Entre las deudas históricas que deben saldar y replantear los nudos feministas en Cuba[i], están las que se corresponden con las violencias simbólicas. La construcción histórica de la imagen femenina está hilvana por varios hitos y la belleza se lleva el gran premio. Como trofeo, se alza el cabello: preferiblemente caucásico, lacio, largo. Esos son los cánones que han determinado, por décadas, el discurso de la feminidad, la belleza y la sexualidad, entre otros atributos.

Las violencias de género no son un asunto solo personal, también se trata de un problema estructural, político, cultural, aseguró la investigadora Ailynn Torres Santana casi al cierre de este febrero, en un espacio de reflexión convocado en La Habana por la Cátedra Gertrudis Gómez de Avellaneda, del Instituto de Literatura y Lingüística.

Cuando hablamos del mito del amor romántico, nos referimos a la manera en que se ha construido un ideal del amor, entendido como la unión perfecta de dos personas, la complementariedad, la exclusividad, la pasión eterna, entre otras creencias. Estas creencias perpetúan una idea del amor como espacio de control, legitiman los celos y naturalizan la dependencia. Pero, ¿cómo se perpetúa este mito desde la comunicación? Para dialogar sobre este asunto, No a la Violencia invitó a la psicóloga Mareelén Díaz Tenorio, especialista del Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR), y las periodistas Lirians Gordillo, de la revista Muchacha y Ania Terrero, de Cubadebate.

La salud de los hombres como un problema que merece observación específica ha comenzado a atraer cada vez más la atención desde la mirada de diferentes ciencias, entre ellas, las de la salud, la sociología y la psicología. Esta atención se ve respaldada también por tendencias epidemiológicas diferenciadas entre hombres y mujeres, en particular con respecto a la mortalidad prematura de los hombres por enfermedades crónicas no transmisibles (ENT) y la morbilidad relacionada con malos comportamientos de búsqueda de salud y/o estilos de vida no saludables. Entre estos últimos se encuentran el consumo de alcohol, tabaco y otras drogas y el empleo de creatina o aminoácidos, antes y después de la realización de ejercicios físicos. Pero también se incluyen los comportamientos violentos como vía para la resolución de conflictos, que incluyen desde lesiones menores hasta, en su máxima expresión, homicidio y asesinato; junto a prácticas de actos arriesgados desde edades tempranas de la vida, además de sintomatologías asociadas a la salud mental, como el estrés, la depresión y el suicidio.

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