Rutas de mujeres entre Cuba y España

Por Helen Hernández Hormilla

Llegar a una tierra extranjera provoca siempre cierta conmoción. De esa mezcla de extrañeza y deslumbramiento han surgido múltiples narraciones que, ya fueran cartas, autobiografías, crónicas o memorias, permiten perfilar las condiciones subjetivas e históricas de la persona que viaja.

Si bien por mucho tiempo estos géneros formaron parte de la llamada literatura menor, en décadas recientes han comenzado a captar la atención de la crítica, pues dichos textos albergan interesantes claves para reconstruir historias de la vida cotidiana, la subjetividad, las relaciones entre clase, género, raza e identidad nacional, la hondura de los procesos migratorios, entre otros aspectos.

Así, la intelectual española María Zambrano encontró en Cuba su patria prenatal. “Sólo unas cuantas sensaciones, por primarias que sean, no pueden legalizar la situación de estar apegada a un país”, escribió en su ensayo La Cuba secreta, de 1953, en el cual reúne sus evocaciones a las numerosas visitas realizadas a La Habana entre las décadas del treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado.

 

María Zambrano“La patria prenatal es la poesía viviente —argumenta Zambrano—, el fundamento poético de la vida, el secreto de nuestro ser terrenal”. Es así como siente la isla la feminista y pensadora europea, quien durante sus estancias aquí estableció sólidos vínculos con la intelectualidad del país, considerado por ella una “sustancia poética” y, por tanto, motivo de inspiración.

Para la investigadora Luisa Campuzano, las llamadas ‘escrituras del yo’ son construcciones literarias estudiadas por la crítica contemporánea que, como tales, no constituyen una fuente de verdad objetiva.

En su intervención durante el ciclo de conferencias “Viajeras en La Habana, trayectos de ida y vuelta”, celebrado en marzo en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, en la capital cubana, la estudiosa ilustró que estas formas literarias “implican a sus autores tanto en un proceso de objetivación, en verse puestos en papel, como en un construirse para otros y para sí mismos, en un reconocerse fuera de sí”.

Ese es el perfil desde el cual acomete sus investigaciones la escritora española Isabel Segura, autora de los libros Guía de Mujeres en Barcelona (1995), La Habana para mujeres (2002) y Viajeras a La Habana (2008), en conjunto con la fotógrafa Pilar Aymerich.

Gracias a su iniciativa se desarrolló en la capital cubana el citado evento, con la participación de reconocidas académicas cubanas y con el apoyo de la Consejería Cultural de la Embajada de España en Cuba y la Agencia Española para la Cooperación y el Desarrollo (AECID).

El interés de Segura radica en ubicar a las mujeres viajeras en los mapas urbanos y mentales, así como complementar los análisis que sobre la producción textual femenina ocurren de uno y otro lado del Atlántico.

“A menudo, cuando se investiga sobre la historia urbana, es como si las mujeres no hubieran aparecido en las ciudades”, explica a SEMlac. Incluir itinerarios recorridos por ellas es una manera de conocer, recorrer y revisitar esas ciudades desde una postura diferente, sustenta la historiadora.

Crónicas de la ciudad

Desplazar la mirada hegemónica conduce entonces a descubrir los rastros de la participación social de la otra mitad humana, habitualmente excluida, algo que Segura logró al estudiar los textos de viaje de las escritoras ibéricas María Teresa León, Zenobia Camprubí y María Zambrano, así como las cartas de la infanta Eulalia de Borbón, todas visitantes de La Habana.

María Teresa León“Son miradas poco tópicas, realizadas desde el transitar por la ciudad de manera muy diferente, cada una en su viaje particular, pero todas ellas con una visión compleja del entorno urbano, con puntos de vista que se complementan unos a otros, aunque en el origen del viaje hay motivos diversos”, refiere.

Por ejemplo, la Infanta fue la primera representante de la corona española que visitó Cuba en la etapa colonial. Su presencia en 1893 la hizo participar de un ambiente en el cual latía el independentismo, pese a solo conocer la parte “española” de la ciudad.

En una de las cartas dirigidas a su madre, la reina Isabel II, le dice que la Habana embelesa por su encanto y, al partir, afirma: “mi corazón se ha apretado como si nunca más tuviera que volver a pisar esta tierra tan fecunda, este país encantador donde los sentimientos son tan vivaces como las plantas y los árboles”.

No es la misma sensación de la escritora y traductora Zenobia Camprubí, quien en 1936 llega exiliada a Cuba durante la guerra civil española, junto a su marido Juan Ramón Jiménez. El país le parece “bello en un sentido pagano, pero le falta grandeza y diversidad y no ofrece lo suficiente para querer quedarse uno aquí”.

María Teresa León, quien también viajó a la capital de la nación caribeña con su esposo Rafael Alberti a principios de la década del treinta y en los sesenta, sabe advertir los caminos de la historia cubana cuando en su autobiografía Memoria de la melancolía redacta: “Hoy tengo superpuestas dos Cuba diferentes: una desdibujada y triste; otra, ardiente. Una donde la palabra pueblo se escamotea en las linotipias de los periódicos y la otra donde se repite esta palabra diariamente alta y limpia”.

Y las escritoras cubanas Gertrudis Gómez de Avellaneda, en el siglo XIX, y Dulce María Loynaz y Ofelia Rodríguez Acosta, en la tercera y quinta décadas del XX, dejaron plasmados sus criterios sobre España.

La autobiografía Para arrancarme del nativo suelo y las memorias Desde mi salida de Cuba, escritas entre 1838 y 1839 por La Peregrina —pseúdonimo usado por Gertrudis en España— revelan las inconformidades de esta escritora con la situación metropolitana, sobre todo al referirse a la condición de las mujeres de Sevilla.

Al profundizar en el estudio de ambos textos, Luisa Campuzano destacó la perspectiva crítica con que la joven Avellaneda se refiere a los  roles domésticos tradicionales, al tiempo que nos habla de las paradojas, contradicciones y ambigüedades de las mujeres coloniales con respecto a aquellas que se encuentran en la periferia.

Dulce María LoynazPor su parte, al examinar los libros Un verano en Tenerife, de Dulce María Loynaz, y Europa era así, de Ofelia Rodríguez Acosta, Zaida Capote Cruz destacó el punto de partida ideológico cuando se escribe sobre un país ajeno.

Mientras el primer texto, creado durante el franquismo, funciona como testimonio de un apasionamiento por la tierra canaria, tal cual si fuera natal, el segundo asienta la postura de la mujer moderna y libre defendida por la novelista Rodríguez Acosta, quien militó en el feminismo.

“Una imagen se borra, la otra, en cambio, se perfila, se distingue; ambas reconocen el territorio español como el espacio de la identidad, no hay distancia posible. La geografía se ignora, la cultura, lo mismo que el abrazo, se impone”, resume la estudiosa.

Entre lo público y lo privado

Por lo general, las narraciones de viajes tienden a unificar historia y geografía desde la subjetividad de quien enuncia. Para Capote Cruz, “suelen ofrecer figuraciones completas o simplemente escorzos, perfiles con los cuales vamos completando la imagen del sitio recorrido, lo mismo que la de los protagonistas de tales relatos».

Al decir de la investigadora Nara Araújo en su libro El alfiler y la mariposa, la literatura femenina de viajes socava la antigua dicotomía entre lo público y lo privado, pues al narrar lo doméstico, lo íntimo, lo familiar, lo emocional, lo sexual, llega al espacio social amplio mediante la escritura.

“Las mujeres que viajan participan de esa manera en una dimensión espacial de lo público; cuando escriben sus textos con el fin de publicarlos luego esa dimensión se multiplica como una forma de autoridad social. La interrelación entre lo público y lo privado quizá se hace más evidente entre los textos de viajeras porque las exigencias propias a esa forma discursiva las obliga a participar como sujetos enunciativos en espacios abiertos”, sustenta.

Según declaró a SEMlac Luisa Campuzano, en la literatura de viajes se parte de la propia experiencia, pero también de la confrontación con otros mundos, con otras personas. “Y es una escritura que implica una recapitulación permanente sobre todo lo vivido o visitado antes», subrayó.

La especialista en temas de género y literatura recuerda que la persona que viaja lleva consigo sus saberes, la memoria de otros espacios recorridos o vividos y las ideas de su tiempo, que se inscriben en el texto como huellas.

Hay que distinguir la literatura de la emigración, escrita por quien se establece permanentemente en un lugar, de la escrita por viajeros o viajeras, que pasan, miran y siguen su camino, indicó.

“Curiosamente, lo que hemos visto es que estas mujeres están enfocando la mirada en cómo viven sus iguales”, argumenta por su parte Isabel Segura. La condición de desplazadas de sus países de origen aporta así una nueva perspectiva sobre el lugar que se visita: la femenina, al tiempo que entrega nuevas imágenes de la ciudad.

19 de marzo de 2012

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