El 26 de octubre de cada año se celebra el Día de la Visibilidad Intersexual. Son muchos los aspectos relacionados con el bienestar y la calidad de vida de las personas intersexuales, pero hay uno que condiciona múltiples vulnerabilidades: la violencia estructural, subordinante, excluyente y normalizadora.

Existen varias definiciones de violencia, de clasificaciones y una amplia gama de causas y consecuencias relacionadas. Este trabajo se apoyará en el concepto de “triángulo de la violencia”, acuñado por Johan Galtung[i] en la pasada década de los sesenta, que representa la dinámica de la generación de la violencia; y en las historias de vida de personas adultas, con diferentes diagnósticos de intersexualidad, que recibieron cirugía genital en la temprana infancia[ii].  

La violencia está anclada en el paradigma binario, en el entendimiento dicotómico (hombre/mujer) del cuerpo humano. Desde esta matriz se trata de garantizar la inteligibilidad social, se organizan las identidades, se distribuyen los cuerpos y refuerza la alineación entre género, sexo, deseo y práctica sexual. Similar pero diferente a lo que ocurre con las no heterosexualidades, las identidades trans y otros grupos poblacionales, el cuerpo intersexual es observado como ininteligible, quedando fuera de los márgenes del sistema hegemónico sociocultural dogmático.

Según Galtung, además de la violencia directa, física o verbal y visible para todos, existen también la violencia estructural y la violencia cultural, fuerzas y estructuras invisibles, igualmente violentas, que se constituyen en raíces de la violencia directa. La violencia estructural se centra en el conjunto de estructuras que no permiten la satisfacción de las necesidades o las niegan; y la violencia cultural crea un marco legitimador de la violencia y se concreta en las actitudes humanas.

Los principales resortes de la violencia estructural son la subordinación, la normalización y la pertenencia[iii], principios que organizan socialmente la mayoría de las sociedades patriarcales. La violencia estructural articula la relación entre los dominantes y los subordinados; y protege la dominación, subordina a la población que se da por objeto.

La violencia hacia las personas intersexuales es una realidad innegable. Se manifiesta en distintos escenarios con actos físicos, emocionales y sexuales nocivos para sus vidas, practicados con frecuencia por integrantes de su propia familia, la institución de salud y/o la escuela. Opera bajo el prisma de la ocultación, el silencio y, en el campo de la salud, se cristaliza en las asignaciones de sexo, las experiencias de cirugías forzadas de “normalización”, la imposición del género, la violencia psicológica y sexual, y los problemas reactivos psicosociales asociados al prejuicio. Se configura en relaciones de poder naturalizadas que presentan al sometimiento y la toma de decisiones no consultadas como hechos naturales, asentados en normas que mantienen la violencia socialmente institucionalizada y las relaciones de poder asimétricas, ancladas en unas relaciones de objeto, subordinación y dependencia. La experiencia de MA, recoge esta realidad:

“Yo no sé lo que me hicieron en el salón (de operaciones), la decisión que la doctora tome es su decisión y es la que me va a hacer bien a mí”.

La intersexualidad en Cuba y en el mundo, históricamente, se ha abordado mediante procesos de medicalización que refuerzan estereotipos de masculinidad y feminidad. Cuando se trata de infantes o adolescentes, la situación se agrava. En estos grupos la vulnerabilidad es mayor, tanto de las subjetividades como de los derechos. La violencia adquiere la connotación de maltrato, que es el producido mediante cualquier acción u omisión intencional, no accidental, por parte de padres o cuidadores y proveedores de salud, en la que queda comprometida la satisfacción de las necesidades básicas del menor. Situaciones que no solamente producen cuerpos maltratados, sino subjetividades infantiles dañadas[iv] que reclaman análisis específicos para una mejor atención, dentro y fuera del sector salud.

Algunas personas intersexuales pueden padecer múltiples violencias, conjuntamente ejercidas, y sus consecuencias, como: la construcción internalizada de las variaciones intersexuales como graves defectos genéticos, la noción de la intersexualidad como monstruosa o anormal, la experiencia vergonzosa de la exposición genital y ser fotografiadas, el impacto psicológico y sexual de los tratamientos quirúrgicos y hormonales implementados tempranamente, la falta de acceso a información médica e historia clínica, la infertilidad permanente e irreversible, entre otros[v] .

El ejercicio de las violencias,  conjuntamente ejercidas, vulnera el cumplimiento de un grupo significativo de derechos de la persona intersexual, entre los que se encuentran: el derecho a la autonomía (que refleja el derecho a los actos sobre el propio cuerpo);  el derecho al consentimiento informado y a la información; los derechos sexuales y reproductivos (entre estos, el derecho a la integridad sexual, el derecho a la identidad sexual y de género); el derecho a la identificación; el derecho al reconocimiento de la personalidad intersexual; entre otros.

Socialmente, la cirugía genital realizada a infantes intersexuales no es estimada como una mutilación, debido a que está amparada por la autoridad médica, ocurre en un hospital y en el imaginario social es considerada un procedimiento apropiado para que la persona pueda alcanzar una identidad de género estable y una vida plena. Según Carpenter[vi] , lo que se hace médicamente para lograr que las criaturas con intersexualidades se adecuen a los géneros binarios constituye uno de los problemas de derechos humanos fundamentales.

Pese a que estudios médicos recientes indican que la identidad de género no puede ser controlada médicamente mediante cirugía ni tratamientos hormonales, aún la biomedicina recomienda actuar quirúrgica y hormonalmente sobre el cuerpo intersexual, lo más tempranamente posible. Tal como afirma Mauro Cabral, activista argentino por los derechos de las personas intersexuales y trans, la violencia quirúrgica instala el trato inhumano en el centro de la experiencia de devenir un ser humano sexuado. Esta violencia no solo involucra la mutilación de los cuerpos, sino también de las historias personales y de la autonomía. El siguiente testimonio de SB advierte sobre esta realidad:

“En mi juventud descubrí la razón de mis visitas frecuentes al hospital. Me habían diagnosticado con Hiperplasia Suprarrenal Congénita (HSC) en su forma perdedora de sal, y también presentaba lo que los médicos llaman ‘genitales ambiguos’. Nadie me habló de esto, todo lo descubrí por mí misma al revisar unos documentos guardados en casa que tenían mi ficha clínica de hospital. También fue grande mi sorpresa cuando descubrí que había sido operada por mis genitales mal formados”. 

La referencia a las consecuencias nefastas de la cultura del silencio, la desinformación y la desposesión del propio cuerpo está vigente en la mayoría de las historias de vida y es avalada por la autoridad médica y parental. Es precisamente esa lógica del secretismo la que perpetúa el estigma y la vergüenza como aspectos característicos de la experiencia intersexual.

Pero el secretismo al interior de la familia tiene una consecuencia aún más grave y triste, pues afecta profundamente la vida personal. La investigación de 2010 citada en este artículo[vii]  reveló que tres de las 18 personas entrevistadas habían sido abusadas sexualmente y/o acosadas por una persona cercana de la familia. Las vivencias de desamparo y aislamiento narradas por este tipo de acontecimientos vividos remite a la realidad de la experiencia existencial de sufrimiento, silenciada por largo tiempo, con trascendencia en la esfera moral y en la espiritualidad.

 

El pasaje hacia el empoderamiento

Existe una amplia gama de condiciones intersexuales, pero en Cuba se desconoce la prevalencia de la mayoría. Tampoco hay un registro de la cantidad de intervenciones médicamente innecesarias, sin un consentimiento informado, ni un protocolo nacional que garantice la protección de la integridad corporal de los infantes; siendo especialmente preocupante la situación de los recién nacidos, ya que aún persiste la idea de urgencia en torno a estos casos, que es más por motivos psicosociales que de salud. 

Asegurar la integridad corporal, la autonomía decisional y la salud de las personas intersexuales en Cuba es ineludible, pero por el momento es inalcanzable porque aún no existe ningún instrumento legal que reconozca y proteja la diversidad corporal o características sexuales.

Mientras, quebrar los silencios culturales, los mutismos individuales y las inercias provocadas por la violencia ayudaría a reconocer la existencia de subjetividades históricamente silenciadas, con derechos a la vida y la alteridad.

 

[i] Galtung J. Violence. Peace and Peace Research. Journal of Peace Research 1969; 6 (3): 167-191.

[ii] Agramonte et al. Impacto sexual, psicosocial y quirúrgico de la cirugía genital en personas diagnosticadas de genitales ambigüos.

https://files.sld.cu › boletincnscs › files › 2011/06  PDF

[iii] Calderón, S. Los saberes de la violencia estructural relacional: para una No Violencia política.

https://halshs.archives-ouvertes.fr› file PDF

[iv] Agramonte, el al.: Estudio psicográfico de las características psicológicas de infantes y adolescentes con hiperplasia adrenal congénita y cirugía genital, http://www.revendocrinologia.sld.cu/index.php/endocrinologia/article/view/282

 

[v] Agramonte et al. Impacto sexual… ob.cit.

[vi] Carpenter M. Intersexualidad: Interseccionalidad, Violencia Epistémica y Estructural. https://brujulaintersexual.org/2015/09/08/intersexualidad-interseccionalidad-violencia-epistemica-y-estructural-por-morgan-carpenter/

[vii] [vii] Agramonte et al. Impacto sexual… ob.cit.

 

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