres y mujeres, que suponen relaciones desiguales de poder.
Esta realidad ha condicionado una hegemonía de lo masculino en el espacio social. En la actualidad, el término masculinidad hegemónica alude a esas características que tienen que ver con el hombre como proveedor, protector, competitivo, que tiene que poder, sobre todo, que bloquea sus emociones y la vulnerabilidad. Se asocian a este modelo la autosuficiencia que supone no solicitar ayuda, la sexualidad presente, fálica, la responsabilidad que tienen los varones en el éxito del desempeño erótico-afectivo y la heterosexualidad como elemento probatorio de la hombría. Esas normas obligan a las personas a actuar conforme a patrones heterosexuales dominantes imperantes.

Jesús Muñoz: Hace referencia a prácticas, actitudes y creencias que, en determinados contextos, se toman como la norma y aquello que ocupa lugar predominante en las relaciones de poder. Lo del poder es esencial: determinadas características garantizan (o se utilizan para garantizar) una posición dominante sobre grupos de personas, sean mujeres u otros hombres. En ocasiones, se asocia la masculinidad hegemónica solo al dominio de hombres sobre mujeres, pero también define jerarquías entre los varones.
Desde que se habla de estudios de los varones y sus masculinidades, hay elementos que se relacionan de forma directa con el concepto de masculinidad hegemónica. Entre ellos se encuentran la violencia como recurso esencial de la dominación, la heterosexualidad como norma social, el no expresar afectos o vulnerabilidad, el control de los recursos económicos, de los espacios públicos y de las instancias de reproducción cultural que, a su vez, legitiman desde lo simbólico todos los demás aspectos.

Lisandra Chaveco: Son las prácticas construidas socialmente que garantizan a un grupo de hombres una posición dominante con respecto a las mujeres. Son variables y responden a contextos, culturas, nacionalidades y épocas específicas. La masculinidad hegemónica se expresa, fundamentalmente, en la supresión de los afectos, la idea de la fortaleza física y psicológica, muchas veces sustentada mediante el uso de la violencia, la heterosexualidad como norma, el abuso del riesgo y la falta de autocuidados, la noción de invulnerabilidad, así como el ejercicio de una sexualidad activa y exitosa, entre otros valores y atributos.

¿En qué medida se relacionan esos imaginarios con la reproducción y validación de la violencia de género?

MD: Sin dudas, en todos esos mandatos y estereotipos sexistas asociados a la masculinidad hegemónica anidan muchas causas de la violencia de género. Las relaciones de poder establecen una asociación jerárquica de estatus entre dominados y subordinados. La cultura patriarcal estimula el poder masculino y este se visualiza en el dominio sobre las demás personas, en la autosuficiencia y la creencia de tener derecho a someter a los demás, sobre todo a las mujeres.
Las causas de la violencia de los hombres hay que buscarlas en la socialización del género. Los modos en que son educados los varones a lo largo de su desarrollo están marcados por la introducción de actitudes y comportamientos predeterminados por géneros, que provoca diferencias entre ambos. La educación sexista obliga a las personas a asumir patrones estereotipados. Por eso la violencia de género es machista, patriarcal y legitima la superioridad masculina y las relaciones de poder.

JM: Los imaginarios que sostienen la masculinidad hegemónica parten de considerar la superioridad masculina como el orden correcto en las relaciones sociales de cada entorno, ya sea familiar, laboral, noviazgos e incluso, grupos de amistades. Esa creencia justifica (o al menos pretende presentar como menos trascendentes) cuestiones como la violencia de género. Esto sucede, sobre todo, con manifestaciones que son menos evidentes, pues se alejan del maltrato físico, que suele ser más identificable.
La creencia de superioridad de los hombres justifica discriminaciones múltiples, entre ellas las agresiones machistas contra mujeres y niñas. Supuestamente, ellas deben ser obedientes, dedicarse a nosotros y a la familia más que a ellas mismas, constituir ejemplo de moral para cuidar su reputación y para no dañar la nuestra, es decir, nuestra masculinidad.

LC: Ambos fenómenos son directamente proporcionales. La superioridad del hombre, que constantemente se trata de naturalizar a través de la masculinidad hegemónica o tradicional, sirve como sustento para la reproducción de la misoginia, del acoso sexual laboral, de la violencia económica, simbólica, física y estructural de la que son víctimas niñas, mujeres y todos los cuerpos feminizados. Esos presupuestos estereotipados legitiman la discriminación y también la desidia por quienes no comparten la heteronormatividad, la división sexual del trabajo, la doble y la triple jornada laboral, la feminización del trabajo de cuidados y su desvalorización, el control y dominio sobre el cuerpo y el tiempo de las mujeres, los golpes, maltratos y también las violaciones y feminicidios.

¿Cómo trabajar en Cuba para desmontar los estereotipos asociados a esta construcción y limitar sus consecuencias?

MD: Derrumbar el sustento patriarcal que está en la base de nuestros males no es posible, ahora mismo, por su base estructural, su arraigo, su sedimentación en nuestras instituciones y cultura. No obstante, se pueden emprender varias acciones. La socialización masculina supone la asignación de prácticas de inequidad. En consecuencia, para evitar la violencia como la más grave de las desigualdades de género, hay que trabajar las prácticas de identidad masculina. Si les explica los porqués a los hombres, les será mucho más fácil desmontar las prácticas desiguales. No se trata de decirles que no pueden ser violentos, hay que explicar orígenes y causas de esa violencia; hay que atravesar las diferentes formas de ejercicio del poder que han colocado a la mujer en posición de desventaja y estudiar las inequidades que propician las relaciones discriminatorias.
También es vital también dar mayor visibilidad a acciones gubernamentales que tienden a favorecer la igualdad de género, como el decreto 234 promovido en 2003, que estableció la licencia de paternidad. Se debe continuar la preparación de comunicadores sociales, educadores, profesores, médicos y artistas en estos temas. Además, hace falta diseñar más programas y proyectos educativos sobre masculinidad. La mirada hacia el varón no solo debe resultar una apoyatura a los problemas de las mujeres en materias de derecho, bienestar, salud y oportunidades. Es tiempo de incorporar al hombre como centro de política. Las masculinidades y el trabajo con los hombres no pueden verse como una cosa aparte. Solo de ese modo conseguiremos transitar desde un mundo de inequidad hacia uno de participación.

JM: El trabajo implica muchas aristas, apunta hacia alianzas y articulaciones entre toda la sociedad. Pero, obviamente, hay dos dimensiones generales que se relacionan mucho: empoderamiento de las mujeres y trabajo educativo con hombres. Es necesario transformar las masculinidades hacia prácticas y actitudes no violentas, promoviendo aquellas que son solidarias y afectivas, que piensan la sociedad desde la igualdad. Esto implica también que las estructuras sociales que legitiman el patriarcado cambien de forma paralela, razón por la cual hay que trabajar con toda la población.
Urgen una transformación de la cultura esencialmente machista, un marco legislativo más eficiente y plataformas educativas (no solo responsabilidad de Educación) que generen iniciativas para el cambio del orden patriarcal. Con toda sinceridad, aunque sin renunciar a la educación de la toda la sociedad, trabajar con niños y niñas es la mejor manera de formar seres humanos que luego apuesten por el cambio y por dinamitar las bases del patriarcado.

LC: Tomando como punto de partida que la masculinidad hegemónica es una expresión del patriarcado como sistema que legitima todas las discriminaciones y violencias, es muy importante establecer alianzas entre los diferentes sectores, instituciones y redes en la empresa de desmontar estereotipos asociados. La cultura patriarcal nos atraviesa a todas y todos. Mujeres y hombres participamos en su construcción y refuerzo desde diferentes espacios de incidencia. Es importante visibilizar cómo nos afecta para, a partir de ahí, poder desaprender y luego aprender nuevas prácticas que nos permitan avanzar hacia la transformación.
Como parte de ese proceso, el trabajo con los hombres es medular. Hay que involucrarlos e intercambiar sobre los privilegios y costos del sitio en que el modelo los coloca. Además, es mucho más fácil desaprender cuando las prácticas no se han instalado con fuerza. Por tanto, es importante el trabajo desde las primeras edades. Si hablamos específicamente de limitar la violencia de género, la justicia juega un papel fundamental. La creación en nuestro país de una norma jurídica que tipifique la violencia de género en todas sus formas sería una garantía de protección para las víctimas y una medida de contención para quienes la ejercen.

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