Revivir las almas en la tercera edad

Al antiguo Convento Nuestra Señora de Belén, en la parte más antigua de La Habana , donde la Oficina del Historiador de la Ciudad La Habana desarrolla un proyecto de atención a personas de la tercera edad, van todos los días abuelos y abuelas a recibir cariño y cuidados.

Por las mañanas, en los espaciosos pasillos de la restaurada edificación atendida por la dirección de Asuntos Humanitarios de la oficina, mientras unos se mecen en los sillones y se cuentan, probablemente, lo mismo de ayer, otros asisten a los talleres de talabartería, artesanía, acupuntura, manualidades, artes plásticas, computación y papier maché. Lino Cortina tiene 67 años y confiesa ser más bien tímido o, por lo menos, lo ha sido toda la vida. “En Belén participo en un taller de literatura, otro de danza, y en el de modelaje del Grupo de Bordadoras y Tejedoras de Belén”, cuenta.

Reflexiones, charlas y visitas a museos son otras de las actividades que realizan ancianos y ancianas vinculados a este proyecto para personas vulnerables de La Habana Vieja, un municipio donde más del 17 por ciento de la población rebasa los 60 años, un problema que se extiende a toda la isla

La Oficina Nacional de Estadísticas alerta que los adultos mayores en Cuba sumarán en cinco años algo más de 2,2 millones, una cifra equivalente a 19,6 por ciento de los habitantes de esta isla caribeña.

Por su parte, el Fondo de Población de las Naciones Unidas proyecta que en 2025 Cuba encabezará la lista de los países de América Latina y el Caribe con población más envejecida.

El programa que desarrolla la Oficina de Asuntos Humanitarios en La Habana Vieja tiene otras aristas: las llamadas residencias protegidas y el Centro de Rehabilitación del Adulto Mayor.

El tema de la vivienda es un asunto complejo en Cuba, donde se calcula existe un déficit de unas 700.000 moradas. La Habana Vieja, la parte más antigua de la capital, no escapa a esa realidad, pues un elevado porcentaje de sus edificaciones están en regular y mal estado.

Para acoger a personas mayores que vivían en condiciones precarias pero que pueden valerse por sí mismas, funcionan cuatro residencias protegidas, con pequeños apartamentos equipados con lo necesario, incluidos baños con pasarelas, de los que se benefician 54 personas, entre ellas, matrimonios.

Dirigidas por una administración subordinada a la Oficina de Asuntos Humanitarios, las residencias son hoy los hogares de ancianos y ancianas que no pagan alquiler, conservan sus pensiones de jubilación y tienen ayuda en alimentos y medicamentos.

El Centro de Rehabilitación Geriátrica Santiago Ramón y Cajal, para la atención médica ambulatoria, cuenta con consultas generales, salón de fisioterapia, servicio de estomatología, oftalmología y optometría.

Las personas que requieren una consulta son atendidas por un equipo multidisciplinario que tiene en cuenta no sólo las necesidades médicas de estas edades, donde son frecuentes padecimientos como hipertensión, diabetes, osteoporosis, sino también el cariño, explicó la doctora Nancy Milián Melero, directora de la institución.

Abuelos y abuelas con patologías que requieren cuidados más especializados y rehabilitación prolongada son ingresados en estancias de hasta seis meses y cuentan con una alimentación que incluye alimentos sanos, entre ellos hortalizas frescas, señaló.
 

Jugar al teatro

Hace aproximadamente un año, Iraida Malberti, del grupo teatral La Colmenita, que trabaja generalmente con niños y niñas obras dirigidas al público infantil, propuso a los abuelos integrarse para jugar al teatro. Surgió así La Colmena de Belén, que este fin de semana estrenó, en la sala teatro de la Orden Tercera, la obra Fábula de un País de Cera.

Vestidos de abeja reina, obreras, mariposas chinas, caballitos del diablo se mueven por el escenario, dicen sus textos —algunas veces con la ayuda del anotador para refrescar la memoria—, bailan desde tango hasta guaguancó, un baile de raíces africanas. Al final, reciben aplausos y entonces, hasta saltan de alegría. “Es algo bello, verlos así tan mayores y tan vitales”, dice una profesora.

Iraida Malberti, quien los condujo por ese camino, señala: “hace más de 50 años que trabajo con niños y siempre me dije `si algún día dejo de hacerlo, quisiera trabajar con personas de la tercera edad´”. Ahora, sin dejar de trabajar con pequeños y pequeñas, está realizando un viejo sueño.

“Lo importante de esta presentación es lo que han desarrollado estas personas ancianas. Más allá de lo artístico, lo importante es el logro humano”, agrega.

El grupo está integrado por 17 abuelos y abuelas, con edades que oscilan entre 60 y 72 años. En su mayoría, nunca se habían subido a un escenario ni tenido experiencias de actuación. Lo que tienen en común es el ansia de vivir y, ahora, la satisfacción por sentirse nuevamente niños.

Desde que nació la idea hasta que subieron a escena transcurrió un año. A finales del año pasado, cuenta Malberti, en una presentación en el Convento de Belén se unieron  todas las personas de la tercera edad que asisten al programa de atención de la Oficina del Historiador. Los que no tenían personajes, se vistieron como personajes del pueblo de Belén, en Jerusalén, lo que les permitió participar.

“Es como volver a la niñez jugando. Se les pide responsabilidad pero no profesionalidad, en ellos lo que más importa es lo humano y que se hayan sumado a un colectivo”.

Luisa Pérez, más conocida como Luisín, quiso ser actriz toda la vida pero su madre, quien trabajaba en el mundo del teatro, nunca la dejó por prejuicios relacionados con el mundo del arte. “Ahora, a los 64 años, he visto realizado mi sueño. Iraida lo hizo realidad”, dice.

Para Dalia Querol, la pertenencia a la Colmena de Belén ha sido el despertar de la eterna juventud, “cuando pensaba que la vida no tenía nada que darme”.

Elisa Mirabal, de 63 años, quien encarnó una de las dos abejas reinas de la obra, era quizás la única que tenía un poco de experiencia, por su labor en el programa cultural de Belén. Esta experiencia la hace sentirse joven y llena de expectativas. Dinorah Hernández, de 72 años, comparte sus emociones: “me he sentido con una emoción, una euforia…parece que tenía una artista dentro y los profesores nos los despertaron”.

 “Los profesores fueron muy consagrados y amorosos, nos tienen mucha paciencia”, explica Clara Elena Carralero, quien interpretó el papel de abeja de la tierra, defendiendo su espacio y su función por encima de toda ambición.

Tienen diferente procedencia, hay profesoras, abogadas, y hasta un contador. Iraida Malberti lo define de manera sencilla y clara: “con sentir que salvas y ayudas a una persona, es suficiente”.

Luciano Burgos, del dúo teatral argentino Pandapax, quien trabaja desde hace unos meses con La Colmenita y participó en los toques finales antes del estreno de la obra, señala que este trabajo ha sido una experiencia muy interesante. “Ellos han conseguido hacer algo a lo que no están acostumbrados, y más allá del teatro, se ha creado un grupo humano”, indica.
 

Una realidad

El caso de La Habana Vieja es especial. En otros lugares, por el momento, no existen espacios tan abarcadores para la atención geriátrica.

Para un país con marcado envejecimiento, los especialistas recomiendan políticas públicas que contribuyan a mejorar la calidad de vida de las personas adultas mayores, pues en ocasiones, cuando comienzan los padecimientos propios de la edad, se convierten en una carga para la familia.

Según la geriatra Yanet Cabrera, la ancianidad es una etapa complicada del ciclo vital, identificada por algunos con lo enfermo, lo acabado.

Para la doctora Cabrera, “los problemas de memoria, que pueden estar asociados al deterioro cognitivo mínimo o a una depresión, hacen que olviden lo cotidiano: dónde puso la llave, cómo se llama un vecino, y le dicen: `eso es porque ya estás viejo´”.

A su juicio, la situación se complica porque, en la mayoría de los casos, no son suficientes los espacios para el cuidado en horario diurno de ancianas y ancianos que por su estado no deben quedarse solos en la casa, y la familia necesita ir a trabajar para ganar el sustento.

 “En mi área de salud, el centro de día queda muy lejos y no puedo remitir hacia allí a los ancianos, les crearía un problema mayor, pues correrían el riesgo de un accidente en la calles, por ejemplo. Verdaderamente, el país necesita pensar y actuar más pensadamente en estas personas”.

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