Trabajo doméstico: violencia puertas adentro

[02-12-2019]

El hogar es un espacio íntimo, privado, donde ocurren muchas formas de violencia de género que a menudo permanecen ocultas, invisibles. Es también el caso del maltrato que ocurre en el trabajo doméstico, un espacio laboral generalmente poco formal, donde los contratos de establecen de manera verbal y escasean las protecciones. Entonces, para muchas mujeres, mayoría entre quienes hacen este tipo de trabajo, el silencio se convierte en la solución más recurrente y quedan aisladas y desprotegidas.


Para la doctora Magela Romero Almodóvar, socióloga y profesora de la Universidad de La Habana, esas trabajadoras se encuentran entre “las de mayor vulnerabilidad laboral, no solo por su condición de género, sino por la falta de reconocimiento social y económico de sus desempeños”.

¿Existen amenazas, situaciones específicas que provoquen manifestaciones de violencia de género en el ámbito del trabajo doméstico? ¿Cuáles?
En el mundo, millones de personas trabajan en el servicio doméstico, de ellas la mayoría son mujeres y un porcentaje importante lo hace en condiciones de informalidad. La vulnerabilidad también está relacionada con las concepciones estereotipadas que les circundan, el carácter privado, inaccesible y casi nunca registrado del espacio en que se desempeñan, las pocas posibilidades de organización o sindicalización que tienen, entre otros factores.
No puede olvidarse que en buena parte de este ejército de trabajadoras confluyen la pobreza y las desventajas de ser una persona indocumentada, sin derechos. Muchas de las personas que se dedican en el mundo a este desempeño están expuestas a prácticas laborales abusivas, a situaciones de violencia psicológica, física, sexual o de otro tipo, y a condiciones de trabajo y de vida indignas. Son sometidas a jornadas intensas y extensas de trabajo, muchas veces son castigadas, sobre todo las que son víctimas de redes de trata de personas con fines de explotación laboral.

Y en Cuba, ¿cómo se manifiesta ese fenómeno?
Los resultados de nuestras investigaciones nos han permitido constatar que, por lo general, las trabajadoras entrevistadas perciben sus relaciones laborales como armónicas y que los conflictos que se presentan los ven como algo circunstancial, que muchas veces trasciende sus posibilidades de negociar.
Sin embargo, cuando se ahonda en sus realidades, aparecen signos de alarma y se constata que las relaciones de poder más fuertes a las que se ven sujetas estas trabajadoras, en el marco de sus relaciones laborales, son las que establecen con quienes contratan el servicio, con mayor o menor mediación de otros actores en dependencia del espacio y de las posibilidades de actuación que se desprenden de cada uno de ellos. Este poder, que a veces funciona de modo imperceptible y que se puede esconder en frases cariñosas como: “ella es como si fuera de la familia”, está marcado básicamente por la condición socio – genérica de estas mujeres, pero también por su clase, territorio, edad, color de la piel, etc.
Creo que es central para entender la idea siguiente: la violencia que padecen las trabajadoras domésticas puede darse tanto en sus relaciones con empleadores hombres, como con sus empleadoras mujeres (relaciones intragenéricas), quienes pueden utilizar su poder para aminorar los efectos negativos de una posible competencia en casa, que desde lo simbólico las remplaza en tareas domésticas que les han sido asignadas desde lo cultural. Estas pueden ser actividades que en la literatura especializada se han denominado “tareas sucias” (como limpiar el baño), pero también en algunas “más limpias”, de cuidado indirecto y que pueden comprometer los afectos, empatías y cariños familiares (como las tareas domésticas asociadas al cuidado de un infante). Es decir, que son complejas las valoraciones que se pueden hacer al respecto y, por ende, las realidades de quienes se dedican a este tipo de trabajo.
En los intercambios con trabajadoras domésticas cubanas podemos identificar, entre otras, las siguientes manifestaciones: existencia por parte de los empleadores de acusaciones o insinuaciones de haber tomado lo que no les pertenece; malas contestas o silencios prolongados (“Yo entro a la casa y tengo que adivinar cómo está ella de humor, porque si está con el moño virado ni me habla y eso me afecta porque soy una persona muy sociable y sensible”); subvaloración de sus conocimientos y nivel educacional; presiones laborales en situaciones difíciles desde el punto de vista emotivo; jornadas de trabajo extensas e intensas; exigencias de prácticas laborales que requieren de un esfuerzo físico superior a la que la trabajadora puede realizar; no brindarles medios de protección y mostrar una actitud indolente frente a sus afectaciones de salud.

¿Cuáles serían algunas recomendaciones para atender y prevenir estas situaciones?
Ante esta realidad, son muchos los desafíos que pudiéramos nombrar; entre ellos destacan algunos como la necesidad de continuar con las investigaciones y documentar la realidad de estas trabajadoras; realizar campañas encaminadas a la desnaturalización de este tipo de trabajo, lo que implica un replanteo permanente para la transformación de la división sexual del trabajo.
Igualmente, es muy importante la formalización del ejército de trabajadoras, que como están indocumentadas, son más vulnerables ante la posible existencia de maltratos; ofrecer materiales instructivos o guías prácticas para que puedan identificar, prevenir o salir de situaciones violentas; regular de manera más enfática, los deberes y derechos de estas trabajadoras y establecer nuevos mecanismos de protección ajustados a las características particulares del trabajo que realizan y del ámbito en que se desempeñan, además de fortalecer los existentes.

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Dixie Edith

Dixie Edith (dixie@enet.cu). Periodista y máster en Demografía. Se ha especializado en temas de población, género y salud sexual y reproductiva. 

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