Por Sara Más

Muchas personas admiten que existe y quienes estudian el tema lo consideran como la forma más común de manifestación de la violencia en la isla. Sin embargo, del maltrato emocional o psicológico apenas se habla o se le soslaya frente a otras expresiones más agresivas y violentas.
La realidad es que, conceptualmente hablando, no pocas personas suelen reconocer que la violencia psicológica existe, como también la física, la sexual o la económica, aunque no siempre se reconozcan a sí mismas como víctimas o victimarios.
Un sondeo de opinión realizado por SEM en la provincia de Cienfuegos, a más de 250 kilómetros al este de la capital, constató que no faltan quienes han padecido ese tipo de actos, aunque no siempre con una clara percepción de los hechos.
"Es posible", fue la respuesta de un trabajador estatal, de más de 50 años de edad, al preguntársele si había sido víctima, alguna vez, de algún tipo de violencia. Su frase, quizá, no era dubitativa, sino más bien afirmativa, como la de alguien que se detiene por primera vez a pensarlo, pues de inmediato admitió haber sufrido gritos, golpes, ofensas, humillaciones, amenazas de palabra, de gestos y hasta silencios forzosos de parte de familiares, en diferentes momentos de su vida.
Por Sara Más

No sabe definir en qué momento su relación pasó del amor a la amargura, pero Magdalena Benítez asegura que los últimos cinco años de su matrimonio “fueron un verdadero infierno”.
Benítez, habanera, profesional y madre de dos hijos, reconoce que le fue muy difícil decidir el divorcio, asumir la soltería e iniciar una nueva vida: “A todo te acostumbras poco a poco, y un buen día te das cuenta de que, por ese camino, te da lo mismo que te griten o que te ignoren”.
La suya es una historia común y cotidiana, aparentemente normal y repetida: se enamoró apasionadamente a los 25 años, se casó a los 28 y parió el primer hijo al siguiente año. El segundo llegó justo antes de ella cumplir los 31.
“Primero pensé que mi suegra era la fuente de todos mis conflictos, porque siempre quería opinar y decidir sobre nuestras vidas. Pero luego nos fuimos a vivir solos, mi marido, mis hijos y yo, y todo en vez de mejorar, empeoraba”, relata a SEMlac.

La incapacidad de los tiempos modernos para resolver viejos problemas y el replanteamiento postmoderno de los paradigmas, nos incita a retomar algunos asuntos que hemos sedimentado en nuestro intelecto con el paso de los años y que quizá nos estén limitando para encontrar opciones frente a la violencia.

Si fuéramos a hacer un recuento histórico, tendríamos que concluir que la historia de la violencia no es otra que la de la humanidad misma. Desde sus antecedentes filogenéticos, el homo habilis no sólo se desarrolla al crear instrumentos para el trabajo (y aquí cabría replantearnos si realmente es el trabajo el determinante en la aparición del ser social), sino que estos rudimentarios instrumentos líticos, permitieron a los homínidos imponerse, al utilizarlos como armas contra su entorno hostil, en su afán de preservar la especie.

Las relaciones de pareja se asocian con fantasías de éxtasis y amor. Sin embargo, dicho idilio es acosado constantemente por vivencias de servidumbre y dominio, por crisis, encantos-desencantos, desembocando en pequeñas y grandes rebeliones. 

Las sociedades patriarcales —aún prevalecientes— se diseñan y organizan desde una prescripción de valores y normas identificables con una determinada construcción simbólica de masculinidad y feminidad.

La noción de género posibilita comprender esta construcción simbólico-sociocultural que integra los atributos subjetivos y las expectativas asignadas a las personas en dependencia de las diferencias sexuales. La intelectualidad, la afectividad, el lenguaje, las concepciones, los valores, las fantasías, los deseos, la identidad, la autopercepción corporal y subjetivas varían de acuerdo al género.

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