Apoyo a víctimas de violencia precisa redes articuladas

 Ante la llamada desesperada de su hija, Ovidio constató las sospechas de que estaba siendo maltratada. Desde que ella se mudara con su novio un año atrás a Santa Fé, municipio periférico de La Habana, comenzaron a tener menos comunicación y la alegría de la muchacha de 20 años se fue opacando.

«Abandonó el trabajo, dejó de prepararse para ingresar a la universidad y ponía excusas para que la visitáramos, por lo que su madre y yo nos molestamos con ella», confiesa a SEMlac este ingeniero de 60 años, quien solicitó anonimato porque no quiere «despertar heridas del pasado».

Esa noche, la joven logró escapar a una golpiza socorrida por su padre, quien solo entonces descubrió que era forzada a prostituirse con un amigo extranjero bajo distintas amenazas. Cuando se negaba, era reprendida con castigos y golpes, y tenía prohibido visitar a la familia y amistades cercanas.

«Nos manteníamos ajenos porque él parecía una persona responsable y ella repetía que estaba bien. Cuando fuimos a la policía para hacer la denuncia y él apareció pidiendo perdón, mi hija se quedó sin habla y se orinó. Solo así supe lo afectada que estaba», recuerda.

Con ayuda de su familia, atención psicológica y una orden de alejamiento impuesta al maltratador, la muchacha fue recuperándose y siete años después se graduó de informática, se casó y tiene una hija.

Aunque prefiere no abundar sobre aquel funesto episodio, ella reconoció a SEMlac que la confianza en que su padre no la juzgaría le animó a pedir ayuda.

«Lamento no haberme dado cuenta para intervenir a tiempo, cuando recibí las primeras señales de que algo andaba mal, pero no imaginé que mi hija pudiera soportar esa situación y, como no estaba de acuerdo con sus acciones, me alejé un poco», reconoce el progenitor.

Una mano cercana

El aislamiento y la soledad de la víctima son realidades frecuentes en los casos de violencia por motivos de género en la pareja. De ahí que especialistas concuerden en que encontrar efectivas redes de apoyo, formales e informales, resulta determinante para que las mujeres logren superar este trance.

Para la psicóloga Aida Torralbas, cuando se pretende apoyar a una víctima de violencia machista lo más importante es que ella tome conciencia de que está siendo violentada, sin sentirse juzgada o forzada a tomar una decisión.

«Debemos dejarle saber que uno no considera justa el tipo de relación que tiene, pero que la comprende y está ahí para ayudarla en lo que necesite. Solo en casos donde la vida esté comprometida, debe existir más presión», recomienda la profesora de la Universidad de Holguín, a 685 kilómetros de La Habana.

Tanto las instituciones que tienen como encargo la atención al fenómeno de la violencia como las personas cercanas a la víctima: familiares, amistades, comunidad, vecinos, colegas, entre otros, conforman las redes de apoyo a las mujeres maltratadas.

Según la investigadora, estas pueden empoderar a una mujer con la compañía, el cuidado y la seguridad de que hay otra persona preocupada por ella, además de avisar al maltratador de que ella no está desprotegida.

Torralbas explica que una mujer violentada desarrolla una «indefensión aprendida» que consiste en cierta desesperanza sobre el fin de su situación, debido a los intentos fallidos de superarla.

Otras personas pueden brindarle nuevos puntos de vista para resolver el problema y favorecer con el sustento material y psicológico el fin de la dependencia con el victimario.

Para romper el ciclo de la violencia en la pareja, que pasa por la acumulación de tensiones, la agresión y la reconciliación o «luna de miel», se requiere ayuda, indica a SEMlac la socióloga Magela Romero.

Usualmente, en los momentos de agresión, «por vergüenza, temor o distancia, la mujer puede sentir mucha soledad», explica la investigadora.

A partir de su experiencia al conversar con víctimas de violencia de género, la profesora de la Universidad de La Habana advierte que ellas demandan la posibilidad de comunicar su problema.

«Más allá de un apoyo policial o judicial, reconocen la necesidad de tener con quién compartir sus preocupaciones, porque en situaciones de crisis y lazos afectivos con las personas violentas, son menos las alternativas. Hablar con alguien de confianza abre el espectro para tomar una decisión», ilustra.

Según Romero, la persona que interviene debe tener clara la causa social y cultural de este tipo de maltrato para no revictimizar o reproducir mitos como «entre marido y mujer nadie se debe meter» o que «ella aguanta porque quiere».

Atención desde las instituciones

Especialistas reconocen la necesidad de sensibilizar a las personas que deben atender a las víctimas.En Cuba funcionan con efectividad fluctuante espacios para apoyar a las víctimas de violencia machista como las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia de la Federación de Mujeres Cubanas, en cada municipio del país; la Policía Nacional Revolucionaria, el Sistema de Salud y Atención Primaria, el Centro Nacional de Educación Sexual y las Fiscalías municipales.

Además, algunas víctimas encuentran orientación y ayuda en organizaciones comunitarias como los Talleres de Transformación Integral del Barrio de la capital o las no gubernamentales Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero (OAR) de La Habana; el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo Cuba de Cárdenas, Matanzas; y el Centro Cristiano de Servicio y Capacitación «Bartolomé G. Lavastida», de la oriental Santiago de Cuba, entre otras.

Sin embargo, las especialistas consultadas advierten que el país no cuenta con una institución propiamente especializada en la atención de la violencia de género, ni una normativa legal específica o protocolo que guíe a los profesionales, quienes muchas veces trabajan bajo el «sentido común».

Según la doctora Clotilde Proveyer, pionera en la investigación sobre violencia de género en el país, «las mujeres otorgan una gran importancia a las redes sociales de apoyo para hacer frente a la violencia, pero la búsqueda de ayuda por parte de ellas es resultado de un proceso no exento de contradicciones, avances y retrocesos».

En un artículo sobre el tema publicado a inicios de 2014 por la revista Sexología y Sociedad, Proveyer suscribe que todas reconocen el papel central de la familia como red informal, pero refieren escasez de apoyo por parte de las redes formales.

«Al no ser reconocida aún, de manera general, por la población, el abordaje institucional de la violencia contra las mujeres se dificulta, sobre todo cuando quienes tienen ese encargo carecen de los conocimientos, de las herramientas teórico-metodológicas y de la imprescindible perspectiva de género para llevarlo a buen fin», acentúa la especialista.

Médicos, psicólogos, policías, juristas y trabajadores sociales reproducen en no pocas ocasiones mitos sobre la violencia de género, según han constatado investigaciones puntuales realizadas en el país.

Al estudiar los comportamientos de 60 policías que atienden a mujeres maltratadas en los municipios de Güines, Batabanó y San José, en la provincia Mayabeque, contigua a La Habana, la psicóloga Darianna Gutiérrez encontró poca información sobre el tema.

En su tesis de licenciatura, realizada en 2013, los agentes demostraron portar mitos y estereotipos sobre las causas de la violencia de género, además de concepciones patriarcales sobre la feminidad y la masculinidad.

El 50 por ciento de los encuestados pensaba que «la violencia es justificable en dependencia del comportamiento de la mujer», el 68 por ciento que «el maltrato de género casi nunca ocasiona la muerte» y el 34 por ciento que «la violencia es una cuestión privada entre la pareja».

Asimismo, la tesis de maestría «El psicólogo clínico y la violencia de género contra la mujer en la relación conyugal», realizada en 2009 por Aida Torralbas, arrojó que entre los 21 especialistas consultados, el 66 por ciento consideraba que «cuando un hombre maltrata y humilla a su compañera posee trastornos emocionales que no le permiten contenerse».

Supuestos como que «la mujer con independencia económica que soporta el maltrato conyugal es débil e insegura» y «la violencia psicológica no es tan importante» fueron citados por más de la mitad de los psicólogos holguineros encuestados.

En 2012, la Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba reconoció la necesidad de enfrentar la violencia de género e intrafamiliar, para convertirse en el primer pronunciamiento público en explicitar el problema.

Entre otros tratados internacionales sobre el tema, Cuba es firmante de la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw).

En sus recomendaciones al informe periódico de 2013, el Comité de la Cedaw instó al país a elaborar una ley integral contra la violencia de género y sensibilizar a la población a través de los medios de comunicación.
Asimismo, propuso realizar estudios y mostrar datos estadísticos sobre la naturaleza, las formas, el alcance y las causas del maltrato contra las mujeres, hasta el momento inexistentes a nivel nacional.

Torralbas sugiere fortalecer la capacitación de los profesionales que trabajan el tema, contar con un protocolo para el tratamiento de la violencia de género y manejar los casos de forma interdisciplinaria.

«Es posible interrumpir el ciclo de la violencia y limitar el impacto sobre la salud y la identidad de las mujeres cuando reciben intervenciones adecuadas», afirma Proveyer en el texto citado.

A su juicio, es de suma importancia que las mujeres maltratadas conozcan sus derechos, así como los procesos, procedimientos a seguir y recursos institucionales de apoyo de que disponen.

«El horizonte de las intervenciones institucionales debe orientarse a reforzar la autonomía de las mujeres, huyendo de una victimización generalizada y de iniciativas que contribuyan a instalar a la víctima en el victimismo», considera la experta.

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