Un cine macho, varón, masculino

Por Sara Más

Aunque el desarrollo tecnológico y la digitalización han favorecido el acceso de las cubanas a la realización cinematográfica, todavía el cine de esta isla del Caribe sigue siendo un predio preponderantemente masculino, donde poco se conoce sobre la creación de las directoras ni se visualiza el cine que les interesa hacer.
Esa invisibilidad que padecen muchas de las realizadoras cubanas, incluso ante el público destinatario de sus obras, expresa “la legitimación de la desproporción y de la inequidad que existe en el mundo de la creación cinematográfica”, en opinión de Danae C. Diéguez, profesora de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual, del Instituto Superior de Arte (ISA).
Diéguez intervino en el panel La mujer en el cine, en el segundo día de trabajo del Octavo Encuentro Iberoamericano de Género y Comunicación, celebrado en La Habana del 27 al 29 de mayo. Aunque pocas históricamente en la gran industria, varias realizadoras cubanas iniciaron sus obras con la aparición del video o emigraron entonces a ese formato. “Así surgieron las primeras videastas y, por supuesto, la cámara en las manos de ellas para expresarse y autorreconocerse”, explicó Diéguez.
Realizadoras fundamentalmente de documentales, muy pocas realmente han llegado al mundo de los largometrajes de ficción o lo han hecho tardíamente. En ese panorama, sin embargo, es vista como una adelantada en todo sentido Sara Gómez, cineasta de corta vida, que había hecho 14 documentales y daba los toques finales a su primera película, “De cierta manera”, cuando murió prematuramente en 1974, a los 31 años de edad.
Pero no se trataba solo de una prolífica creación. Para su momento, Gómez fue una transgresora por los temas que escogió, sus enfoques y tratamiento. Su largometraje “fue el primero en tratar el tema de la marginalidad”, señaló la psicóloga Sandra del Valle, estudiosa de su obra.
La película narra la historia de Yolanda y Mario, en la que se interrelacionan elementos genéricos, clasistas y raciales. Él representa la masculinidad en transición, que busca reemplazar y eliminar formas tradicionales de pensar.
Ella es una mujer transgresora, divorciada, que privilegia su formación profesional en detrimento de la amorosa. “Además, participa activamente en la construcción de la nueva sociedad y se acerca bastante al proyecto de mujer nueva que estimula la sociedad cubana”, estima del Valle. Yolanda repite un bocadillo a lo largo del filme, con diversos matices y en diferentes circunstancias, a modo de declaración: soy independiente.
Entonces Gómez era la única directora en el Centro de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) y el suyo fue el primer largometraje dirigido por una mujer luego de creada esa institución.
En las nóminas cinematógráficas, en cambio, han abundado siempre las editoras, pero eso también parece tener una explicación que las minimiza y apega al modelo más tradicional.
“La edición se hace un cuarto, es un espacio muy privado, al que históricamente ella ha sido destinada. De esa forma se piensa y admite a la mujer en un lugar cerrado, lo que también es un estereotipo”, considera por su parte María Caridad Cumaná, licenciada en Historia del Arte, estudiosa del cine y coordinadora general del Portal del cine y el audiovisual latinoamericano y caribeño www.cinelatinoamericano.org de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.
En el caso del cine, la edición “es como el arte de coser”, acota Diéguez, pero siempre para realizar o concluir la idea de otro.
No obstante, Cumaná reconoce con justicia que ha ido cambiando la imagen que los directores cinematográficos ofrecen de la mujer. “Es un elemento más visto de la década del noventa hacia acá, menos frecuente en los sesenta: que también existe una sensibilidad desde la mirada masculina al rol de la mujer en la pantalla”, asegura.
¿Por qué tan pocas? ¿Les faltaron historias que contar? ¿No estaban interesadas en hacer cine? Seguramente no. Unas han dejado un sello personal en la documentalística cubana, como la propia Sara Gómez, Marisol Trujillo, Mayra Vilasís, Ana Rodríguez y Rebeca Chávez; otras se emplearon a fondo en hacer sus obras desde otros espacios menos legitimados, fuera de la industria establecida, como Lizette Vila, Belkis Vega y Teresa Ordoqui.
Desde las consideraciones más sutiles hasta las más estrictas –como que las mujeres carecen de la fortaleza física necesaria para cargar una cámara–, no han faltado obstáculos y resistencias en el campo de las realizadoras.
Sin embargo, ellas persisten, otra vez desde otros espacios no tan legitimados, pero donde encuentran posibilidades y libertad creativa. “Fueron la mayoría de las premiadas en la última muestras de jóvenes realizadores”, acota Diéguez y menciona, entre otras, a Dianelys Hernández y Heidi Hassan.
También destaca las obras de Adriana F. Castellanos, Hilda Elena Vega, Milena Almira, Lianed Marcoleta y Yanelbis González, en esta hormada de realizadoras que hacen cine de forma independiente.
“Las nuevas realizadoras, sin tener muchas de ellas conciencia de hasta dónde hay en sus obras una perspectiva de género, han ido perfilando temáticas y/o preocupaciones que destacan las femineidades dentro de su contexto social y cultural”, comenta la profesora del ISA.
Pero lo cierto es, también, que sus historias, “todas rescatando espacios y mundos femeninos, tenían tal fuerza dramática que se impusieron solas desde un talento, que parece, por fin, hablará de un cine de y para cubanos y cubanas”, precisó.

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