Crímenes de odio, cruel realidad de la que no se habla

En el Perú, cada año 70 homosexuales son asesinados, en promedio, debido a su condición sexual. Sin embargo, esta cifra sin duda es mucho más alta porque no existe un registro verídico que permita dilucidar cuántas personas del colectivo de lesbianas, gays, bisexuales y trans (LGTB) son víctimas de los denominados «crímenes de odio».

La denuncia la formuló el Movimiento Homosexual de Lima (MHOL), la entidad representativa de este colectivo más antigua de América Latina, que el 15 de octubre cumplió 29 años de creada.

Pero si resulta difícil determinar la cifra exacta de muertes, mucho más complejo es conocer la cantidad real de personas LGTB que, sin llegar a un desenlace fatal, han sido objeto de agresiones físicas, golpes, violaciones y humillaciones.

En no pocas veces, los responsables de estas agresiones han sido precisamente los encargados por ley de proteger a los ciudadanos, es decir, la propia policía o miembros del serenazgo (vigilantes de seguridad ciudadana contratados por las municipalidades).

Una investigación de la ONG Runa, arrojó que el 46 por ciento de agresiones contra homosexuales son cometidas por miembros del serenazgo y 31 por ciento por policías.

Un caso emblemático, denunciado por la prensa, fue el de Luis Alberto Rojas, de 26 años. A él, tres policías no solo lo golpearon e insultaron, sino que lo violaron con una vara de goma. El hecho ocurrió en el interior de una comisaría de un distrito del departamento de La Libertad, a 560 kilómetros al norte de Lima.

«Lo levantaron en la calle y lo ultrajaron dentro de la comisaría, pero la fiscalía, pese a las pruebas existentes, archivó el caso, por eso hemos decidido acudir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Abusaron de este joven solo porque era homosexual, para nosotros este fue un delito motivado por el odio», declaró al diario El Comercio, Beatriz Ramírez, abogada del Centro de Promoción y Defensa de los Derechos Sexuales y Reproductivos (Promsex), que ha asumido su defensa.

Pero son muchos más los que prefieren callar, cargar en silencio con el dolor físico y moral. Están convencidos de que ventilar el caso solo les traerá más vergüenza y no encontrarán justicia.

Tal es el caso de «Rodney», un homosexual de 32 años que fue subido a la fuerza a una camioneta 4×4, en cuyo interior tres jóvenes con signos evidentes de haber consumido alcohol y drogas, lo llevaron a una playa donde después de desnudarlo lo molieron a golpes e intentaron violarlo.

«Mientras me golpeaban con palos y me pateaban todo el cuerpo, me decían groserías inimaginables contra mí, contra mi familia y decían que me iban a matar no solo a mí sino a todos los que son como yo, porque era la única forma de acabar con esta lacra», recuerda y en sus ojos vuelve a aparecer el terror, ese que lo invadió y lo llevó a pensar que iba a morir.

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