Mi conquista de la absoluta libertad o la conversación más importante de mi vida

«Entonces ahora yo tengo dos padrastros» fue una de las conclusiones que expresó Javier cuando esta noche su madre y yo dimos por fin respuesta a todas sus inquietudes actuales —más bien certezas sin confirmar— sobre mi orientación sexual, las relaciones con mi pareja, mi condición de persona con VIH/sida, nuestras historias y la suya propia, en el final del capítulo tal vez más importante de mi vida.

No quiero dramatizar, pero siento que luego de esta conversación acabo de conquistar la mayor libertad que hombre o mujer alguna puede llegar a experimentar alguna vez, y mentiría si no les dijera que estoy muy orgulloso de mi hijo, su mamá, mi pareja, nuestra familia toda, y hasta de mí.

A menos de tres meses de que Javier cumpla sus doce años, termina así la mayor preocupación que todavía me restaba por resolver en este largo y accidentado camino hacia la autenticidad. No habría adjetivo ni frase suficientemente exacta para describir este estado de ánimo, así que intentaré explicarlo de la manera más desapasionada posible.

Todo comenzó el sábado último, cuando el niño me acompañó a la segunda convocatoria del examen de Fundamentos de Periodismo, consistente en un trabajo final que debían entregar mis alumnos de Comunicación Social en la filial universitaria de Alamar, y antes de llegar a la escuela, fuimos a la farmacia donde cada mes recibo los medicamentos antirretrovirales, para recogerlos.

Almorzábamos en un negocio de trabajadores por cuenta propia, y Javier me preguntó directamente para qué sirven las pastillas que tomo. Le dije que le respondería en cuanto concluyéramos de comer, y camino a la parada del ómnibus, retomé su interrogante para esclarecerla de modo definitivo.

Aconteció entonces un primer diálogo, con parlamentos demasiado escuetos por su parte, él que siempre es un pantagruélico conversador. Como escribí ese día para mis amistades en Facebook: «Le expliqué sobre el VIH/sida, lo ayudé a atar cabos con la información que ya poseía sobre mí y la enfermedad, y le dejé la puerta abierta para cualquier otra pregunta que quisiera hacerme sobre el tema… Escuchó, preguntó si su madre lo sabía y luego cambió a otro asunto».

Intuí que ese era solo comienzo de la entera develación. Al llegar a mi casa, llamé a su madre por teléfono y le conté el episodio. Nosotros teníamos previsto hablar con él sobre el tema, juntos, en algún momento sin precisar. Pero no había manera de eludir su pregunta de aquella tarde sin mentir, y yo no estaba dispuesto a hacerlo. Convenimos que yo le pediría a Javier que le contara a ella nuestra conversación cuando regresara a su hogar al día siguiente, y así fue.

El domingo por la noche, mientras yo estaba en el periódico, su madre me confirmó por teléfono que el niño no solo le contó sobre nuestro diálogo, sino que «sabía más de lo que yo le dije», y que él quería hablar con ambos.

Y así este lunes nos sentamos los tres a desgranar cada detalle de los últimos 15 años, con toda la sinceridad que el momento ameritaba. Sus principales dudas fueron acerca de cómo contraje la infección con VIH, cómo me percaté de la homosexualidad, desde cuándo éramos pareja su otro «padrastro» y yo, cuál era mi relación con el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), quiénes sabían o no sobre tales o más cuales pormenores, entre otras muchas confirmaciones que a él le parecieron —afirmó— «como si fuera una película».

Entre su mamá y yo le argumentamos toda la lógica de nuestra actuación hasta el momento, del diálogo y acuerdo continuo entre toda la familia para hacer que poco a poco él asumiera con naturalidad estas realidades, en la medida que mostrara interés por saberlas. No le ocultamos ni los momentos difíciles ni los posibles errores, ni las limitaciones ni nuestras propias vacilaciones para encarar la situación, en un proceso de años y de madurez progresiva, que incluyó no poder siempre decir y hacer todo lo que quizás debíamos o queríamos.

Tampoco dejamos de alertarle sobre los riesgos futuros; acerca de la posibilidad real de que no todas las personas entiendan, ahora y en lo adelante; de lo que hasta en el peor de los casos podría suceder en su círculo de amistades escolares durante su inminente adolescencia, en cuanto a intentos de burlas o manifestaciones de rechazo por discriminación y homofobia; y cómo él tendría que armar sus propios argumentos y salidas para enfrentar cualquier contratiempo, en constante comunicación con nosotros.

Le expliqué, además, sobre el contenido de esta bitácora que tanto le intrigó en un momento, así como de mi activismo y lo que ello implicaba, en cuanto a asumir públicamente la defensa de los derechos de las personas homosexuales, bisexuales y transexuales, categorías que parecieran ser demasiado complejas para su edad, pero sobre las cuales Javier ya tenía algún conocimiento — ¡me habló hasta del hermafroditismo!—, según él mediante ciertos documentales de la televisión.

Fue un extenso intercambio de más de una hora, durante el cual estoy convencido de que no logramos, ni así lo pretendimos su madre y yo, agotar todas las infinitas incógnitas que, día a día, a partir de esta fecha, posiblemente surjan en Javier, de quien solo espero que haya podido percibir nuestro amor, confianza y franqueza.

En cuanto a mí, les puedo asegurar que resultó un magnífico punto de partida, otra especie de renacimiento físico y espiritual, el roce casi mágico —sin proponérmelo ni apenas darme cuenta— con el súmmum de la felicidad.

Tomado de Paquito el de Cuba

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