Homofobia: de eso sí hay que hablar

Cuando mi amigo Rubén le contó a su padre que amaba a otro, el viejo desató su rabia contra una gaveta abierta, le dio la espalda, y con ese gesto dejó clausurado todo diálogo acerca de la homosexualidad de su hijo. Desde entonces, el muchacho supo que su vida amorosa debería transcurrir fuera de casa y, aunque no fue expulsado por su familia —como ha sucedido en casos similares—, aprendió a percibir el rechazo de los suyos ante su orientación sexual, un tema del cual, al menos allí, no se hablaba.

El añejo prejuicio que signa a lesbianas, gays, transexuales, travestis y bisexuales (LGTB) como «pervertidos» o «anormales», ha servido para sustentar a través de los siglos una de las más grandes injusticias humanas: la homofobia.

Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, la homofobia es «la aversión obsesiva hacia las personas homosexuales» y como término de análisis fue acuñado por el psicólogo estadounidense George Weinberg en 1972, para expresar «el temor a estar cerca de los homosexuales». Estos preceptos se reproducen cuando se trata de otras expresiones de la sexualidad distintas a lo heteronormativo.

La homofobia constituye un acto de violencia, pues ese sentimiento de rechazo, ese miedo simbólico, lleva a la constante amenaza, silenciamiento, invisibilidad, humillación, estigmatización, agresión física, muerte, violación sexual, expulsión de los centros educacionales y laborales, entre otras vejaciones sufridas por la comunidad LGTB en todo el mundo. De lo anterior se trasluce la necesidad de combatir con vehemencia todo acto que lastre lo reconocido por la Asamblea General de la Asociación Mundial de Sexología desde 1999 como «derechos humanos universales basados en la libertad, dignidad e igualdad inherentes a todos los seres humanos».

En un país de tradición machista y patriarcal como Cuba, la homofobia ha formado parte de mentalidades y prácticas de muchos y encuentra sustento en la construcción de la cultura e identidad nacionales. No obstante, desde 2008 se vienen celebrando en el mes de mayo las Jornadas Cubanas contra la Homofobia, lideradas por el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) con el apoyo de un número creciente de instituciones, con la intención de «contribuir a la educación de toda la sociedad… en el respeto del derecho a la libre y responsable orientación sexual e identidad de género, como ejercicio de la equidad y la justicia social».

Llevar al debate público, familiar e interpersonal la discriminación sufrida por la comunidad LGTB ha sido uno de los grandes aportes de este grupo de acciones destinadas a celebrar el 17 de mayo el Día Mundial contra la Homofobia, en recordación a la fecha en que la Organización Mundial de la Salud eliminó de su lista de enfermedades mentales a la homosexualidad y la bisexualidad. Si bien su realización no ha estado exenta de resistencia por determinados grupos sociales, las jornadas van logrando multiplicar y robustecer el movimiento de activistas por estos derechos en la isla, al tiempo que crece el apoyo institucional.

En la cuarta edición, correspondiente a 2011, las actividades se extendieron por dos semanas consecutivas y tuvieron por sede a Santiago de Cuba, además de Villa Clara, Camagüey, entre otras provincias, y a la capital del país. A través de conferencias, debates, proyecciones de cine, presentaciones de libros, peñas de trova, exposiciones, congas callejeras y una gala artística con destacadas figuras del arte y del transformismo cubano, en el teatro Karl Marx, se van incentivando relaciones de equidad con respecto a la diversidad sexual.

Según declaró Mariela Castro Espín, directora del Cenesex, «no queremos establecer guetos ni diferencias, sino que nos juntemos todas y todos desde nuestras diversidades e identidades para ayudar a superar prejuicios y antiguas creencias que nos han impuesto históricamente».

Como proclama la campaña del Cenesex, «la diversidad es natural», llamado que conmina a superar argumentos biologicistas, pues lo realmente «normal» es que cada ser humano pueda decidir sobre sí.

Y aunque romper con prejuicios ancestrales parezca imposible, es solo cuestión de abrir nuestro pensamiento a la justicia y la equidad. El problema radica en la homofobia, pues, por fortuna, el disfrute sexual resulta un universo ilimitado.

Valoremos a los otros por su capacidad de afecto, por sus bondades, por su creatividad, y no por con quien comparta su vida.

Tomado de Revista Bohemia

Mayo 2011

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