Teatro cubano abre las puertas del closet

Por Helen Hernández Hormilla / hormilla@gmail.com

Hombres que se besan, mujeres encarnando roles masculinos, trasvestis y transexuales como protagonistas y cuerpos desafiando el erotismo púdico son sucesos habituales en la cartelera teatral cubana de los últimos tiempos.
El arte de las tablas ha abierto en la isla un abanico de personajes, conflictos dramáticos y recursos escénicos con los que comienza a ser reivindicada la diversidad sexual en todas sus manifestaciones.
Directores como Carlos Díaz, al frente de Teatro El Público; José Milián, con Pequeño Teatro de La Habana; Tony Díaz, con las compañías Rita Montaner y Mefisto Teatro; Raúl Martín, de Teatro de La Luna, o Nelda Castillo al mando de El Ciervo Encantado, problematizan con sus puestas en escena cuestiones como la identidad de género, la homosexualidad, la construcción tradicional de lo femenino y lo masculino, la utilización canónica del cuerpo humano y su relación con el erotismo.
El personaje del homosexual no ha sido extraño en el teatro cubano, mas tradicionalmente se le abordó desde la caricatura, como en las obras del teatro bufo.
Encontrar en la galería nacional costumbrista una serie de personajes para quienes lo erótico fuera el principal motivo de presencia en el escenario no erigiría esas grandes contradicciones o conflictos que pudieran presentar un hombre o una mujer jugando a hacer el cambio, revela el teatrólogo cubano Norge Espinosa. Los antecedentes de la expresión actual de la diversidad sexual en las tablas se encuentran en el movimiento teatral habanero de los años cincuenta del pasado siglo, cuando comenzaron a presentarse obras de dramaturgos estadounidenses como Arthur Miller y Tennessee Williams en las que se problematiza el erotismo de los personajes. Al triunfar la Revolución se imponen otros temas y causas en el teatro cubano, hasta que en los noventa la indagación sobre el cuerpo comienza a ser ostensible.
Espinosa ubica en el estreno de la trilogía de obras de teatro estadounidense realizada por Carlos Díaz a inicios de los noventa (Un tranvía llamado deseo y Zoo de Cristal de Tennessee Williams, y Té y simpatía de Robert Anderson), el inicio de una aproximación a nuevas maneras para entender el homoerotismo, el cuerpo y las estrategias para visibilizarlo.
Al no tener en el teatro cubano textos que abordaran de manera compleja este tipo de conflictos, Díaz retomó obras probadas en la escena cubana en los años cuarenta y cincuenta para volver a contextualizarlas en función de reivindicar el derecho a elegir el deseo erótico sin prejuicios.
No se trataba ya de mostrar al homosexual o la lesbiana como un caso raro y objeto clínico, sino de aproximarlo a una nueva mirada que bebía mucho a la parodia y la ironización desde la lectura carnavalesca y postmoderna de esos textos para permitir, a través del humor, un acercamiento menos severo a este tipo de comportamiento, explica a SEMlac el especialista.
«Creo en la diversidad y me gusta que el público entienda la libertad del cuerpo, de sus opciones y no de sus angustias y problemas», confiesa a su vez el director de El Público.
Las versiones teatrales del cuento «El lobo, el bosque y el hombre nuevo» de Senel Paz -que inspiró la película Fresa y Chocolate de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío-, realizadas por varios colectivos a inicios de los noventa, marcaron también la aproximación al tema al encarar el conflicto surgido por la amistad entre un hombre heterosexual y un gay, en medio de una sociedad donde la homofobia era parte del aparato institucional.
Otras puestas como Las mariposas saltan al vacío, de José Milián e Isla solitaria y Bela de noche, de Raúl Alfonso, hacia 1995, exploran la incidencia del VIH/sida en personajes de sexualidades no canónicas y ponen a debate el estigma social provocado por la homofobia.
Asimismo, piezas como María Antonieta o la Maldita circunstancia del agua por todas partes (dirigida por Carlos Díaz) y Si vas a Comer, espera por Virgilio (2000), de José Milián, presentan como personaje a Virgilio Piñera, considerado el precursor del teatro moderno en la isla y quien fue segregado en la década del setenta en Cuba debido a su homosexualidad.
Sujetos gays y travestis interesan con mayor frecuencia a la nueva generación dramatúrgica que, por lo general, los ubica en los márgenes de una sociedad en la que aún perviven prejuicios homofóbicos.
Textos como Chamaco y Talco, de Abel González Melo, abordan el tema del sexo transaccional ejercido por hombres bisexuales y por travestis inmersos en relaciones violentas, producto de la hipocresía social que les discrimina.
Otros autores jóvenes como Yunior García, Fabián Suárez, Ulises Rodríguez Febles y Norge Espinosa han incorporado de manera orgánica a sus obras este tipo de personajes.
No obstante, la mirada sigue siendo limitada. «El enfrentamiento entre el homosexual o travesti y la sociedad está expresado en conflictos blancos y negros. Los imaginamos jóvenes, de cacería, triunfantes en sus noches de espectáculos; pero cuando todo el atrezo de esa ilusión desaparece, no sabemos qué pasa», advierte Espinosa.

Indagaciones del cuerpo
Lo más interesante, a juicio de estudiosos, se viene produciendo en el ámbito de la representación teatral. La utilización del cuerpo de actores y actrices para subvertir la concepción tradicional de lo femenino y lo masculino se ha convertido en un recurso eficaz en la poética de la escena contemporánea.
A la vanguardia de estas estrategias se encuentran directores como Nelda Castillo y Carlos Díaz, quienes encabezan esa desacralización de las representaciones canónicas del género en el teatro cubano.
«Para Carlos, el cuerpo del actor es un canal hacia el placer, hacia el disfrute, hacia una sexualidad comprometida, pero incómoda; y, en el caso de Nelda, resulta sobre todo un canal expresivo de resistencia que debe devorar lo que el país le da, procesarlo y en algunos casos excretarlo», refirió Espinosa hace unos meses en un panel sobre las interrelaciones de género y nación en la cultura cubana.
La reciente exhibición de Noche de Reyes de William Shakespeare por Teatro El Público desafía a los prejuicios homofóbicos de la sociedad cubana. Haciendo una relectura del clásico desde la parodia y la sátira, Díaz discursea sobre los impulsos homoeróticos y reta al público a superar sus barreras mentales cuando hace interactuar a los personajes con los espectadores en un supuesto flirteo gay.
«El cuerpo humano está capacitado para cualquier labor que la mente le pida y, en materia de arte, el teatro es pura convención», destaca el director en diálogo con SEMlac.
Pieza memorable en este sentido resulta Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de Rainer Werner Fassbinder, estrenada en 2008, en la que Díaz utiliza al actor Fernando Echevarría para encarnar una mujer lesbiana y con ello devela la construcción ficticia de las asignaciones y prejuicios patriarcales.
Además, Díaz ha incorporado en algunas de sus puestas rasgos de la estética de los espectáculos de travestis, ha trabajado con artistas del transformismo en su grupo y ha dirigido las galas de la Jornada Cubana contra La Homofobia.
«El teatro es transformismo, es buscar otra forma al ser humano. Para algunos casos este recurso se puede ver como una moda, pero en mí es un principio», sostiene el director.

Más allá de la vitrina
Analizar la escena cubana actual, teniendo en cuenta esos referentes, revela cuánto se ha avanzado pero también en qué medida faltan por incorporar nuevos matices, advierte Espinosa.
«Salvo contadas excepciones, aún se reciclan las mismas maneras de leer el cuerpo y no se ha establecido a nivel de peso dramatúrgico la existencia de un fondo importante de obras donde la diversidad sexual contenga, por sí misma, un elemento de valor», considera.
Aunque no han faltado textos y puestas en escena que se aproximen al hecho de la homosexualidad y el travestismo, se extraña un trabajo a conciencia sobre lo que significa incorporar esos personajes a la dinámica nacional y no entenderlos como fenómenos particulares.
A juicio del teatrista, resulta imprescindible asumir al homosexual como parte de la gran pregunta que puede ser Cuba, «llevarlo de la galería y la vitrina a un grado de inserción y de diálogo, y entender que estas personas también están implicadas en las grandes preguntas que consumen al país».
Para Díaz, el teatro cubano ha ido haciendo un público que puede dialogar con estas propuestas cuestionadoras a la heterosexualidad clásica sin que cause escándalo.
«Creo que las Jornadas contra la Homofobia celebradas en Cuba desde 2008 en torno al 17 de mayo por el Centro Nacional de Educación Sexual, han ido preparándonos para entender que no hay que menospreciar a nadie por su condición sexual», afirma.
«Que la homofobia sigue viva es inevitable y el teatro, por esa cualidad interactiva que tiene con el público, puede ayudar a vencer esa barrera», asume por su parte Espinosa.
No obstante, siguen sin concretarse los engranajes para que lo apreciado en la sala teatral se acompañe de un cambio social que garantice los derechos de todas las personas a mostrarse como son, sin ser discriminadas por su deseo erótico.

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