Desafíos de la prevención y la atención de la violencia en Cuba: algunas consideraciones

Dra. Magela Romero Almodóvar. Departamento de Sociología. Universidad de la Habana. Especial para SEMlac Cuba [18-12-2017]

A inicios del presente año tuvo lugar en el Hotel Nacional el panel “Desafíos actuales para la atención integral y prevención de la violencia contra las mujeres y las niñas en Cuba”. Esta actividad, convocada por el Centro de Reflexión y Solidaridad “Oscar Arnulfo Romero”, permitió que un grupo de colegas, personas expertas en la materia, expusieran sus consideraciones al respecto. Lo planteado por ellos me ayudó de manera significativa a organizar mis criterios sobre los procesos que se vienen desarrollando en el país en relación con estos objetivos, algunos de los cuales he tenido la posibilidad de vivir en carne propia por algo más de una década de trabajo profesional.

Aprovecho este espacio para socializar algunas consideraciones que expuse en aquel momento y que hoy me atrevo a plasmar en blanco y negro. A veces el ejercicio de escribir se torna necesario porque permite una mayor organización del pensamiento y potencia la existencia de un mejor entendimiento y diálogo.

Si bien la convocatoria de pensar y debatir sobre los desafíos actuales nos incita, fundamentalmente, a reflexionar sobre aquellos aspectos que aún constituyen aspiraciones; pensar en las características del presente nos remite, necesariamente, a hacer valoraciones del camino recorrido y, por tanto, de los avances.

Son muchos los aspectos que podemos mencionar como logros, pues nuestros esfuerzos han tenido una repercusión directa en la existencia de campañas nacionales por la no violencia de género que no se limitan solo a los 16 días de activismo, hay múltiples actores sociales sensibilizados y capacitados en relación a esta problemática, más proyectos de desarrollo que destinan recursos para la prevención y atención de este flagelo (directa o indirectamente), una mayor cantidad de productos comunicativos que contribuyen, no solo a socializar información relativa al fenómeno, sino a orientar a quienes necesitan ayuda sobre algunos espacios destinados al apoyo (tanto a las víctimas como a sus redes de apoyo), la existencia de vallas como la de la Campaña Eres Más (ubicada en Carlos III y la calle G), un incremento notable en el número de profesionales que se dedican a esta línea de estudio, la aparición de más espacios para socializar experiencias de trabajo, o la transversalización del enfoque de género y de contenidos asociados a la violencia de género en la malla curricular de algunas carreras, entre otros.

Reflexiones sobre viejos y nuevos desafíos

Cada una de las metas alcanzadas ha supuesto esfuerzo, constancia, dedicación y compromiso feminista; también son resultado de nuestra capacidad para lidiar con incomprensiones, temores, rechazos, actitudes y prácticas sexistas que, derivadas de la ideología patriarcal, se presentan como barreras machistas para el vencimiento de nuevos y viejos desafíos.

Entre los problemas a tratar aparecen:

-Las dificultades relacionadas con la comprensión y aprehensión del concepto violencia de género.

-La falta de capacidades por parte del personal que presta servicios en espacios e instituciones destinados a la atención de las víctimas.

-La reproducción de estereotipos sexistas, prácticas violentas y formas no adecuadas de resolución de conflictos en los medios de comunicación masiva.

-La naturalización de prácticas violentas que, generalmente, aparecen de forma invisible en la cotidianidad de cubanas y cubanos, a modo de micromachismos.

-La no concreción de un protocolo de actuación integral, que sobre la base de la articulación de actores sociales diversos, brinde una atención efectiva a quienes sufren de maltrato (en su más diversas expresiones).

-La necesidad de transformar el marco jurídico existente, de modo que la violencia de género sea tratada con un delito especial en el que la resolución penal de los casos tiene, necesariamente, que realizarse con enfoque de género.

-El insuficiente trabajo de prevención con los hombres.

-La fragmentación de los canales de información y comunicación relativos a esta problemática.

-La poca visibilidad de espacios donde se difunden artículos relativos a las características de este problema social en Cuba.

-La carencia de estadísticas nacionales que faciliten el mejor entendimiento de las particularidades que adopta este flagelo en el contexto cubano.

Sin embargo, por la importancia que revisten, ahondaré en los tres primeros retos mencionados; ya que su alcance resulta crucial para el vencimiento de otros.

1. Dificultades relacionadas con la comprensión y aprehensión del concepto de violencia de género

Un primer elemento a destacar en el debate sobre los retos del presente resulta el referido a la conceptualización o definición de la violencia de género que utilizan y defienden parte de quienes se dedican al abordaje de esta problemática social.

Esta realidad se puede constatar no solo en el análisis de las publicaciones que sobre esta problemática social han sido difundidas en el país, sino en los espacios de debate a los que hemos sido convocados especialistas y decisores durante los últimos cinco años. En ellos se visualiza una tensión entre posiciones divergentes sobre lo que se entiende por violencia de género, y aunque el disentimiento puede ser un buen pretexto para lograr un diálogo esclarecedor que nutra a la ciencia, lo cierto es que algunas posturas se defienden fervientemente sobre la base de lo que cada cual entiende como “la verdad en el tema”.

Se debe señalar que existen algunos aspectos en los que la comunidad académica coincide: la estrecha relación que guarda esta problemática con el patriarcado como sistema de poder y la vulnerabilidad que tienen las mujeres y las niñas como principales afectadas. Sin embargo, las discrepancias aparecen a la hora de ubicar qué lugar ocupan los hombres. ¿Pueden ser ellos víctimas de la violencia de género o solo son victimarios?

Las respuestas que unos y otros dan a esta interrogante y las defensas que hacen de sus postulados resultan clave para entender en esencia lo que acontece. Algunas personas defienden que los análisis que se derivan de este concepto suponen el abordaje de los hombres solo como victimarios; mientras otras explican que este es un tipo de violencia que afecta indistintamente a las mujeres y a los hombres.

Respecto a la primera postura me he pronunciado en ocasiones anteriores. La realidad indica que son las mujeres quienes, generalmente, se encuentran en la posición de víctimas y este es un hecho que no se puede minimizar con pronunciamientos “posmachistas” que se presentan como “inclusivos”. No debe obviarse que la fuerte jerarquización en el sistema patriarcal conlleva un ejercicio constante de poder (y poderes) monopolista y oligárquico hacia ellas.

En relación con la segunda postura, miro con recelo dos cuestiones, fundamentalmente:

a. Una confusión de base relativa a la distinción entre los conceptos sexo y género.

Debe aclararse que cuando se alude al género no se hace referencia a un sexo específico; es decir, el género masculino no se refiere únicamente a los hombres o el género femenino únicamente a las mujeres. Partiendo de este presupuesto, volvemos a la siguiente tesis: la violencia de género tiene un género: el masculino, independientemente del sexo físico del agresor”[1]. El fin de esta violencia es mantener la dominación masculina y encuentra en los hombres sus principales guardianes, en tanto principales beneficiados de este sistema de poder. Por eso, generalmente el perpetrador es un hombre motivado por cuestiones de género. Aunque de igual modo existen probabilidades de que aquellos hombres que no se ajustan al modelo patriarcal establecido para su sexo biológico sean víctimas de violencia de género en sus relaciones intragenéricas, es decir, principalmente en las que establecen con otros hombres en su condición de pares.

b. En el afán de presentar la complejidad de este tipo de violencia, se entrelaza con otras manifestaciones lesivas a la integridad humana que no necesariamente se derivan de la pertenencia al género femenino, aunque se relacionan con este hecho, como por ejemplo, la orientación sexual.

2. La falta de capacidades y conocimientos especializados sobre este fenómeno del personal que presta servicios en espacios e instituciones destinados a la atención de las víctimas.

Aunque se debe reconocer que en los últimos años se han creado un sinnúmero de programas de capacitación sobre género y violencia de género para profesionales de los sectores salud, justicia, ministerio del interior, educación y actores que pertenecen a diversas organizaciones sociales; estas aún resultan insuficientes.

Este hecho se evidencia en la falta de herramientas para brindarles un apoyo directo e inmediato a las víctimas o a sus redes de apoyo. Las intervenciones se quedan, por lo general, en el plano de la sensibilización o derivación del caso hacia otro servicio u espacio, en el que probablemente ocurra lo mismo, conduciendo de ese modo al proceso de revictimización que popularmente se conoce como “peloteo”.

Esta situación se agrava por la existencia de una alta rotación del personal (sobre todo en los puestos a nivel local); lo que hace que se pierdan con frecuencia las capacidades creadas y la experiencia adquirida en este sentido. Esta realidad conduce, frecuentemente, a la sensación negativa de “tener que empezar de cero nuevamente, cuando se pensaba en pasar ya a otro nivel”.

Una posible estrategia ante esta dificultad sería la de potenciar procesos de formación de promotores y/o multiplicadores territoriales; es decir, se pudieran capacitar a grupos de multiplicadores por municipio que organicen de manera cíclica cursos de formación o talleres de capacitación a otros/as que puedan replicarlos a nivel comunitario.

3. La reproducción de estereotipos sexistas, prácticas violentas y formas no adecuadas de resolución de conflictos en los medios de comunicación masiva.

Si bien hoy resultan notables los cambios en cuanto a la mayor visibilidad de la violencia de género como problema social en los medios de comunicación cubanos, a través de productos audiovisuales (anuncios televisivos, documentales, etc.) que la representan en sus diversas manifestaciones e indican las consecuencias nefastas que puede tener en nuestra sociedad, estos, por lo general, continúan siendo multiplicadores de la violencia machista. Así, continúan realzando la idea del cuerpo femenino como objeto sexual, siguen quedando impunes actos violentos hacia las mujeres o se legitiman prácticas tan violentas como el homicidio como respuesta a conflictos violentos.

Es por ello que se considera necesario pensar, sugerir y crear productos que, además de presentar el problema, conduzcan a la población a la reflexión sobre posibles alternativas, soluciones, escapes de estas circunstancias, procurando que no sean violentas en sí mismas; pues podríamos estar reproduciendo o construyendo realidades que no conduzcan a la estabilidad y la tranquilidad ciudadana esperada.

En ese sentido, me gustaría realizar, tal y como lo hice en aquella plenaria, un llamado a los colegas de los medios y a los/las especialistas que asesoran dichas propuestas: “Intentemos ofrecer en nuestras próximas incursiones elementos, herramientas o conocimientos que permitan no solo identificar las situaciones de violencia, sino salir del ciclo sin devolver la violencia que se recibe o peor, desplegarla en los otros que nos rodean”.

Recordemos que la violencia constituye un fenómeno social con causas y consecuencias colectivas, y que ningún ente social está ajeno a ella.

Concluyendo

Debo confesar que existen otros desafíos sobre los que me gustaría seguir profundizando; sin embargo, tengo la limitación del tiempo y el espacio. No obstante, las barreras presentadas y otras que nos circundan nos deparan nuevos espacios para la reflexión individual y colectiva, para el crecimiento y el diálogo constructivo, para establecer mayores y mejores sinergias que conlleven el cambio esperado y nuevos proyectos que tributen al logro de un mundo sin violencia de género o donde, como mínimo, los mecanismos establecidos para su prevención y atención funcionen de manera efectiva.

[1] Welter – Lang, citado por Saffioti, (1997). “Los ejes del poder: violencia de género en Brasil”. En: Brasileiro, Ana María (compiladora). Las mujeres contra la violencia rompiendo el silencio. Reflexiones sobre la experiencia en ALAC: p 82. Nueva York: Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidad para la mujer (UNIFEM).

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