Como parte de los objetivos del Decenio Internacional de los pueblos afrodescendientes (2015-2024), se requieren nuevas lecturas del problema racial en Cuba. Mi propuesta es hacerlas en clave decolonial. El enfoque del tema desde esta perspectiva sitúa la premisa de comprender que “el racismo en las relaciones sociales cotidianas no es, pues, la única manifestación de la colonialidad del poder, pero es sin dudas la más perceptible y omnipresente. Por eso mismo, no ha dejado de ser el principal campo de conflicto”[1].

Las instituciones son lugares en los cuales una sociedad da respuesta a necesidades o demandas de sus ciudadanos y ciudadanas; donde las personas ejercen sus derechos y obligaciones. La dinámica interna de no pocas de sus relaciones esta permeada por los mitos y prejuicios sexistas que distorsionan la real situación de la mujer maltratada, lo cual dificulta la detección, atención, tratamiento y rehabilitación de los casos.

Descubrir, o mejor ir descubriendo a lo largo de la vida, los hilos articuladores entre nuestra formación como seres humanos y las maneras en que nos relacionamos en determinado contexto resulta piedra angular para ver de qué lado está la pelota del poder, quiénes lo ejercen y quiénes se resisten a ser dominados. Y que conste: no se trata de una simple pelota, como la del famoso juego de béisbol, sino de algo mucho más complejo y contundente que se entrelaza con las esencias del comportamiento humano.

La adolescencia es, sobre todo, una etapa recordada con especial añoranza cuando se es adulto. Desde esa adultez, muchos expresan que les gustaría volver a ella por la manera en que la transitaron; protección familiar, estudio, curiosidad, amistades, música, recreación, preparación parala vida, amor, sueños, esperanza. En fin, se recuerda como una época en la cual existe un mundo por delante y una gran disposición a vivirlo, sin mayores preocupaciones.

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