El maltrato que irrumpe con los años

Por Sara Más / saramas_2000@yahoo.com

Negada a confinar sus días a la rutina y el olvido, Migdalia Estévez se declara una «abuela de nuevo tipo» y sigue siendo una mujer vital, que no renuncia a vivir intensamente, «a pesar de los años», asegura.
Estévez integra el grupo creciente de personas que conforman la llamada tercera edad en Cuba, donde 17 por ciento de la población de poco más de 11 millones de habitantes tiene 60 y más años de edad.
«Vivo orgullosa de mis hijos, de mis nietos y mi familia; lucho por ellos y son mi motivo más grande de admiración y felicidad, pero tampoco he dejado de vivir mi propia vida», dice a SEMlac esta mujer a punto de cumplir 70 años, «una cubana, como cualquiera que vive en La Habana, madre de familia, viuda y jubilada laboralmente, pero siempre activa», asegura.
Amante de las plantas, la lectura y el cine, los años no han sido freno para ella: cuando cumplió los 65 años y todos le recomendaban el merecido descanso en casa, aprendió a usar la computadora, convirtió parte del jardín en huerto, se involucró en un coro comunitario y sigue pendiente de la última novedad editorial. También de las preocupaciones y atención de su familia. «El secreto está en no cansarse ni dejarse vencer. En la casa ayudo todo lo que puedo, pero sin convertirme en la ‘esclava’ de los demás. Cada cual tiene sus responsabilidades y mi tiempo lo defiendo, por encima de todo; por suerte me consideran y me entienden», dice mientras admite que la suya no es, ni ha sido, una historia fácil.
Con bajas tasas de fecundidad y una creciente esperanza de vida al nacer, Cuba es la cuarta nación más envejecida de América Latina y, dentro de 20 años, encabezará esa lista, según pronósticos del Fondo de Población de las Naciones Unidas.
Para 2020 por primera vez habrá en el país más ancianos que niños, al punto que una de cada cuatro personas tendrá 60 años o más, alertan fuentes del Centro de Estudios de Población y Desarrollo (CEPDE), de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI).
Tan acelerado proceso de envejecimiento impone retos de todo tipo: desde económicos hasta sociales y familiares, incluidos los de atención de salud, sustentabilidad, arquitectura y movilidad que supone tan numerosa población anciana.
Otro gran desafío, a juicio de especialistas, es la mayor vulnerabilidad social de ese grupo, desde el momento en que deja de ser la principal fuente proveedora del hogar, pierde poderes y disminuyen sus capacidades físicas y mentales.
Todo ello la convierte en una población «muy vulnerable ante la violencia intrafamiliar, cuya presencia ha estado mayormente invisibilizada en el imaginario colectivo», aseguran las sociólogas Clotilde Proveyer Cervantes y Magela Romero Almodóvar, autoras del «Violencia intrafamiliar y ancianidad. Notas para el debate sobre el tema en Cuba», artículo difundido en el servicio digital No a la Violencia, de SEMlac.
Frente a las investigaciones sobre violencia intrafamiliar que aluden al maltrato infantil y hacia la mujer, los estudios sobre violencia en la población anciana son casi nulos y fundamentalmente centrados en la gerontología y la psicología, con énfasis en sus implicaciones para la salud física y mental de las víctimas, agregan las expertas.
No obstante, indagaciones aisladas dan cuenta de varios tipos de agresiones a personas ancianas, desde actos sutiles, como una frase incisiva y humillante, hasta el abuso físico, emocional, psicológico, financiero, sexual, la desatención, negación a brindarles ayuda, el abandono, la intimidación, las injurias orales, los golpes y episodios criminales.
La violencia estuvo presente en 41 por ciento de las personas atendidas en la consulta de Geriatría del Policlínico Cristóbal Labra, en La Lisa, La Habana, durante seis meses de 2010, con predominio del sexo femenino y el grupo etario de 70 a 79 años como el más afectado.
La forma de maltrato predominante fue la psicológica (60%) -principalmente gritos, amenazas, humillación e insultos-, seguida del abuso emocional (28.3%), que disminuyó a medida que aumentaba la edad, precisa el resumen de un estudio difundido en el tercer número de la revista GeroInfo, publicación periódica de Gerontología y Geriatría.
Poco tiempo antes, entre 2008 y 2009, una exploración en el Centro de Rehabilitación (casa de abuelos) del Consejo Popular Centro, de la ciudad de Santa Clara, a más de 270 kilómetros de la capital cubana, daba cuenta de que 54,2 por ciento de un total de 35 personas ancianas habían sufrido maltratos psicológicos; 20 por ciento, abuso económico y 2,9 por ciento, violencia física.
Para Teresa Orosa Fraiz, máster en Gerontología y jefa de la Cátedra del Adulto Mayor de la Universidad de La Habana, esta situación tiene mucho que ver con la poca preparación para el proceso de envejecimiento que enfrenta no solo Cuba, sino el mundo entero.
«La preparación que existe está subordinada, sometida, a todos los prejuicios en torno a la vejez como edad de pérdida; sobre esa base se empiezan a recolocar los distintos espacios dentro de la familia e incluso, a veces, también dentro de la sociedad», aseguró la especialista a SEMlac.
Falsas creencias también lastran los vínculos de las jóvenes generaciones y sus mayores, a juicio de la demógrafa Alina Alfonso León.
«Incluso, por un problema cultural y tradicional, ocurre que las personas adultas mayores no perciben como violentas conductas que, desgraciadamente, se han hecho cotidianas, como alzar la voz, manotear, ser marginados en el hogar o ser objeto de timos en centros comerciales», comentó la investigadora del Centro de Estudios Demográficos a SEMlac.
La propia resistencia a reconocerse como víctimas por temor a represalias, al confinamiento en instituciones o, simplemente, porque prefieren negar una realidad que rechazan, dificulta la detección del problema, según especialistas. Por otro lado, familiares y cuidadores tampoco lo facilitan y tienden a ocultarlo.
Igualmente ha faltado sensibilidad por parte de los profesionales sanitarios y «son escasos los recursos sociales para dar una solución al problema, una vez detectado, a pesar de afectar a un grupo poblacional que crece exponencialmente», suscriben Proveyer y Romero en su citado comentario.
Ambas investigadoras abogan por deslegitimar la violencia como vía para solucionar conflictos familiares, desmontar su armazón patriarcal a partir de un proceso de sensibilización de la población, activar las redes de apoyo institucionales y sociales, así como capacitar al personal involucrado en este tipo de acciones.
Igual vale atender y promover los nuevos paradigmas de envejecimiento que emergen en la sociedad, al estilo de la vida dinámica y útil que se ha construido Migdalia Estévez al filo de los 70 años.
«La actual generación de mayores está promoviendo nuevos paradigmas de envejecimiento y se consideran ‘adultos mayores de nuevo tipo’, lo cual va permitiendo una mayor concientización de sus derechos, una nueva cultura del envejecer», declaró a SEMlac Orosa Fraiz.
Esas «constituyen herramientas para enfrentar y prevenir la violencia en estas edades», sostuvo.

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