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Las mujeres necesitan saber que no están solas

[05-12-2015]
Zulema Hidalgo Zulema Hidalgo SEMlac

Para las mujeres que sufren violencia es muy importante sentir que no están solas. Una oportuna red de apoyo puede dar un giro a sus existencias y variar la situación de aislamiento y vulnerabilidad de la cual su baja autoestima no les permite salir.

De ahí que, cercanas o no, formales o informales, familiares o sociales, las redes de apoyo se erigen en refugio, espacio de contención y vía de orientación y actuación para ellas, asegura a SEMlac Zulema Hidalgo, especialista del Centro de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero.


Con una larga experiencia en el trabajo social en varias comunidades, Hidalgo aboga por ese espacio como el preferente para la sensibilización y capacitación; también para tejer las tan necesarias redes de apoyo a las mujeres violentadas.

¿Qué valor tienen las redes de apoyo para las mujeres que sufren violencia?

Son muy importantes porque lo primero que ellas sienten es que están solas y no hay quien las ayude ni comprenda. Hace falta, entonces, que ellas conozcan que hay personas e instituciones que las pueden apoyar, sean redes familiares, sociales o institucionales. Necesitan saber que otras mujeres están con ellas, que hay amistades dispuestas a ayudarlas.

Muchas veces, cuando las mujeres se casan o se unen a sus parejas, deshacen sus relaciones de amistad y se someten a las del marido o la familia del marido, de modo que sus relaciones se van reduciendo y quedan a veces en el marco laboral, o del espacio en que viven.

Eso es parte de la estrategia del maltratador: desconectarla de sus vínculos familiares y de amistad. Le hace ver que la persona más importante para ella es él, se convierte en el centro de su vida. También le troncha las relaciones sociales, se convierte en el marido súper proveedor que le lleva todo a casa para que ella ni tenga que salir.

Uno de los primeros pasos que hay que dar es, precisamente, reconstruir ese espacio de relaciones que les han sido limitadas.

¿Cómo hacerlo, en el caso de Cuba, desde los espacios comunitarios?

Uno de los caminos es acercarlas a espacios y acciones comunitarias —sean productivas, socioculturales o medioambientales, por ejemplo—, que conozcan a otras personas. A veces en esos espacios es donde esas mujeres son identificadas y luego pueden derivarse a atenciones muy específicas como la consejería, la orientación o los talleres de autoestima.

Uno de los procesos que promovemos es el de desnaturalizar la violencia. Otro, que los actores tengan la orientación adecuada sobre el tratamiento —como es el caso de los policías—, para ayudar a deconstruir los mitos que hacen que la violencia se mantenga por tanto tiempo. También el médico de la familia, el policlínico, la escuela, junto a otros actores formales.

Entre los actores informales hemos identificado, por ejemplo, a líderes religiosos; a quienes ofrecen servicios en la comunidad: la peluquera, el bodeguero o el cartero… A veces por estas vías del servicio cotidiano hemos podido llegar a los casos más difíciles, como mujeres que permanecen aisladas o, incluso, encerradas. Cuando hablamos de la red nos referimos desde el vecino más cercano hasta el actor o entidad formales.

Si las mujeres que viven violencia aprecian que el líder está involucrado, buscan ayuda, se acercan a los espacios donde pueden recibir un tratamiento más diferenciado. De ahí la importancia de las redes para ayudar a visibilizar, además, que se trata de un problema de carácter social que no es privativo de familias u organizaciones determinadas.

¿Cuáles son las mayores dificultades a nivel comunitario?

Primero, que el sistema está desarticulado. Las organizaciones con encargo social de atender el asunto, en el mejor de lo casos, lo hacen de manera parcelada y, en el peor, no hacen nada.

Muchos se involucran en procesos que la OAR ha intencionado, lo que facilita la capacitación, aunque a veces no sepan todavía hacer la devolución adecuada de un caso o no cuenten con todo el personal necesario. Hemos tenido más resultado en la permanencia de líderes comunitarios, con predominio de los Talleres de Transformación Integral del Barrio en La Habana y, fuera de la capital, con líderes diversos e integrantes de los grupos comunitarios.

Llevamos cuatro años celebrando talleres de articulación de actores para socializar experiencias, establecer alianzas de trabajo, estrechar relaciones. Por ejemplo, con juristas, integrantes de la Federación de Mujeres Cubanas, oficiales de carpeta y jefes de sectores de la Policía, especialistas de las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia de la FMC y personal del sistema primario de salud.

¿Las mujeres saben qué hacer, conocen a dónde ir?

Ese sigue siendo uno de los retos más grandes que tenemos, porque como mismo a veces el personal que se prepara es inestable, muchas llegan con su problema pero no encuentran respuesta efectiva en todas las comunidades.

Queda mucho por hacer también para que este problema se atienda desde las asambleas como órganos del Estado.

El escenario comunitario es esencial y apuesto por él para la sensibilización y la capacitación, donde pueda facilitarse esa red de apoyo e identificar quiénes la integran.

El activismo social es también muy importante: el de personas que se comprometan como ciudadanos con deseos de participar en la transformación de su país.

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Sara Más

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